Inicio Vida Cotidiana Viajes Casira: un pueblo alfarero

Casira: un pueblo alfarero

122
0
Plaza del pueblo Casira

La cerámica de este pequeño poblado de la Argentina, fronterizo con Bolivia, atesora un saber ancestral de raíces prehispánicas. Historias del altiplano de quienes sostienen la vida, la cultura y la memoria, transformando el barro con sus manos.

Texto y fotos Juan Pablo Eijo

Publicidad

¿Qué puede contener una olla de barro, además del alimento que cocinamos y almacenamos? Nacida para esas funciones hace más de 10.000 años, la alfarería nos habla también de un conocimiento conservado, transmitido y perfeccionado de generación en generación; de una forma de vida indisolublemente ligada a la geografía que se habita; de ciertos rasgos de identidad compartida; de dignidad, de cambios y de resistencias. Los niños y niñas de Casira, único pueblo alfarero de la Argentina, nacen, como dicen allí, con el “barrito en la mano”. Modelar el barro con las manos ha sido y sigue siendo el principal sustento de sus habitantes; un modo de estar, de transitar la vida y de perdurar.      

Situado a 3.600 metros de altura, a 50 km de La Quiaca, casi al límite con Bolivia, a Casira se llega atravesando un paisaje de puna de escasa vegetación, llamas y vicuñas errantes, cerros y quebradas y un sol que abrasa en una inmensidad desolada.

Este pequeño pueblo de 50 familias alfareras cuenta con una salita de primeros auxilios, una escuela primaria, una secundaria con orientación en artes y la capilla Santa Rosa de Lima, patrona del lugar.

En sus calles de tierra y en sus casas de adobe, se observan restos cerámicos arrumbados, ollas, tinajas y demás vasijas que esperan una próxima horneada. Los hornos de barro asoman por sobre las tapias y en cada casa se adivina un taller de cerámica.     

Samy Artesanías es el nombre del taller de Jesús Mamaní y su esposa Bety. De niño, Jesús, acompañaba a su papá a sacar la arcilla a pico y garrote. Golpeaban la laja hasta afinarla y la zarandeaban. Los hombres proveían la arcilla, el colorado, el guano de llama para la quema; las mujeres eran las artesanas que modelaban a mano.

“Antes no se vendía por dinero —recuerda Jesús, mientras pule una olla con piedra humedecida—; se hacía un intercambio por mercadería: harina, frutas, verduras. La olla iba enfardada en paja, envuelta con cuerdas de cuero”. Ver a su madre levantar ollas a pulso encendía la esperanza, “porque si no se vendía la olla, se veía el hambre”, sentencia Jesús Mamaní, casirense de raíces Kolla.

Hoy día se trabaja poco a pulso. La producción en serie, con molde pesado, relegó el rol artesano de la mujer. Los hombres hacen las ollas, que se venden en cantidad y según requerimientos de demanda. Samy Artesanías produce a razón de 900 piezas cerámicas por mes. Jesús y Bety sostienen la tradición, pero se han tenido que adaptar a las condiciones del mercado, como la mayor parte de los alfareros y alfareras de Casira.

Casira: un pueblo alfarero
Jesús Mamaní acompañaba a su padre a sacar arcilla a pico y garrote; hoy atiende su propio taller junto con su esposa.

La resistencia del pulso

La alfarería nace junto con la agricultura en el período Neolítico hace más de 10.000 años, y es un tipo de artesanía asociada al desarrollo de la civilización humana. Utilizada para el almacenamiento de granos, el traslado de líquidos y la cocción de alimentos, favoreció de este modo el asentamiento de los grupos humanos. Fue un desarrollo simultáneo en distintas regiones del mundo, diferenciado por los tipos de arcillas disponibles y la cultura de cada lugar. Los elementos básicos de toda cerámica son la arcilla, el agua y el fuego. Pero cada pieza de barro contiene también elementos intangibles de la memoria y la cultura. La cerámica de Casira tiene sus raíces en el pasado prehispánico. Las vasijas que se elaboran aún conservan los nombres de la lengua quechua: puco, yuro, chúa, virque, manka.

