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Casira: un pueblo alfarero

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Plaza del pueblo Casira

La cerámica de este pequeño poblado de la Argentina, fronterizo con Bolivia, atesora un saber ancestral de raíces prehispánicas. Historias del altiplano de quienes sostienen la vida, la cultura y la memoria, transformando el barro con sus manos.

Texto y fotos Juan Pablo Eijo

¿Qué puede contener una olla de barro, además del alimento que cocinamos y almacenamos? Nacida para esas funciones hace más de 10.000 años, la alfarería nos habla también de un conocimiento conservado, transmitido y perfeccionado de generación en generación; de una forma de vida indisolublemente ligada a la geografía que se habita; de ciertos rasgos de identidad compartida; de dignidad, de cambios y de resistencias. Los niños y niñas de Casira, único pueblo alfarero de la Argentina, nacen, como dicen allí, con el “barrito en la mano”. Modelar el barro con las manos ha sido y sigue siendo el principal sustento de sus habitantes; un modo de estar, de transitar la vida y de perdurar.      

Situado a 3.600 metros de altura, a 50 km de La Quiaca, casi al límite con Bolivia, a Casira se llega atravesando un paisaje de puna de escasa vegetación, llamas y vicuñas errantes, cerros y quebradas y un sol que abrasa en una inmensidad desolada.

Este pequeño pueblo de 50 familias alfareras cuenta con una salita de primeros auxilios, una escuela primaria, una secundaria con orientación en artes y la capilla Santa Rosa de Lima, patrona del lugar.

En sus calles de tierra y en sus casas de adobe, se observan restos cerámicos arrumbados, ollas, tinajas y demás vasijas que esperan una próxima horneada. Los hornos de barro asoman por sobre las tapias y en cada casa se adivina un taller de cerámica.     

Samy Artesanías es el nombre del taller de Jesús Mamaní y su esposa Bety. De niño, Jesús, acompañaba a su papá a sacar la arcilla a pico y garrote. Golpeaban la laja hasta afinarla y la zarandeaban. Los hombres proveían la arcilla, el colorado, el guano de llama para la quema; las mujeres eran las artesanas que modelaban a mano.

“Antes no se vendía por dinero —recuerda Jesús, mientras pule una olla con piedra humedecida—; se hacía un intercambio por mercadería: harina, frutas, verduras. La olla iba enfardada en paja, envuelta con cuerdas de cuero”. Ver a su madre levantar ollas a pulso encendía la esperanza, “porque si no se vendía la olla, se veía el hambre”, sentencia Jesús Mamaní, casirense de raíces Kolla.

Hoy día se trabaja poco a pulso. La producción en serie, con molde pesado, relegó el rol artesano de la mujer. Los hombres hacen las ollas, que se venden en cantidad y según requerimientos de demanda. Samy Artesanías produce a razón de 900 piezas cerámicas por mes. Jesús y Bety sostienen la tradición, pero se han tenido que adaptar a las condiciones del mercado, como la mayor parte de los alfareros y alfareras de Casira.

Casira: un pueblo alfarero
Jesús Mamaní acompañaba a su padre a sacar arcilla a pico y garrote; hoy atiende su propio taller junto con su esposa.

La resistencia del pulso

La alfarería nace junto con la agricultura en el período Neolítico hace más de 10.000 años, y es un tipo de artesanía asociada al desarrollo de la civilización humana. Utilizada para el almacenamiento de granos, el traslado de líquidos y la cocción de alimentos, favoreció de este modo el asentamiento de los grupos humanos. Fue un desarrollo simultáneo en distintas regiones del mundo, diferenciado por los tipos de arcillas disponibles y la cultura de cada lugar. Los elementos básicos de toda cerámica son la arcilla, el agua y el fuego. Pero cada pieza de barro contiene también elementos intangibles de la memoria y la cultura. La cerámica de Casira tiene sus raíces en el pasado prehispánico. Las vasijas que se elaboran aún conservan los nombres de la lengua quechua: puco, yuro, chúa, virque, manka.

Casira es reconocido como el principal pueblo alfarero de la Argentina. En sus cercanías se encuentran arcillas de diferentes tipos, como ser la arcilla roja (puka) y la arcilla gruesa (pirca). La disponibilidad de estas materias primas ha sido crucial para el desarrollo del oficio y el asentamiento de las familias alfareras, más aún en épocas antiguas, cuando solo se contaba con mula como medio de carga y movilidad. La pirca se extrae con pico de entre las rocas, se muele a garrote y se zarandea. Combinada con la puka, forman el “barro grueso” que se utiliza para piezas grandes como ollas. Tradicionalmente, todo se modelaba a mano, a partir de chorizos de barro, pellizcos y estiramientos con paleta de madera.

Andrea Párraga es la única alfarera de Casira que sigue trabajando “a pulso”. Oriunda de Bolivia, huérfana de padre a sus siete años, de muy pequeña acompañaba a su mamá a buscar el barro y se maravillaba de esa magia que transformaba la materia en un enser indispensable para la vida. A los doce, Andrea pastoreaba ovejas para ayudar en la casa. Le pagaban con habas, trigo, papa y con eso comían ella, su mamá y sus hermanitos. De adolescente se vino a Casira a trabajar de niñera. Formó una familia y su pareja la abandonó con siete hijos. Levantando ollas crió a sus hijos y sostuvo su soledad. Viajaba a Buenos Aires, a Córdoba, a Salta, por una o dos semanas, dejando a los más chiquitos al cuidado de los mayores.

—A Buenos Aires fui tres veces. La primera vez casi me pierdo. Era una feria grande. Fui al baño y como eran carpas grandes, casi me pierdo. No encontraba mi puesto. Daba vueltas y no lo podía encontrar— recuerda Andrea, entre la risa y la tristeza que subyace en sus ojos terrosos.

Todos los hijos de Andrea han crecido y se han ido a la ciudad. Ella vive sola desde hace unos años. Pero sigue haciendo cerámica del modo tradicional. Un día hace el barro y lo deja dormir; cuando está listo, moldea ollitas y platitos. “Despacito”, aclara, como habitando el tiempo de los ancestros.

También siembra un poquito de papas, habas, maíz, “para pasar la vida”.

Y les manda a sus hijos.

Casira: un pueblo alfarero
La alfarería está presente en todo el puedo, incluso en el cementerio. (Abajo) Casi todas las casas de Casira son de adobe; resisten las inclemencias del tiempo de manera notable.

Casira: un pueblo alfarero

Tradición e identidad

La forma en que una tradición alfarera combina y prepara sus arcillas, modela, cocina o decora una olla o cualquier otra vasija, irá constituyendo la cultura cerámica de un pueblo que se transmitirá de generación en generación.

En la actualidad, sin embargo, la demanda de intermediarios que llegan de las grandes ciudades, impuso un ritmo de producción y una forma de trabajo que se distancia de la tradición. La serialización de piezas a partir de moldes y la exigencia de diseños, tuvo como consecuencia la pérdida de parte de la identidad y el valor cultural del arte ceramista, un saber y un sentir ancestral que las mujeres alfareras infundían al barro modelando con sus manos.

Damián Cruz, conocido como “Crucito”, nació en la parte boliviana de Casira (la ciudad se dividió en 1942 con la delimitación geográfica) y aprendió de pequeño el arte alfarero viendo a su madre modelar el barro. “La olla era la primera necesidad de la vida”, reflexiona este hombre de mirada calma, sentado en el patio de su casa de adobe, entre restos cerámicos.

—Muchos fuimos hijos huérfanos de padre. Mis compañeritos se vestían bien porque tenían papá y mamá que trabajaban bien. Yo tenía solo a mi madre. Andaba con zapatos atados con alambre y pantalones remachados con piola. Éramos muy pobres. A los doce años hice mis primeras ollas. Era mi sueño comprarme una campera como la de mis compañeritos. Con esa plata me compré la campera. Desde ese día no dejé la cerámica.

La olla de barro atraviesa la vida de los alfareros y alfareras de Casira. “Nosotros vamos a morir haciendo ollas. Desde niños vivimos de eso. Criamos a nuestros hijos con eso”.

“Uno dejará de hacer ollas cuando cierre los ojos”, concluye Damián: “Y seguirán nuestros hijos”.

Un silbido de viento rasura el silencio de la puna. Arde la tarde.

Casira: un pueblo alfarero
Damián Cruz aprendió de pequeño el oficio, mirando a su mamá.
Casira: un pueblo alfarero
Andrea Párraga es la única alfarera del pueblo que sigue trabajando “a pulso”.
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Héroes: Poner fin a la violencia gratuita

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Héroes

Dos maleantes le están dando una paliza a un hombre, pero Robert Scheib los ahuyenta.

Por Annette Lübbers

A Robert Scheib, de Langefeld, Alemania, no le perturba casi nada. De adolescente, este hombre de 60 años era un apasionado de los deportes de defensa personal, y también se ha mantenido en forma de adulto. Ahora que está jubilado, ha reavivado su antigua pasión por el karate.

