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Prohibido matar: antes cazadores y hoy guardaparques

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En una de las reservas naturales más importantes del continente, un grupo de ex cazadores vive para preservar este ecosistema.

El sol convierte las aguas en un espejo que encandila. Una suave brisa hamaca los juncales de la orilla. A lo lejos, una bandada de garzas blancas levanta vuelo. El silencio se rompe sólo de a ratos por el chapoteo de un remo, o el grito lejano de algún chajá que llama a su pareja. Ni siquiera ellos, los celosos custodios de este santuario natural llamado Esteros del Iberá, se animan a interrumpir la armonía de un cuadro único: ese que brinda la naturaleza en su estado más puro, ese que ellos con años de dedicación, lograron rescatar del avance de la “civilización” que a su paso todo lo destruye.

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Los Esteros del Iberá son parte de un humedal que abarca 13.000 kilómetros cuadrados en el centro norte de la provincia de Corrientes, al nordeste de la Argentina. Si bien debe su nombre a la laguna homónima, está compuesto por una serie de espejos de agua y embalsados (islas flotantes de espesa vegetación). En guaraní, Iberá significa “agua que brilla”, es en definitiva una palabra formada por dos vocablos de los ancestrales habitantes de estas tierras: “Δ, que quiere decir agua, y “berá”, brillante.

Y su nombre lo dice todo. Es que este rico ecosistema, declarado reserva natural provincial, es el lugar donde el brillo del sol sobre los espejos de las aguas, particularmente al amanecer y al atardecer, brinda un marco de solemnidad sobrecogedora a la naturaleza.

Los Esteros del Iberá, hasta su declaración como área protegida en 1983, sufrieron los embates de la depredación no sólo de su fauna sino también de sus tierras que, en beneficio del progreso y la producción fueron arrasadas de manera brutal, poniendo al borde de la desaparición a muchas especies, como el aguará-guazú o ciervo de los pantanos. Otras no resistieron, como el yaguareté o el guacamayo celeste que habitaba los palmares, y que hoy son sólo un recuerdo.

La puesta en marcha de la reserva natural como tal produjo un raro fenómeno: el de los cazadores, aquellos habitantes de la zona que vivían de los cueros y la carne que lograban con la matanza de carpinchos, lobitos de río, yacarés o ciervos; convertidos hoy en guardaparques, en custodios de lo que ellos mismos desde chicos aprendieron a matar sin piedad.

Ellos, los “mariscadores” como se conoce a quienes vivían en los esteros dedicados a esa actividad, eran los que mejor conocían cada laguna, cada canal y cada monte del sistema Iberá. Eran quienes sabían de memoria como rastrear un animal y como descubrir a los cazadores porque saben de memoria sus movimientos. Sólo tenían que abandonar sus costumbres, su forma de vivir. Tenían que pasar de ser depredadores a conservadores.

En un principio fueron ocho los cazadores, entre cientos que ponían en peligro la zona, los que decidieron dejar todo para dedicarse a cuidar el Iberá. Hoy, si bien quedan sólo dos de aquellos antiguos mariscadores, hay un total de veinte guardaparques en toda la reserva, algo que aún algunos consideran insuficiente para controlarla en toda su extensión.

Don Ramón Molina, de 58 años, es uno de los dos últimos “mariscadores” reconvertidos. Tiene el rostro moreno y curtido, de los que viven bajo el sol. Sus manos ásperas y fuertes hablan de trabajo duro. Vive en una casa baja de casi un siglo. “Fue de mi padre”, cuenta con orgullo. Es de paredes blancas y está ubicada en una de las tantas esquinas arenosas y poco pobladas de Carlos Pellegrini, un pueblito enclavado a orillas de la laguna Iberá, de unos de 700 habitantes (a fines de los años ‘70, la mitad de la población vivía de la caza). “En aquella época, había trabajos rurales, pero en lo que más se ganaba era en la venta de pieles, sobre todo la del yacaré en verano, y la del lobito de río, en invierno. Y nos internábamos por 15 o 20 días en los esteros. Y los mismos almaceneros de acá, a los que les comprábamos las provisiones, eran los que nos proveían de trampas y armas para ir a cazar, y después les pagábamos con cueros. Hasta 100 o 150 cueros por salida traíamos, y así se iban terminando los animales”, cuenta el guardaparques.

Hoy la historia es diferente. Molina y el otro “mariscador”, Domingo Cabrera de 59 años, comenzaron a cazar cuando eran adolescentes. Sus padres les enseñaron el oficio. Hoy son los dos únicos ex cazadores que siguen como guardaparques. Los demás ya se retiraron.

“Nos damos cuenta de que el trabajo valió la pena, hoy todas las especies han avanzado muchísimo y abundan, pero hay que seguir cuidándolas para que no vuelva a pasar lo mismo”, dice Ramón Molina.

La bióloga Sofía Heinnonen, afincada en una de las estancias de la zona, dedicadas al ecoturismo y a la preservación de la fauna del lugar lo ratifica. “¡Vaya si sirvió la experiencia!, la decisión de la provincia de Corrientes de contratar a los antiguos pobladores fue una acción visionaria y precursora del destino turístico que hoy es el Iberá”.

Fueron convocados pobladores de Yahavere, de Pellegrini, y más tarde de Galarza, porque eran los máximos conocedores del lugar. “Sabían a la perfección las técnicas de caza, conocían a los mariscadores, a los acopiadores y, sobre todo, la cultura local”, cuenta Heinnonen.