Casira es reconocido como el principal pueblo alfarero de la Argentina. En sus cercanías se encuentran arcillas de diferentes tipos, como ser la arcilla roja (puka) y la arcilla gruesa (pirca). La disponibilidad de estas materias primas ha sido crucial para el desarrollo del oficio y el asentamiento de las familias alfareras, más aún en épocas antiguas, cuando solo se contaba con mula como medio de carga y movilidad. La pirca se extrae con pico de entre las rocas, se muele a garrote y se zarandea. Combinada con la puka, forman el “barro grueso” que se utiliza para piezas grandes como ollas. Tradicionalmente, todo se modelaba a mano, a partir de chorizos de barro, pellizcos y estiramientos con paleta de madera.

Andrea Párraga es la única alfarera de Casira que sigue trabajando “a pulso”. Oriunda de Bolivia, huérfana de padre a sus siete años, de muy pequeña acompañaba a su mamá a buscar el barro y se maravillaba de esa magia que transformaba la materia en un enser indispensable para la vida. A los doce, Andrea pastoreaba ovejas para ayudar en la casa. Le pagaban con habas, trigo, papa y con eso comían ella, su mamá y sus hermanitos. De adolescente se vino a Casira a trabajar de niñera. Formó una familia y su pareja la abandonó con siete hijos. Levantando ollas crió a sus hijos y sostuvo su soledad. Viajaba a Buenos Aires, a Córdoba, a Salta, por una o dos semanas, dejando a los más chiquitos al cuidado de los mayores.

—A Buenos Aires fui tres veces. La primera vez casi me pierdo. Era una feria grande. Fui al baño y como eran carpas grandes, casi me pierdo. No encontraba mi puesto. Daba vueltas y no lo podía encontrar— recuerda Andrea, entre la risa y la tristeza que subyace en sus ojos terrosos.

Todos los hijos de Andrea han crecido y se han ido a la ciudad. Ella vive sola desde hace unos años. Pero sigue haciendo cerámica del modo tradicional. Un día hace el barro y lo deja dormir; cuando está listo, moldea ollitas y platitos. “Despacito”, aclara, como habitando el tiempo de los ancestros.

También siembra un poquito de papas, habas, maíz, “para pasar la vida”.

Y les manda a sus hijos.

Casira: un pueblo alfarero
La alfarería está presente en todo el puedo, incluso en el cementerio. (Abajo) Casi todas las casas de Casira son de adobe; resisten las inclemencias del tiempo de manera notable.

Casira: un pueblo alfarero

Tradición e identidad

La forma en que una tradición alfarera combina y prepara sus arcillas, modela, cocina o decora una olla o cualquier otra vasija, irá constituyendo la cultura cerámica de un pueblo que se transmitirá de generación en generación.

En la actualidad, sin embargo, la demanda de intermediarios que llegan de las grandes ciudades, impuso un ritmo de producción y una forma de trabajo que se distancia de la tradición. La serialización de piezas a partir de moldes y la exigencia de diseños, tuvo como consecuencia la pérdida de parte de la identidad y el valor cultural del arte ceramista, un saber y un sentir ancestral que las mujeres alfareras infundían al barro modelando con sus manos.

Damián Cruz, conocido como “Crucito”, nació en la parte boliviana de Casira (la ciudad se dividió en 1942 con la delimitación geográfica) y aprendió de pequeño el arte alfarero viendo a su madre modelar el barro. “La olla era la primera necesidad de la vida”, reflexiona este hombre de mirada calma, sentado en el patio de su casa de adobe, entre restos cerámicos.

—Muchos fuimos hijos huérfanos de padre. Mis compañeritos se vestían bien porque tenían papá y mamá que trabajaban bien. Yo tenía solo a mi madre. Andaba con zapatos atados con alambre y pantalones remachados con piola. Éramos muy pobres. A los doce años hice mis primeras ollas. Era mi sueño comprarme una campera como la de mis compañeritos. Con esa plata me compré la campera. Desde ese día no dejé la cerámica.

La olla de barro atraviesa la vida de los alfareros y alfareras de Casira. “Nosotros vamos a morir haciendo ollas. Desde niños vivimos de eso. Criamos a nuestros hijos con eso”.

“Uno dejará de hacer ollas cuando cierre los ojos”, concluye Damián: “Y seguirán nuestros hijos”.

Un silbido de viento rasura el silencio de la puna. Arde la tarde.

Casira: un pueblo alfarero
Damián Cruz aprendió de pequeño el oficio, mirando a su mamá.
Casira: un pueblo alfarero
Andrea Párraga es la única alfarera del pueblo que sigue trabajando “a pulso”.