Este administrador de empresas y padre de dos hijos adultos también sale a dar una vuelta un día de marzo. Él y su mujer, Magdalena, van en bicicleta a lo largo del río Mosa, en los Países Bajos.

Está a un paso de la frontera, y la pareja suele hacer excursiones por allí. El propio Scheib habla neerlandés. Han estacionado el auto. Ahora los dos pedalean tranquilamente hacia Maastricht. El perro de caza de la pareja corre obediente a su lado.

Los dos se cruzan con tres jóvenes que discuten acaloradamente entre ellos en un prado. Robert Scheib le dice a su mujer: “¿Qué están haciendo ahí?”.

“Solo están discutiendo”, responde ella.

Él niega con la cabeza. “No, algo no va bien”. Scheib reduce la velocidad y mira hacia atrás. “Eso es una agresión”, dice, mientras le entrega la correa del perro a su mujer. Se baja de la bicicleta, se quita la mochila de un tirón y saca del bolsillo lateral un palo de silicona para lanzar —uno de esos que a su perra Amy le encanta ir a buscar—.

A unos 50 metros de distancia, los jóvenes están apiñados. Uno se ha calado la gorra de béisbol hasta la frente; otro lleva una bufanda cubriéndole la boca y la nariz. Estos dos están acosando al tercer hombre.

Scheib grita: “¡Dejen al chico en paz!”. Pero los agresores ni siquiera levantan la vista. En ese momento, su víctima tropieza y cae de espaldas. El hombre con el rostro cubierto se sienta encima de él y empieza a golpearlo con los puños. Golpes en el pecho, golpes en la cabeza. El hombre de la gorra de béisbol da una patada en el costado al hombre que yace en el suelo y, a continuación, también en la cabeza. Una vez, dos veces.

Una furgoneta de reparto pasa por la calle. En la cabina van dos jóvenes corpulentos. Scheib les hace un gesto con la mano. Los dos miran brevemente en su dirección… y siguen su camino. También pasa un segundo auto. “Llama a la policía”, le suplica en alemán Magdalena, la esposa de Scheib, a una joven con un cochecito. La mujer no reacciona.

Mientras tanto, Robert Scheib ha acortado la distancia con los hombres a cinco o seis metros. El hombre de la gorra de béisbol se da vuelta y da unos pasos hacia Scheib.

Scheib entra en modo automático cuando el agresor también lo ataca a él. Esto lo aprendió en las artes marciales: actuar con precisión y orden. Empuja con fuerza con el pie derecho el pecho del agresor y, al mismo tiempo, le golpea en el codo con el juguete del perro. El joven cae al suelo, pero se levanta de inmediato y sale corriendo. Robert Scheib lo sigue unos metros más y luego se detiene.

El hombre con la tela que le cubre la cara ni siquiera se ha dado cuenta de que su cómplice ha huido. Como si hubiera perdido la cabeza, golpea al joven sobre el que sigue sentado. Scheib corre de vuelta. En ese momento, el agresor levanta la vista y echa un vistazo a su alrededor. En un instante, se levanta de un salto y sale corriendo.

Por fin, se detiene un auto. Al volante hay una joven con un pañuelo en la cabeza. Su fornido acompañante salta del auto. “¿Necesitas ayuda?”, le pregunta a Scheib. Robert Scheib se arrodilla junto a la víctima. El joven tiembla por todo el cuerpo y las lágrimas le corren por las mejillas. No presenta heridas visibles.

“Por favor, ocúpate del chico”, le dice Scheib al hombre que ha acudido en su ayuda. Porque el agresor, con un paño cubriéndole el rostro, se ha detenido a unos cien metros de distancia y está intentando arrancar un pilar de madera que sostiene un pequeño árbol.

¡Al parecer, pretende utilizar el poste como arma!

Scheib vuelve a salir corriendo. “¡Lárgate de aquí ya!”, le grita al hombre enmascarado mientras corre a toda velocidad. El hombre levanta la vista, suelta el poste y huye —esta vez para siempre—.

Scheib se detiene, respira hondo y vuelve andando hacia la víctima y el hombre que acudió en su ayuda. Este está sujetando al hombre golpeado. “¿Vas a llamar a la policía?”, pregunta Scheib. “No, eso tardaría demasiado. Lo llevaremos allí en auto”, responde el holandés. Robert Scheib le da sus datos de contacto.

A continuación, le quita la correa del perro a su mujer, que tiembla de ansiedad. Se sientan en un muro junto al Mosa y dan un suspiro de alivio. Más tarde, Robert Scheib le dice a su mujer, ya riendo de nuevo: “Vamos a comprar unas zapatillas; eso nos tranquilizará”. Y eso es exactamente lo que hace la pareja.

Más tarde, los dos visitan una iglesia para dar gracias a Dios. Scheib sumerge su cruz en la pila de agua bendita. “Para darle energía”, como él mismo dice. Hacia las 22:00 horas, los dos ya están de vuelta en su casa, en Alemania. Al día siguiente, la policía neerlandesa se pone en contacto con ellos. “Los agentes me tomaron declaración como testigo. Desde entonces no he sabido nada de la policía y, por desgracia, tampoco de la víctima”. El estado de Renania del Norte-Westfalia, sin embargo, le ha concedido la Medalla de Rescate por su valiente intervención.

Tampoco era la primera vez que Scheib acudía en ayuda de alguien que lo necesitaba. “Mi mujer ya me ha preguntado por qué siempre me pasa esto a mí”, dice riendo. “Parece que estoy allí justo cuando alguien necesita ayuda”.

Héroes: Poner fin a la violencia gratuita
Robert Scheib ha ayudado a personas necesitadas en numerosas ocasiones.
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Una solución para los residuos de cigarrillos

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Cigarrillos
Naman Gupta, cofundador de Code Effort Pvt. Ltd., una empresa dedicada a la reutilización creativa de filtros de cigarrillos para crear peluches y cojines.

Las colillas de cigarrillos pueden ser pequeñas, pero su impacto ambiental es enorme. Esta emprendedora está abordando el problema.

Por Avanish Chandrasekaran

En una fría tarde de enero, dentro de una casa en la aldea de Nangli, Noida, en India, Poonam, de 36 años, y otras tres mujeres están sentadas en el piso alrededor de una pila de muñecos de peluche con forma de fruta que acaban de hacer.

La escena parece bastante común. Estas curiosidades suaves y coloridas podrían pasar fácilmente por objetos decorativos que se encuentran en cualquier sala de estar común. Pero hay un detalle inesperado: están rellenos de fibras recicladas de colillas de cigarrillo desechadas. Convertir un contaminante cotidiano en algo útil es la idea detrás del trabajo del emprendedor Naman Gupta, de 31 años.

Gupta, quien creció en Noida, se sentía preocupado al ver colillas de cigarrillos esparcidas por todas las calles y áreas públicas, así como por la ausencia de cualquier sistema para gestionar esos desechos.

La magnitud del problema sigue siendo abrumadora. Alrededor del 28,6 por ciento de los adultos indios (casi 267 millones de personas) consumen tabaco de alguna forma, incluyendo cigarrillos y bidis, según la Organización Mundial de la Salud. También informa que cada año se desechan aproximadamente 4,5 billones de colillas a nivel mundial, de las cuales casi 100 mil millones provienen de la India.

Las colillas no son solo basura antiestética; son un grave peligro ambiental. Los filtros están hechos de acetato de celulosa, un tipo de plástico que puede tardar muchos años —o incluso hasta una década— en descomponerse por completo en el medio ambiente. A medida que permanecen en el suelo, en los cursos de agua y en las calles, estas colillas liberan lentamente una mezcla de sustancias químicas tóxicas —como nicotina, arsénico, plomo, cadmio e hidrocarburos aromáticos policíclicos— al suelo y al agua, donde pueden dañar a las plantas, los peces y otros animales silvestres. Estas toxinas pueden persistir mucho tiempo después de que la superficie de la colilla parezca haberse desvanecido, contaminando los ecosistemas y representando un riesgo para los organismos que las confunden con alimento o absorben sus escorrentías. Es por eso que las colillas de cigarrillo se consideran una de las formas más generalizadas de contaminación plástica y de basura peligrosa en todo el mundo.

“Hay países con contenedores instalados especialmente por el gobierno para desechar los residuos de cigarrillos. La India, sin embargo, tiene una enorme brecha regulatoria y de infraestructura para abordar el problema”, dice Gupta. Para subsanar esa cuestión, fundó Code (Conserving Our Depleting Environment) Enterprises en 2016, cuando aún era estudiante de tercer año en la Universidad de Delhi.

Durante meses, Gupta y su hermano experimentaron con diferentes métodos para reciclar los residuos de cigarrillos. “Probamos múltiples composiciones químicas. Nos tomó entre cuatro y cinco meses encontrar la adecuada para reciclar los residuos”, recuerda Gupta, y agrega: “Solo después de someter el material reciclado a pruebas en laboratorios aprobados por el gobierno y obtener su autorización, constituimos la empresa”. En 2018, los hermanos cambiaron el nombre de la empresa a CodeEffort Pvt. Ltd. y comenzaron a recolectar residuos de cigarrillos a gran escala.