A los pocos años de haber sido contratados los “mariscadores” como guardaparques, ya se habían acabado las actividades de caza, y la fauna comenzó a acercarse al pueblo. “La mansedumbre de los bichos empezó a llamar la atención de los primeros visitantes, y la noticia no tardó en correr. En el pueblo, la fauna no huía del hombre. El ecoturismo comenzó a ser una alternativa viable porque el ‘modelo Pellegrini’ funcionaba, y hoy lo siguen localidades como Concepción, San Miguel, Villa Olivari y Boquerón”, asegura Sofía para quien hoy “el Iberá tiene un alto potencial ecoturístico, siempre y cuando se logre amansar a la fauna. Qué mejor que la gente local para hacerlo, qué mejor que pobladores convertidos en guardaparques, algo que se está haciendo en el mundo: tratar de integrar a los habitantes de la zona a los procesos de protección de la fauna”.

Y reclama más esta mujer que lucha junto a muchos otros por la preservación de la joya natural mas preciada de Corrientes. “Ojalá que esto se repita en otras zonas de la provincia”. Es que en algunos lugares, como en Yahaveré, al sur de los esteros, siguen existiendo los “mariscadores” que viven de la venta de cueros, aunque no tan bien como sí lo hacen los acopiadores; en definitiva los únicos ganadores de la historia.

En Carlos Pellegrini se encuentra el Centro de Interpretación Iberá. Allí Molina y Cabrera enseñan a los nuevos guardaparques a conocer el Iberá, a conocer sus animales y sus costumbres, a rastrear cazadores y a evitar que vuelvan a entrar en la zona de la reserva. Esas enseñanzas incluyen noches en los esteros, acampados, todo para conocer los lugares más apartados, aquellos donde entraron cuando no tenían más de 15 años con sus padres para aprender a cazar.

“No me gustaba mucho a mí, pero era muy buena plata, se ganaba más que en cualquier otra cosa, igual no me costó dejar”, recuerda Molina.

Cabrera es más parco a la hora de hablar. De baja estatura, con bigotes y con las marcas indelebles del sol permanente sobre la piel contesta con una sonrisa que denota orgullo: “Sí, conozco casi todo, pero el que mejor conocía los esteros era mi padre, él me enseñó a cazar y además a conocer… si hasta hizo el mapa de los esteros”, rememora “Mingo”, como lo conocen todos.

Vicente Fraga, otro de los asentados en Carlos Pellegrini, es el subdirector de parques y reservas, “el jefe de los guardaparques”, tal como le dicen en la zona. Fraga no se cansa de elogiar la decisión de haberlos elegido a los mariscadores como primeros guardaparques. “Sin ellos esto hubiera sido imposible, quiénes mejor que estos hombres como conocedores del lugar y para enseñar a los más jóvenes que no son de acá; no sólo que fueron fundamentales, sino que lo siguen siendo hasta hoy”, dice.

Y los guardaparques jóvenes no dejan de reconocerlos. Además de tratarlos con admiración, ven en Molina y Cabrera a dos de sus maestros. A esos que les enseñan lo principal de sus trabajos, lo que se aprende en el terreno, buscando rastros, mirando el agua, los pastizales o la copa de los árboles.

Los viejos mariscadores lograron una gran recuperación de la fauna, pero la pelea de Iberá pasa hoy por otro lado: evitar que un inapropiado manejo productivo, o una sobrecarga turística, termine por doblegarlo ante la falta de políticas y las acciones que apunten a su preservación integral. Es que las producciones agrícolas de la zona sufrieron fuertes cambios en las últimas décadas.

El auge de la producción forestal llevó a la introducción a la zona de especies no autóctonas consideradas por los especialistas como invasivas que, además, sustituyen los paisajes de pastizales naturales con la consecuente disminución de algunas especies de la fauna. Pero tal vez el principal daño hoy lo cause la actividad arrocera: miles de hectáreas de tierras de la reserva que están en manos privadas, se han volcado a esa producción ocasionando daños de distinta magnitud.

La construcción de terraplenes para caminos o embalses que terminan por afectar el normal escurrimiento de las aguas, la toma de millones de litros de agua para riego de espejos que forman parte del humedal, la degradación de tierras a causa de los desmontes, y la fumigación con productos que afectan la flora y la fauna de la zona, son los principales enemigos del Iberá.

El turismo es otro de los peligros que se ciernen sobre Iberá. Solo en 2008 y, pese a los altos costos del lugar y a los dificultosos caminos para llegar, a Carlos Pellegrini ingresaron 24.233 turistas, 34 veces la población del lugar. El sistema Iberá vale recordar tiene numerosas entradas. Además de Pellegrini están Concepción, San Miguel, Loreto, Ituzaingó y una serie de estancias habilitadas para el turismo ecológico en todo su contorno.

Iberá es el agua que brilla por sí misma y también gracias al esfuerzo y a la vocación de hombres como Molina y Cabrera, que dejan sus días recorriendo las miles de hectáreas donde crecieron, aprendieron a sobrevivir y hoy deben proteger.

Ellos cumplieron su misión. Pero en la lucha por mantener el Iberá aún hay mucho por hacer, y se necesitarán más Molina y Cabrera para seguir empujando a este santuario natural a ser tal como fue hasta hace algunas décadas, como nunca debió dejar de ser, pero que la mano del hombre puso al borde de la destrucción. Y es la misma mano del hombre la que en la actualidad puede recomponerlo.

Hoy, por suerte, sus aguas brillan, tanto como la esperanza de que nunca desaparezca.

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