En 2019, los hermanos establecieron una planta en Nangli para convertir los residuos recolectados en productos útiles. Cada colilla se separa manualmente en tres componentes: tabaco, residuos de papel y el filtro del cigarrillo. El tabaco se trata con bacterias y hongos en un foso de compostaje durante 28 a 30 días y se convierte en abono orgánico, que se vende a viveros y jardines locales. Los residuos de papel se envían a una fábrica y se reciclan para producir papel. “Este papel se utiliza para fabricar bolsas de mano, sobres, papel de regalo artesanal y hojas A4, creando una línea de productos viable y recurrente”, explica Gupta.

La innovación más significativa de la empresa radica en cómo trata los filtros de cigarrillo. El acetato de celulosa que compone los filtros se corta en pedazos fibrosos utilizando una máquina cortadora fabricada especialmente para ello.

A continuación, estas fibras se remojan durante 24 horas en un tambor que contiene una solución biodegradable compuesta por dos sustancias químicas: una elimina las toxinas y los efluentes atrapados, y la otra restaura el color blanco natural de la fibra. Después del lavado, las fibras se secan en una centrífuga. El proceso, explica Gupta, está diseñado para ser sostenible. “Incluso las aguas residuales se tratan y se reutilizan para lavar las fibras”.

Una vez secas, las fibras se suavizan con una cardadora. Luego se utilizan como relleno para peluches y almohadones, o se reutilizan para fabricar textiles, papel, bolsas y maniquíes, que se venden a otras empresas.

Recolectar colillas desechadas fue otro gran desafío. Para optimizar la recolección, la empresa diseñó y distribuyó contenedores especiales con entradas estrechas, llamados “V-Bins”, a tiendas de tabacos y espacios comerciales con zonas designadas para fumadores. “Estas papeleras proporcionan un suministro continuo de materia prima para el reciclaje de cigarrillos y funcionan como buenas herramientas de marca”, dice Gupta. Desde las aproximadamente 200 papeleras instaladas en Noida, CodeEffort ha instalado más de 300.000 dispositivos en toda la India en los últimos ocho años, con centros de recolección en más de 250 distritos. “Cuando empezamos, apenas recolectábamos entre 300 y 400 colillas al día. Hoy en día, recolectamos entre 6 y 7 millones de colillas al día”, agrega.

En cuanto a la seguridad de los productos, Gupta es categórico. “Analizamos cada lote de fibra en laboratorios aprobados por el gobierno para cumplir con las normas y mantener nuestras certificaciones ISO. Si algún lote presenta problemas, lo reprocesamos y lo volvemos a analizar. Estamos comprometidos a producir productos que sean completamente seguros para su uso”.

Más allá del impacto ambiental, CodeEffort ha generado medios de vida. La empresa emplea a más de 100 mujeres en Nangli, a quienes la iniciativa ofrece capacitación y oportunidades de ingresos a las que pueden acceder desde sus hogares y vecindarios.

Mientras teje a crochet un peluche naranja, Poonam dice: “Trabajamos entre nuestras tareas domésticas y los objetivos establecidos por la empresa. Dependiendo del volumen de trabajo, en un buen mes gano entre 10.000 y 12.000 rupias (entre 100 y 120 dólares), a veces más. El trabajo es bueno: estamos ayudando a reducir la contaminación y haciendo algo útil con ella”.

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¡Solo en un globo fuera de control!

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Globo

Estaba a merced del viento… y de la voz de un desconocido.

Por Ola y Emily D’Aulaire

Alex Nicholos, de once años, estaba emocionado. No solo era una radiante mañana de invierno aquel domingo 7 de enero de 1990 en Colorado Springs, Estados Unidos, sino que también era el día en que Alex, su hermana de nueve años y sus papás iban a ayudar a su amigo Tex Houston a lanzar su globo aerostático.

A unos ocho kilómetros de distancia, Dave Hollenbaugh, de 60 años, se frotaba los ojos para sacarse el sueño. Llevaba semanas luchando contra la gripe y se sentía fatal. Quería quedarse en la cama, pero él también había prometido ayudar a Houston con su globo, acertadamente llamado “La rosa amarilla (The Yellow Rose) de Tex”.

Hollenbaugh y la familia Nicholos llegaron al campo de despegue poco después del amanecer. Houston, un hombre corpulento, ya estaba allí, junto con otros cinco aeronautas y sus equipos. Alex y su papá, George Nicholos, tiraron de la cuerda de corona unida a la parte superior de la envoltura del globo, de 20 metros de altura. La mamá del niño, Linda, y su hermana, Stephanie, mantuvieron abierta la boca del globo para el proceso de inflado. Houston se subió a la cesta de mimbre y encendió el quemador de propano para calentar el aire dentro del globo. Otros dos miembros del equipo de tierra, Shawn Tayloe y Debbie Prosise, sujetaban la cesta para que no se elevara.

ANTES DE QUE “THE YELLOW ROSE” se elevara a la altura de un edificio de siete pisos, Alex casi bailaba de emoción. Cualquier cosa mecánica lo fascinaba, especialmente las que volaban. Su curiosidad por saber cómo funcionaban las cosas era importante, porque Alex padecía una afección leve llamada trastorno por déficit de atención (TDA). Como resultado, aunque era inteligente, este alumno de quinto grado aprendía lentamente de los libros. Se desempeñaba mejor cuando se le mostraban las cosas de manera práctica. Como es típico en los niños con TDA, Alex era impulsivo, se distraía fácilmente y sus estados de ánimo y emociones podían oscilar ampliamente.

Hollenbaugh era todo lo contrario: tranquilo, metódico, poco emocional. Piloto de la Fuerza Aérea durante 24 años, había prestado servicio en Vietnam. En 1973, sufrió la enfermedad por descompresión en un avión que perdió su sistema de presurización. Aunque se recuperó por completo, fue dado de baja del servicio de vuelo. Hollenbaugh se retiró del ejército y más tarde obtuvo su licencia de piloto de globo y se certificó como instructor.

Ahora que “The Yellow Rose” estaba listo para despegar, Hollenbaugh escuchó a Houston llamarlo a Alex: “Oye, ¿quieres dar un paseo?”. El niño, encantado, se subió a la canasta de mimbre y se puso un casco de protección.

Momentos después, el globo de color amarillo brillante se elevó hacia el cielo azul cobalto, siguiendo la brisa y a otros cinco globos. George, Linda y Stephanie se subieron al asiento trasero de la camioneta de Houston. Shawn tomó el volante. Debbie se sentó en el asiento central, con un mapa en la mano, y Hollenbaugh a su derecha, desde donde podía mantener el globo a la vista a través del parabrisas y la ventanilla lateral. Sostenía un micrófono de radio CB, listo para hablar con Houston si fuera necesario.

AL VER CÓMO SU FAMILIA se hacía cada vez más pequeña debajo de él, Alex se quedó boquiabierto de asombro. Pronto comenzó a bombardear a Houston con preguntas: “¿Cómo calientas el globo? ¿Cómo funciona la radio? ¿Qué estás haciendo ahora?”. Houston respondió cada pregunta con cuidado. Alex observó cómo Houston tiraba de la cuerda unida a la válvula del quemador, liberando un rugido de llama de propano en la boca del globo para hacerlo ascender después de cada ligero descenso por inercia. Entre cada “encendido”, Houston le señalaba los instrumentos de vuelo: los medidores de combustible; el variómetro que indicaba si el globo subía o bajaba, y a qué velocidad; un termómetro que indicaba cuándo era el momento de encender o apagar el quemador. Lo que más le fascinaba a Alex era la radio CB.

A media hora de vuelo, Houston notó que la brisa se intensificaba. Los otros globos, a tres kilómetros de distancia, habían comenzado su descenso. Divisó una zona llana, el último sitio adecuado antes de una extensión boscosa llamada el Bosque Negro, y le comunicó por radio a Hollenbaugh que planeaba aterrizar.

“Agáchate”, le advirtió Houston a Alex. “Puede que tengamos un aterrizaje un poco movido”. Alex se agachó, agarrándose a la pared interior de la canasta y cerrando los ojos. Entonces, inesperadamente, escuchó el rugido gutural del quemador y sintió que el globo se elevaba bruscamente.

Houston había abortado el aterrizaje. Debajo de la cesta, directamente en su trayectoria, había una cerca de alambre de púas. Más adelante, bloqueando su ruta, había una línea de alta tensión.

EN EL VEHÍCULO DE SEGUIMIENTO, Hollenbaugh comenzaba a preocuparse. Los vientos habían aumentado a unos enérgicos 25 kilómetros por hora. ¿Por qué Houston no había hecho aterrizar el globo?, se preguntó. Encendió la radio CB. “Yellow Rose, ¿qué piensas hacer?”

“Veo un espacio llano al otro lado del bosque”, respondió Houston. “Aterrizaré ahí”.

A seis metros del suelo cubierto de nieve, la canasta del globo desapareció de la vista de Hollenbaugh al pasar detrás de una loma. La mitad superior del globo se inclinó hacia adelante, lo que indicaba que la nave había chocado y se estaba arrastrando. Entonces, el globo se enderezó y se disparó hacia el cielo. Tex realmente lo arruinó esta vez, pensó Hollenbaugh.

EL MOMENTO EN QUE el “The Yellow Rose” tocó tierra, la cesta se inclinó hacia adelante con tanta brusquedad que su borde superior se hundió en la nieve. El resultado fue una sacudida repentina que lanzó a Houston hacia adelante, tirándolo fuera de la cesta. Intentó agarrar a Alex, pero no lo logró.

Acurrucado en un rincón de la canasta con los ojos aún cerrados, Alex al principio no se dio cuenta de lo que estaba pasando. “Vaya, esa estuvo cerca”, dijo, mirando a su alrededor. ¡Pero Tex Houston ya no estaba!

Globo

“¡AHÍ ESTÁ TEX!”, GRITÓ SHAWN. “¡Está en el suelo!” Hollenbaugh miró hacia el lugar del aterrizaje fallido. Houston cojeaba por la loma, agitando los brazos. ¿Dónde estaba Alex? Justo en ese momento, la radio cobró vida con la voz aguda y asustada de Alex. “Ayúdenme”, suplicó Alex. “¡Tengo miedo!”. Hollenbaugh alzó la vista hacia el globo que surcaba silenciosamente el cielo. ¡El chico está ahí arriba solo!

Houston, en estado de shock emocional, llegó a la camioneta. “Lo siento”, repetía entre dientes. “Lo siento mucho”.

La mamá y la hermana de Alex comenzaron a sollozar, y su papá trató de consolarlas, luchando contra su propio terror. Hollenbaugh sabía que tenía que mantener la calma, tanto la suya como la de todos los demás. Tomó la radio. “Está bien, Alex”, le aseguró al joven asustado. “Ahora tú eres el piloto, y yo te voy a enseñar cómo aterrizar el globo”.

¿Qué es lo mínimo que el niño necesita saber para pilotar el globo? Hollenbaugh sabía que si sobrecargaba a Alex con información, el niño no podría seguir las instrucciones. Hollenbaugh le explicó a Alex cómo manejar la válvula de combustión que lanza una llama de cuatro metros hacia la envoltura del globo. Decidió no mencionar la línea de ventilación, que también controla la altitud al descargar temporalmente aire caliente. Alex podría confundirla con la cuerda de desgarro, que, si se tira de ella, podría hacer que el globo cayera en picada. Sin embargo, Alex necesitaría la cuerda de desgarro al aterrizar, así que Hollenbaugh le indicó dónde estaba y le dijo que no la tocara todavía.

Desde la camioneta que iba a toda velocidad, Hollenbaugh no podía distinguir si “The Yellow Rose” estaba subiendo o bajando, así que le explicó a Alex cómo leer el variómetro. “¿Qué está haciendo la aguja ahora?” preguntó Hollenbaugh repetidamente.

Alex sintió un enorme alivio al escuchar la voz tranquila del hombre por la radio CB. Sonaba tan tranquilizador, tan personal, que era más como hablar con un amigo que con un extraño. No suena preocupado, pensó Alex. Quizás esté bien.

Pero cada vez que el globo descendía, el chico entraba en pánico. “¡Me estoy cayendo!”, gritaba por el micrófono. “¿Y si me estrello?”. Entonces tiraba de la cuerda que encendía el quemador para impulsar el globo hacia el cielo.

A Hollenbaugh le preocupaba que Alex aplicara demasiado calor y enviara a “The Yellow Rose” demasiado alto, donde los fuertes vientos podrían llevar rápidamente al niño más allá del alcance de la radio CB. Si eso sucedía, Alex no tendría ninguna esperanza. “No dejaremos que te caigas, te lo prometo”, le dijo Hollenbaugh a Alex por radio. “Por favor, no uses el quemador hasta que yo te lo diga”.

Una vez que se dio cuenta de que podía seguir las instrucciones de Hollenbaugh, Alex se sintió más seguro. Le gustaba leer los instrumentos e informar de lo que veía. De verdad puedo volar esta cosa, se dijo Alex con orgullo.

LA CAMIONETA QUE LOS PERSEGUÍA pronto se encontró con un auto en el que viajaba Rollie Elkins, uno de los otros aeronautas que había aterrizado antes. Elkins había sido el instructor de Houston y conocía a la perfección a “The Yellow Rose”. Se subió a la camioneta para ayudar a Hollenbaugh.

El terreno estaba más abierto ahora, un pastizal con menos árboles y rocas. “Alex”, dijo Hollenbaugh con firmeza por la radio. “Necesito que bajes el globo más cerca del suelo para que pueda ayudarte a aterrizar”.

Hollenbaugh le indicó a Alex cómo manejar las ráfagas del quemador. “Ahora, quema: uno, dos… basta. Lo estás haciendo bien, Alex. Quema: uno, dos…”. Lenta y suavemente, el “Yellow Rose” descendió de 600 a 60 metros, y luego se deslizó majestuosamente a 30 metros sobre una granja, pasando justo por encima de una línea eléctrica.

El globo cruzó el camino frente a ellos a 15 metros. “Alex, estira el brazo y agarra la cuerda de desgarro de la que te hablé, siéntate en el fondo de la canasta y tira, tira, tira…”

Hollenbaugh vio que el globo comenzaba a desinflarse y a descender más rápidamente. “¡Tira, tira, tira!”

La canasta chocó contra el suelo, rebotó una vez, se arrastró por el suelo una corta distancia y luego quedó recostada de costado, con la envoltura colapsada. Cuando todo quedó en silencio, encontraron al niño, ileso, tirando de la cuerda, asegurándose de que “The Yellow Rose” quedara en tierra para siempre. Sorprendentemente, después de 90 minutos solo en el aire, recorriendo unos 55 kilómetros, el niño de quinto grado había hecho aterrizar el globo con un aterrizaje perfecto en condiciones de viento fuerte.

Durante toda la odisea, la voz de Hollenbaugh había sido tan tranquila que Alex nunca se dio cuenta del todo del peligro al que se enfrentaba. Cuando sus padres lo abrazaron con fuerza, llorando, se sorprendió. “Vaya, lamento haber asustado tanto a todos”, dijo.

Hollenbaugh se sentó en la camioneta, incapaz de moverse. Luego se derrumbó. “Gracias, Dios, oh, gracias”, murmuró, con lágrimas corriendo por su rostro.

Cuando Linda Nicholos llevó a Alex a darle las gracias, el niño miró fijamente al hombre como si estuviera perplejo. “Tu voz sonaba mucho más joven”, dijo Alex.

Hollenbaugh sonrió con tristeza. “Créeme, Alex, antes de que empezáramos todo esto, lo era”.

AL DÍA SIGUIENTE, EN LA ESCUELA, se anunció por el intercomunicador la hazaña de Alex al volar solo en globo, y todos sus maestros elogiaron su valentía. Él mostró con orgullo las alas de piloto de globo que Tex Houston se había quitado del pecho y le había regalado.

“Si pude sobrevivir a ese viaje en globo, puedo con cualquier cosa”, dice Alex

La Asociación Nacional de Aeronáutica le otorgó a Hollenbaugh su Certificado de Honor por seguridad. Es el primer aeronauta en recibirlo por este logro. “Fue el vuelo más largo y difícil de mi vida”, dice Hollenbaugh, “y nunca despegué del suelo”.

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La galaxia de las pastas

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Pastas

Con más de 300 variedades y varios milenios de historia, las pastas, este patrimonio gastronómico sigue in crescendo.

Por Mercedes Domínguez

La pasta es uno de los alimentos más universales y versátiles que existen, gracias a la sencillez de su composición y a su capacidad para combinarse con innumerables salsas. Está presente en todos los continentes y su evolución es el resultado de intercambios culturales, avances tecnológicos, migraciones y cambios en los hábitos alimentarios de la humanidad. Una de las claves de su éxito tiene que ver con su capacidad de adaptación a los gustos (sin gluten, integrales o enriquecidas con proteínas y fibra) y a las diferentes épocas. De hecho, es uno de los alimentos consumidos en las misiones espaciales gracias a su estabilidad y valor energético.

La historia de la pasta no empieza en Italia, aunque sea su símbolo nacional. Este país tuvo mucho que ver con su expansión internacional en el siglo XX, así como con el perfeccionamiento de la técnica de producción de la pasta seca en Sicilia ya durante la Edad Media. Sin embargo, hay pruebas de la existencia de alimentos similares en la antigua Grecia (laganon) y en Roma (laganum), aunque no eran idénticos a la pasta moderna. Incluso en China, hay evidencias arqueológicas de la presencia de fideos elaborados con mijo hace más de 4.000 años.

En el siglo XVIII, Nápoles se convirtió en uno de los grandes centros productores. La elaboración era artesanal hasta que, durante la Revolución Industrial, se introdujeron prensas mecánicas, secaderos y eficientes molinos para aumentar la producción. El proceso se fue automatizando y se incorporaron otros avances, como la extrusión con moldes metálicos, el envasado hermético o el secado industrial controlado. Hoy en día, la industria combina técnicas tradicionales con tecnología avanzada para garantizar calidad y seguridad alimentaria.

Aunque se pueden utilizar diferentes cereales para la elaboración de la pasta, el más apreciado es el trigo duro (Triticum durum), que posee proteínas formadoras de gluten que crean una red que ayuda a retener el almidón durante la cocción, lo que proporciona una textura firme. Existen también variedades de pasta elaboradas con maíz, arroz, espelta, quinoa, legumbres, verduras, así como opciones sin gluten. En definitiva, la pasta es un alimento que ha perdurado en el tiempo sin perder su esencia y se ha adaptado a los nuevos gustos, necesidades y formas de cocinar.

La galaxia de las pastas

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¡Vamos a buscar trufas!

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Trufas en la Toscana

En la Toscana, Riccardo Cei y sus perros buscan trufas, estas preciadas setas.

Maya y Birba se abalanzan entre la maleza, olfateando aquí al pie de una encina, escarbando allá entre las hojas secas. Riccardo Cei corre tras ellas. “¡Maya! ¡Birba! ¡Más despacio! ¡No corran!”. Pero el instinto cazador de sus dos perras parece ser más fuerte. Trotan por el bosque ralo de las colinas que rodean la pequeña localidad toscana de San Miniato, Italia.

De repente, Maya se detiene al pie de un álamo, hunde el hocico en el suelo y espera a Birba. Son un equipo. Maya encuentra. Birba desentierra. Ya tiene en la boca un tubérculo cubierto de tierra. “¡Birba, no te lo comas! ¡Suéltalo!”, grita Riccardo Cei. A continuación, se agacha y le arranca el preciado hallazgo de la boca a Birba. Como recompensa, ambos perros reciben un trozo de salchicha. Desde hace 30 años, este hombre de complexión delgada y vestido de camuflaje recorre así los bosques de su tierra natal. Día tras día. Suele salir con sus perros truferos ya a las seis de la mañana para adelantarse a los demás cazadores. Recorre entre diez y quince kilómetros por la mañana. Aquí, en las colinas calcáreas y húmedas que rodean Corazzano, una aldea al sur de San Miniato, conoce cada sendero y cada claro.

Sabe en las raíces de qué árboles prosperan estos costosos tubérculos, ya que viven en simbiosis con ellos, intercambiando nutrientes. Robles, álamos, avellanos, tilos, fresnos. Y, por supuesto, recuerda los lugares donde ha hecho un buen hallazgo.

Aun así, Riccardo Cei afirma: “Yo nunca he encontrado una trufa por mí mismo. Son Maya y Birba quienes las localizan. Tengo que confiar en ellas. De lo contrario, no llegaría a ninguna parte”.

Ya han vuelto a salir corriendo por el bosque. Un cuarto de hora más tarde, los perros vuelven a arañar el suelo. “¡Birba, no te comas la trufa!”, grita el tartufaio, el buscador de trufas. Aparta al perro con fuerza y desentierra con su vanghetta, su pala para trufas, un tubérculo del tamaño de una pelota de ping-pong. Satisfecho, lo sostiene entre el pulgar y el índice. A continuación, vuelve a cubrir el lugar con hojas y tierra. Aquí podrían crecer nuevas trufas, y no quiere que los demás buscadores las encuentren.

En dos horas se han recuperado media docena de tubérculos. El almuerzo está asegurado. Y, de paso, un buen beneficio. Las trufas blancas —las más codiciadas de entre las muchas variedades— se denominan en Italia “oro bianco”, “oro blanco”. Eso es, por supuesto, una exageración. Un kilo de trufas blancas alcanza actualmente los 8.000 euros en el mercado minorista, según estima el experto en restauración y comerciante de productos delicatessen Ralf Bos.

Sin embargo, en casos concretos, las trufas excepcionales alcanzan en subastas internacionales precios comparables a los del oro. Por ejemplo, un empresario de Hong Kong pagó 140.000 euros por una trufa de 905 gramos en una subasta celebrada en Alba, en el Piamonte. Alba está considerada la capital mundial de la trufa; se dice que las mejores trufas proceden de aquí.

Pero San Miniato no quiere quedarse atrás. Aproximadamente una cuarta parte de las trufas de Italia se cosechan —o se “cazan”, como diría Riccardo Cei— en los alrededores de esta antigua localidad. Como es natural, esta localidad rural cuenta con un museo de la trufa y, cada año, durante los tres últimos fines de semana de noviembre, se celebra aquí una feria y un festival en honor a la trufa blanca.

El aroma de estos nobles tubérculos —difícil de describir— impregna entonces las callejuelas de San Miniato.

Es terroso y con sabor a frutos secos, con un ligero toque de miel y heno, y puede que incluso haya un ligero matiz a ajo. Los gourmets también afirman detectar un toque de almizcle, hinojo y parmesano. En resumen: el aroma y el sabor de la trufa son únicos, por lo que es tan codiciada en la cocina.

Dicho esto, no todas las trufas son iguales, como explica Riccardo Cei a la media docena de turistas que lo acompañan esta mañana. Existen numerosos géneros y especies de estos hongos subterráneos, que se reproducen mediante esporas femeninas y masculinas. Solo unas pocas de ellas son apreciadas como trufas comestibles. En lo más alto se encuentra el Tuber magnatum, la trufa blanca de Alba, que desprende una gama de aromas especialmente rica. Luego está la trufa negra del Périgord, así como la trufa de verano, más asequible. Cada una de estas variedades de trufa tiene su propia temporada de recolección, al menos en zonas de recolección bien organizadas como San Miniato. Una normativa estricta garantiza que las trufas se recolecten de forma sostenible y, por lo tanto, se conserven. Así, Riccardo Cei y sus competidores solo pueden recolectar la trufa blanca desde mediados de septiembre hasta finales de diciembre; su sabor es óptimo cuando se ralla fresca sobre pasta, risotto o tartar. De noviembre a marzo, se busca la trufa negra, de aroma intenso. Esta conserva su sabor incluso cuando se cocina y marida bien con carnes estofadas y sopas. Durante los meses de verano, se buscan variedades de trufa menos preciadas, pero que siguen mereciendo la pena, como el “Tartufo Scorzone”, la trufa de verano.

Trufas en la Toscana
Trufas blancas en la Feria de la Trufa de Alba, en Piamonte, el norte de Italia, Francia y España.

La reina de las trufas

La reina de las trufas, la trufa blanca, se asocia tradicionalmente con la localidad de Alba, en Piamonte, del mismo modo que la provincia francesa de Périgord se considera el bastión de la trufa negra.

“Hace solo unos años, hasta el 90 por ciento de las trufas blancas vendidas en la Toscana procedían del Piamonte”, afirma Ralf Bos, autor de la obra de referencia alemana sobre este hongo. “Pero eso ha cambiado desde entonces. Hoy en día, es probable que aproximadamente la mitad de las trufas blancas vendidas en la Toscana procedan de allí, concretamente de la zona de San Miniato”.

Los buscadores de trufas toscanos se han profesionalizado. El cambio climático también puede ser un factor. El calor excesivo en primavera destruye los cuerpos fructíferos de los tubérculos en el suelo. Regiones como la Toscana pueden tener una ventaja, ya que el mar modera las temperaturas.

La búsqueda de trufas tiene una larga tradición. Según la leyenda, incluso los antiguos sumerios y los faraones egipcios valoraban estas setas. Los griegos y los romanos esperaban que aumentaran su potencia sexual —una ilusión, como ha descubierto la ciencia moderna—. En la Alta Edad Media, la planta se consideraba diabólica, una seta del pecado. Eso cambió durante el Renacimiento, cuando incluso los papas adquirieron el gusto por estos tubérculos.

Hoy en día, en una época en la que las experiencias culinarias son cada vez más refinadas, las trufas se comercializan en todo el mundo, siendo las de Italia y Francia las más codiciadas. Y cuando hay tantos beneficios en juego, los estafadores nunca tardan en aparecer. Así, en Francia e Italia también se venden setas insípidas procedentes de China, que guardan un parecido sorprendente con las preciadas trufas.

Riccardo Cei, por supuesto, está por encima de tales sospechas. Cualquiera que se una a una de sus excursiones puede comprobar por sí mismo cómo se desentierran las auténticas trufas de San Miniato. Aunque… unos amigos de la Toscana cuentan que algunos buscadores de trufas esconden tubérculos en el bosque de antemano para garantizar a sus clientes una sensación de logro. Una mujer brasileña de nuestro grupo, que estaba de luna de miel, también había oído hablar de esto. “¿Habías enterrado algunas de antemano para que pudiéramos encontrarlas?”, pregunta ella. Riccardo Cei se ríe. “¡Eso sería una auténtica tontería por mi parte! Entonces habría un gran riesgo de que otros buscadores de trufas encontraran las trufas mientras tanto”.

Trufas en la Toscana

Según él, unos 500 buscadores de trufas recorren los bosques de los alrededores de San Miniato. Para poder dedicarse a la búsqueda de estas setas, deben aprobar un examen y pagar una cuota anual. “Pero solo unas diez personas se ganan la vida a tiempo completo con la búsqueda de trufas”, dice Riccardo Cei. Su abuelo lo inició en su día en los secretos del oficio. Su mujer, Mónica Nacci, también descubrió estos tubérculos aromáticos gracias a su abuelo. Juntos dirigen la empresa Tartufi Nacci en Corazzano. Maya y Birba también forman parte de la familia. “Las entrenamos cuando aún eran cachorras”.

Monica Nacci ha puesto la mesa en su tienda. Los invitados se sientan en dos mesitas. Las estanterías están repletas de todo tipo de productos de trufa: vinagre balsámico trufado, por ejemplo, manteca de trufa, paté de faisán con trufas, miel con virutas de trufa negra, sal rosa del Himalaya con trufa o bombones de trufa.

Mónica Nacci sirve primero una bandeja mixta de antipasti con trufas: jamón cocido, queso y pan tostado, por ejemplo. A continuación, su marido trae un cuenco de tagliatelle humeantes, sobre los que ralla generosamente trufas. De postre, hay helado con miel infusionada con trufa y láminas de trufa fresca. Mientras los invitados saborean los platos, Riccardo Cei los entretiene con historias del mundo de las trufas.

Nos enteramos de que los perros son más adecuados para la búsqueda que los cerdos porque son más disciplinados, desentierran solo trufas maduras y no se tragan las setas de inmediato. Y oímos hablar de Arturo Gallerini, conocido como Bego, un legendario “tartufaio”. Una noche de octubre de 1954, aquí en las colinas, descubrió la que sigue siendo hasta hoy la trufa blanca más grande del mundo. Aunque, estrictamente hablando, fue su perro Parigi quien localizó la trufa. Pesaba 2.520 gramos. Se entregó como regalo al presidente de Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower. En San Miniato se ha erigido un monumento en honor a Bego y Parigi. Se encuentra en la calle XXIV Maggio y representa al hombre, al perro y al tubérculo gigante.

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Chistes: profesiones, malentendidos y humor cotidiano

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chistes
“Supongo que nunca sabremos por qué se varan en la playa”.

Chistes y anécdotas insólitas sobre animales, clientes difíciles, médicos, religión y situaciones imprevistas del mundo laboral.

Un neoyorquino está de visita en el campo, cuando ve algunos animales y le comenta al granjero: —Qué vaca más rara. ¿Por qué no tiene cuernos? —Hay varias razones —responde aquel—. Existen vacas a las que les salen los cuernos tarde, a otras se los cortan, y a unas más no les salen nunca. —¿Y esta vaca? —inquiere el citadino. —Bueno, la razón por la que esta vaca no tiene cuernos es porque es un caballo —dice el granjero. —lancasterfarming.com

En realidad, el verdadero monstruo es la persona que se desvive por corregir que Frankenstein era el nombre del médico.
—@roastmalone

Un pastor alemán, un dóberman y un gato mueren y van al cielo. Son recibidos por Dios, quien le pregunta a cada uno de ellos en qué cree. El pastor alemán responde primero: —En disciplina, adiestramiento y lealtad a mi amo. —Bien —dice Dios—. Puedes sentarte a mi derecha. Ahora, dóberman, ¿en qué crees tú? El perro contesta: —En amar, cuidar y proteger a mi amo. —Excelente —comenta Dios—. Puedes sentarte a mi izquierda. Es tu turno gato, ¿en qué crees? El gato responde: —Creo que estás sentado en mi lugar.
—Merry Pruitt, Estados Unidos

Para pasar el rato durante un largo viaje en tren, tres sacerdotes deciden compartir sus secretos más oscuros. —Una vez al mes —dice el primer sacerdote—, me voy de fiesta y me emborracho hasta perder el sentido. —Me he aficionado al juego online —admite el segundo sacerdote—. Y lo peor de todo es que utilizo las donaciones de la colecta dominical para financiar mis apuestas. —¿Y tú? —le dice el primer sacerdote al tercero—, ¿cuál es tu principal vicio? —¿Yo? —dice el tercer sacerdote—. Soy un chismoso empedernido.
—Gary Katz, Estados Unidos

Cuando un acaudalado empresario empezó a atragantarse con una espina de pescado en un restaurante, un médico que estaba sentado cerca se levantó de un salto, le practicó la maniobra de Heimlich y le salvó la vida. —¡Gracias, gracias!— dijo el empresario. —Por favor, insisto en pagarle. Solo diga cuánto quiere. —De acuerdo —dijo el médico—. ¿Qué tal la mitad de lo que me habría ofrecido cuando la espina todavía estaba atascada en su garganta?
—facmedicine.com

El peor trabajo que he tenido fue como patólogo forense para las Naciones Unidas. Recuerdo haber descubierto una fosa común con 1.000 muñecos de nieve. Afortunadamente, Resultó ser solo un campo lleno de zanahorias.
—Milton Jones, comediante

Llamé a la línea de ayuda para el tinnitus, pero no deja de sonar.
—Dan Cusato, Estados Unidos

Un pescador le gritó a un hombre que vadeaba el agua: —¿Puedo alquilar un barco en este lago? —Sí —le respondió a gritos el hombre que vadeaba—. Cuestan 10 o 25 dólares la hora. —¿Me recomendarías el barco de 10 dólares? —¡Ni hablar! Estoy justo aquí dentro.
—Gene Newman

En un taller sobre temperamento canino, el instructor mencionó que una forma de evaluar el carácter de un perro era pedirle a su dueño que se desvaneciera y fingiera estar herido. Un perro con mal temperamento intentaría morder a la persona, mientras que un perro dócil lamería la cara de su dueño o mostraría preocupación. Cierta vez, mientras comía pizza en la sala, puse a prueba esta teoría con mis dos canes. Me levanté, me llevé la mano al corazón, grité y me desplomé en el suelo. Los perros me miraron, luego se miraron entre sí y corrieron a la mesa por mi pizza.
—GCFL.net

Antes de entrar al quirófano para una cirugía, escuché explicaciones, respondí preguntas y firmé papeles. Finalmente, la enfermera sacó una gran etiqueta blanca con un cordón y empezó a escribir mi nombre en ella. En tono nervioso, pregunté: —¿Esa etiqueta es para mi dedo gordo del pie? —No, es para colocarla en la bolsa de su ropa —contestó la enfermera, entre las risas disimuladas del resto del personal.
—Thomy Nilsson, Canadá

Hace unos años estaba destinado en el fuerte militar Wainwright, cerca de Fairbanks, Alaska, cuando a dos compañeros y a mí nos dieron libre el fin de semana. Un compañero del ejército nos llevó a la ciudad, y le preguntamos dónde podía encontrar algo de acción un trío de jóvenes como nosotros. Decepcionado, el conductor repuso: —Resulta que soy el capellán de la base. —Entonces lo diré de esta manera —añadió uno de mis amigos—. ¿Puedes sugerirnos algunos lugares que deberíamos evitar?
—Keith Miller, Estados Unidos

MÁS CHISTES DIVERTIDOS

Quienes nos atienden por teléfono en tiendas y restaurantes quieren que sepamos una cosa: el cliente no siempre tiene la razón. • Empleado: ¿Me podría dar el nombre tal como aparece en su tarjeta de crédito? Cliente: Visa. • Cliente: Ordené una pizza: mitad pepperoni, mitad salchicha… y mitad sin nada. • Cliente: Cuando escribo una letra con la tecla para mayúsculas presionada, aparece la letra en mayúscula, pero cuando escribo un número, no lo hace. Empleado: ¿Qué no hace? Cliente: Escribir el número en mayúscula. —notalwaysright.com

Considerando su profesión, es comprensible que muchos empleados de funerarias tengan un humor negro. Por ejemplo, cuando era pastor, cierta vez me quedé afuera de la iglesia después del servicio dominical despidiéndome de los feligreses. Entre ellos estaba Harry, quien trabajaba en la funeraria local. Nos dimos la mano y le dije: “Hasta luego”. Harry sonrió y dijo: “No si yo lo veo primero”.
—David Bradley, Estados Unidos

Para los guías de aventura, la verdadera aventura llega cuando los turistas hacen preguntas como estas:
• ¿Se ha rociado el océano con un repelente de tiburones?
• ¿El agua rodea toda la isla?
• ¿A qué edad un rinoceronte se convierte en un hipopótamo?
—outsideonline.com

La gente no entiende el propósito de las valoraciones online. Ve una reseña de un par de zapatos y dice algo así como: “Unos zapatos estupendos. Incluso más bonitos en persona. Simplemente perfectos. Pero pedí el talle equivocado, así que tuve que ponerles una estrella.
—@latkedelrey

Durante una sesión de fisioterapia, la hija de mi paciente preguntó qué podía hacer su madre en casa para ayudar a mantener sus progresos una vez que la terapia hubiera terminado. Le sugerí a la paciente que se apuntara a clases de tai chi. —¿Tai chi? —dijo la paciente—. ¿No era eso lo que tuvimos que beber la semana pasada? Su hija negó con la cabeza. —No, mamá, eso era té chai.
—Mary Nichols, Estados Unidos

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Chistes en familia: de la lógica infantil a la convivencia diaria

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Chistes
“Es algo serio. No hay charlas TED sobre lo que te pasa”.

Una colección de chistes, momentos divertidos y reflexiones inocentes (y no tan inocentes) de niños, parejas y familiares ante situaciones cotidianas.

Una mañana, me quedó claro que mi hijo de 11 años había estado pasando demasiado tiempo con sus hermanas adolescentes. —Hoy no puedo ir a la escuela —anunció. —¿Por qué no? —inquirí. —Es que tengo cólicos —dijo.
—Jackie Wilder, Estados Unidos

En una ocasión, mientras estaba en un parque de diversiones, escuché por casualidad a una mujer decirle a su esposo: “Creo que voy a necesitar otra taza de café para comprender lo que acabas de decir”.
—Dawn Smith, Estados Unidos

Mi hijo de 5 años ganó una discusión conmigo diciendo: “Estoy de acuerdo conmigo mismo”.
—@KEVINTHEDAD

Mi hija de 9 años le preguntó a su prima de 4 si quería jugar al juego del silencio. Luego, pasó 10 minutos hablando sin parar sobre cómo jugarlo.
—@DADNAMEDMATT

MÁS CHISTES DIVERTIDOS

Mi hijo de ocho años acaba de intentar convencerme de que tiene azúcar por toda la boca porque tropezó y cayó sobre un donut.
—@GENNYPENTLAND

“Tu cama nunca es tan cómoda en la noche como en la mañana”, dijo mi hijo de cinco años, haciendo alarde de una gran sabiduría.
—@MOMSENSE_ENSUES

El 40 % de mis conversaciones con mi esposa son así: Yo: ¿Qué pasa? Ella: Estaba hablando con el perro.
—@dadmann_walking

Una mañana, mi hija pequeña me tocó cariñosamente la cara y dijo con voz tierna: “No te ves tan vieja, mamá”.
—@katiedeal99

Hace tiempo, mi hijo de 4 años y yo pasamos en auto junto a un grupo de personas en huelga frente a su lugar de trabajo. El niño me preguntó qué hacían. Para responder sin rodeos, dije: —Quieren más dinero. Dos semanas después, volvimos a pasar por allí. Los trabajadores seguían en paro laboral, y algunos llevaban a sus perros con ellos. Al ver esto, mi hijo preguntó, sorprendido: —¿Qué, ahora los perros quieren más dinero?
—Jaxon Unger, Canadá

Un compañero de trabajo estaba en el funeral de su abuela cuando, de pronto, su hijo de 5 años se giró hacia él y le susurró: “¿Cuándo va a ser un esqueleto?”.
—SCOTT WILLIAMSON, Estados Unidos

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¡No tire las sobras! Consejos para aprovechar todo.

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Aproveche las sobras

Cómo recalentar alimentos (sobras) de manera segura y qué errores debe evitar.

¿Alguna vez ha tirado espinacas porque escuchó que no se deben recalentar? No es el único. Muchas personas también creen que los platos de hongos recalentados son tóxicos.

Según Silke Restemeyer, científica especializada en alimentación de la Sociedad Alemana de Nutrición, estas reglas son en realidad mitos de cocina: “Se remontan a una época en la que la refrigeración no era tan buena como lo es hoy en día”.

Martin Loessner, profesor de microbiología alimentaria en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, lo confirma: “El recalentamiento en sí mismo no representa ningún riesgo para la salud, ni desde el punto de vista químico ni microbiológico”. El verdadero problema es que, con frecuencia, los alimentos se dejan en la cocina por demasiado tiempo después de prepararlos y antes de recalentarlos.

La refrigeración es clave

“A temperaturas entre 10 y 60 grados, las bacterias se multiplican con especial rapidez”, explica Restemeyer. Para frenar este proceso, es importante refrigerar los alimentos lo más rápido posible después de cocinarlos. “Si le sobran grandes cantidades, lo mejor es colocar la comida preparada en recipientes poco profundos para que se enfríe más rápido”, aconseja.

Después de una o dos horas, la comida ya está lista para la heladera, donde, según el Instituto Federal de Evaluación de Riesgos de Alemania, la temperatura debe estar entre cuatro y un máximo de siete grados. Sin embargo, dado que el frío no se distribuye de manera uniforme en la heladera, el compartimento donde se guardan los alimentos juega un papel fundamental: “La zona inferior, junto a la pared trasera, es la mejor porque ahí es donde hace más frío en la mayoría de las heladeras”, dice Silke Restemeyer.

El tiempo que duran las sobras en la heladera depende, en parte, del tipo de alimento y, en parte, de la calidad de la refrigeración. “Si tiene una heladera nueva con un cajón a cero grados, en teoría puede almacenar sus alimentos hasta por una semana, siempre y cuando no contenga nada perecedero como carne cruda”, dice Martin Loessner.

Sin embargo, estas condiciones óptimas rara vez se cumplen, ya que la temperatura en la mayoría de las heladeras es más alta que la recomendación del Instituto Federal de Evaluación de Riesgos. Su consejo: almacene los alimentos cocidos en un recipiente hermético y consúmalos en un plazo de dos a tres días. Y: “Por supuesto, también puede congelarlos; eso prolonga su vida útil”, agrega Silke Restemeyer.

La comida debe estar humeante

Para las sobras congeladas, la regla es: no las deje descongelar a temperatura ambiente en la cocina, sino en la heladera antes de prepararlas. Tan pronto como saque la comida de la heladera, debe calentarla. “Es importante calentarla lo suficiente: al menos a 70 grados durante dos minutos”, explica Restemeyer. Esto se debe a que 70 grados es la llamada temperatura de pasteurización, a la que se eliminan la mayoría de las bacterias.

“Estos gérmenes son invisibles a simple vista e incluso pasan la ‘prueba del olor’, es decir, no se perciben”, dice ella. Pero, ¿cómo saber cuándo se han alcanzado los 70 grados? Si no tiene a la mano un termómetro para carne, Martin Loessner aconseja seguir esta regla: “Si está echando vapor como debe ser, ha alcanzado la temperatura adecuada”. Pero tenga cuidado: esto no hará que los alimentos que ya se han echado a perder vuelvan a ser comestibles. “Ninguna temperatura puede hacer eso”, subraya la experta.

¿Cómo calentarlos?

“El microondas es la opción más rápida, ya que es ideal para cantidades pequeñas y tiene una buena eficiencia energética”, dice Silke Restemeyer, al enumerar las ventajas de estos aparatos. “Además, se conservan la mayoría de los nutrientes”. El microondas calienta los alimentos poniendo en movimiento las moléculas de agua, generando así calor por fricción; por eso es particularmente adecuado para sopas y guisos.

Sin embargo, el experto en nutrición Loessner señala: “Estos aparatos por lo general no calientan la comida de manera uniforme, sino más bien de forma muy desigual”. Para asegurarse de que la comida alcance unos 70 °C en toda su extensión, debe detener el microondas de vez en cuando y revolver el plato. Tenga cuidado con los alimentos particularmente grasosos: “El aceite y la grasa se calientan muy rápido y pueden salpicar al abrir el microondas”, explica. En estos casos, la hornalla o el horno son la mejor opción.

Además, verifique que su recipiente sea apto para el microondas. En general, esto se identifica por tres ondas paralelas o un símbolo de microondas en el fondo del recipiente. Además del plástico resistente al calor, el vidrio y la porcelana también son materiales ideales.

Sin embargo, el metal o los plásticos frágiles —como la melamina, un sustituto de la porcelana que se usa para fabricar vajillas para bebés, entre otras cosas— no deben introducirse en el microondas: “Este material se vuelve negro e incluso puede explotar”, advierte Loessner. El plástico blando o el envoltorio plástico también se derriten cuando se exponen al calor.

Los alimentos secos, como el pan, no se calientan tan bien en el microondas, y los guisos, la lasaña o la pizza pierden su textura crujiente en el proceso. El horno es más adecuado para esto: en comparación con el microondas, garantiza un calentamiento más uniforme. Sin embargo, consume más energía, ya que por lo general es necesario precalentarlo. Otra opción es la hornalla: los platos líquidos, en particular, se pueden calentar bien en una olla o sartén.

Aproveche las sobras

¿Cuáles son los riesgos?

Las legumbres y los platos con alto contenido de agua son especialmente adecuados para recalentarse. “Los guisos clásicos a menudo saben aún mejor al día siguiente”, dice Silke Restemeyer. “Si se enfrían bien, incluso puede recalentar un guiso de lentejas por segunda vez”. Sin embargo, esto es una excepción: para minimizar el riesgo de proliferación bacteriana, por lo general desaconseja recalentar los alimentos varias veces. Solo recaliente la cantidad que realmente planea comer.

No obstante, también hay alimentos que requieren especial precaución. La carne y el pescado, por ejemplo, se echan a perder rápidamente cuando están crudos. Sin embargo, cuando se cocinan bien, pueden conservarse en la heladera durante dos o tres días.

Los hongos también son sensibles. Por eso, es cierto que hay que tener cuidado al recalentarlos: si se dejan a temperatura ambiente por mucho tiempo después de cocinarlos, se echan a perder rápidamente porque tienen un alto contenido de proteínas y contienen mucha agua. Esto puede provocar la formación de aminas tóxicas: “Estas toxinas pueden causar intolerancias alimentarias”, advierte Restemeyer. Los síntomas incluyen náuseas, vómitos y diarrea.

La espinaca, por otro lado, es una verdura rica en nitratos: “Si deja espinaca cruda y picada a la intemperie o guarda espinaca cocida por demasiado tiempo, las bacterias convierten el nitrato en nitrito”, explica Restemeyer. Los compuestos resultantes se consideran cancerígenos. “Estas pequeñas cantidades son inofensivas para los adultos, pero los bebés y los niños, por lo general, solo deben comer espinaca fresca”.

Las mujeres embarazadas y las personas mayores también deben consultar a un médico antes de consumir espinacas recalentadas si tienen problemas de salud. Muchas personas también subestiman el riesgo que representa la bacteria Bacillus cereus en el arroz y la pasta. Esta bacteria se encuentra en el suelo y puede contaminar los alimentos ricos en carbohidratos durante la cosecha de granos, por ejemplo. “Si se consumen estos microorganismos en pequeñas cantidades, por lo general no pasa nada”, explica Martin Loessner.

Si los platos de pasta o arroz se dejan sin refrigerar durante mucho tiempo, las bacterias pueden multiplicarse y producir toxinas. “Consumirlos puede provocar una intoxicación grave e incluso la muerte”, dice Loessner. Lo insidioso del llamado síndrome del arroz frito es que las toxinas no se detectan ni por el olor ni por el sabor. Para los alimentos perecederos, se aplica la regla básica: enfriarlos rápidamente y no guardarlos en la heladera por más de uno o dos días.

Según el experto, otro riesgo es la contaminación cruzada, es decir, la transferencia involuntaria de bacterias: “Ocurre cuando se lame una cuchara y luego se revuelve la comida, o cuando se deja la olla abierta y algo cae dentro”. Los gérmenes también pueden entrar en los alimentos y multiplicarse a través de las hierbas que se agregan después de cocinar. Solo debe agregar perejil o cebollita de verdeo una vez que el plato  esté listo. Si sigue estas reglas básicas, podrá disfrutar de las sobras sin dudarlo y, al mismo tiempo, evitar el desperdicio innecesario de alimentos.

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Microcambios frente a la inflamación

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Inflamación

Una nutricionista desvela algunos hábitos para combatir la inflamación: de dormir bien a detectar a nuestros aliados.

Por Cristina Barrous, de revista Magas (El Español)

La inflamación de bajo grado es como una llama tenue que nunca se apaga del todo. No es el dolor agudo de una torcedura o una infección, pero está ahí latente, trabajando de fondo y desgastando.

Estar siempre cansada, sentir que tus digestiones son infinitas, tener niebla mental, hinchazón abdominal o incluso dificultad para bajar de peso… también son síntomas de esta respuesta inmunológica.

De hecho, la ciencia ha demostrado que está relacionada con enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, deterioro cognitivo e incluso problemas de ánimo.

Y lo curioso (y lo bueno y malo a su vez) es que no se produce por un único factor, sino por una suma de pequeñas cosas: lo que comemos, lo que dormimos (o no), cómo nos movemos, el estrés y hasta la calidad de nuestras relaciones sociales.

La buena noticia es que, igual que se acumula gota a gota, también se puede revertir poco a poco.

Y eso es lo que le quiero proponer: cinco pasos para desinflamarse, sin buscar la dieta milagro ni el plan radical, y con pequeños cambios sostenidos, que siempre son más poderosos que una gran transformación que dura una semana.

Cosas de abuelas

La dieta mediterránea tradicional sigue siendo el patrón más estudiado para combatir esta respuesta inmunológica.

Rica en verduras, frutas, legumbres, pescado azul, frutos secos, aceite de oliva y cereales integrales, ayuda a reducir marcadores inflamatorios como la proteína C reactiva (PCR).

El truco está en no complicarse: sustituir una comida ultraprocesada por un plato sencillo, como lentejas con verduras, una propuesta al horno o una ensalada con garbanzos.

Microcambio: elija una cena mediterránea tres veces a la semana en lugar de ultraprocesados.

Sospechosos habituales

No hay que demonizar todo, pero sí conviene señalar qué productos son su punto débil. ¿Gaseosas?, ¿panes?, ¿snacks? Estos alimentos, por su exceso de azúcares, grasas trans y aditivos, mantienen la inflamación activa.

No hace falta eliminarlos todos de golpe: empiece detectando uno o dos y busque alternativas reales. Para ello, hágase la siguiente pregunta: ¿Qué es aquello a lo que suele acudir cuando está aburrido, nervioso o tiene sueño? Ahí está la respuesta.

Microcambio: sustituya la gaseosa diaria por agua con rodajas de naranja o limón, o las galletitas de media mañana por un yogur natural con fruta.

En movimiento

El sedentarismo es combustible para la hinchazón. Creo que el ver como inalcanzables los 10.000 pasos o la clase de spinning ha hecho que nos aplaquemos en cuanto a según qué objetivos.

Y no se trata de entrenar dos horas al día, sino de romper la inactividad. Moverse estimule la circulación, reduzca los niveles de citoquinas inflamatorias y mejore la sensibilidad a la insulina.

Lo más efectivo es combinar la práctica aeróbica (caminar, nadar o, por ejemplo, montar en bicicleta) con la fuerza, porque los músculos liberan mioquinas con efectos que contrarrestan esta respuesta inmunológica.

Microcambio: 30 minutos de caminata rápida cuatro días a la semana y dos sesiones cortas (de unos 20 minutos) en las que se hagan flexiones, sentadillas o ejercicios con bandas elásticas.

Inflamación

Duerma y respire

¿Quién iba a decirnos que lo más básico se iba a convertir en lo más excepcional? Dormir mal una noche ya dispara las citoquinas inflamatorias; hacerlo durante semanas seguidas las mantiene elevadas.

Lo mismo pasa con el estrés crónico: activa el cortisol y a la larga eso alimenta la hinchazón. El descanso y la gestión emocional no son lujos, son piezas clave del puzzle.

Microcambio: apague pantallas 30 minutos antes de dormir y haga diez minutos de respiración profunda (4-4-6: inhalar 4 segundos, mantener otros tantos y exhalar seis). Si cree que hacerlo todos los días puede ser difícil, empiece poco a poco, quizás tres cada siete jornadas. Al final será su cuerpo el que se lo pedirá.

Aliados invisibles

Los ácidos grasos omega-3, presentes en el pescado azul, las nueces y las semillas de chía o lino, son uno de los nutrientes más estudiados en la reducción de la inflamación. Tomarlos con regularidad modula la respuesta del sistema inmune.

Microcambio: añada dos raciones de pequeño tamaño de, por ejemplo, salmón y sardinas a la semana y un puñado (cerrado) de frutos secos al día.

Relación cambios-efectos

Cuando pensamos en desinflamarnos solemos imaginar una dieta extrema, suplementos caros o una rutina imposible. En realidad, la evidencia muestra que trabajar pequeños gestos y mantenerlos en el tiempo es lo que produce resultados reales. No subestime lo sencillo:

  • Cambiar una cena por un plato mediterráneo.
  • Caminar 20 minutos tras comer.
  • Cerrar la computadora o el celular 30 minutos antes de dormir.
  • Llevar un puñado de nueces en el bolso.

Estos microcambios parecen poca cosa, pero son los que, día tras día, apagan la inflamación silenciosa y devuelven energía, ligereza y vitalidad.

La hinchazón de bajo grado no se resuelve con un único paso, sino con una suma de hábitos cotidianos. La gran transformación no existe: lo que sí lo hace es una suma de alteraciones pequeñas que, mantenidas en el tiempo, mejoran la salud.

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