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Aprendiendo a ser fuerte

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Un examen de sangre de rutina le confirmo? a Marina Jua?rez que no solo iba a heredar de su madre el color de sus ojos y el cara?cter sino tambie?n la anemia. 

Pero la joven no se dari?a por vencida. Junto a su madre primero y sola en Buenos Aires despue?s, lejos de su Punta Alta natal, controlari?a esta enfermedad silenciosa sin suplementos dietarios y cambiando por completo sus ha?bitos.

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Los primeros an?os

Marina crecio? en Punta Alta, una ciudad-puerto del sudoeste de la provincia de Buenos Aires, junto a sus padres y sus cinco hermanos varones. Desde pequen?a convivio? con los te?rminos anemia, falta de hierro y glo?bulos rojos, ya que su madre y su abuela materna sufri?an esa condicio?n. Era algo comu?n, hasta que tuvo 12 an?os: estas palabras que soli?a escuchar de boca de sus familiares se hicieron propias. Unos ana?lisis de sangre de rutina le indicaron que ella tambie?n padeci?a la enfermedad. Se trataba de un caso leve de anemia hereditaria, un de?ficit en la produccio?n de hemoglobina (la protei?na que transporta el oxi?geno dentro de los glo?bulos rojos). El me?dico le comento? que esto no era algo completamente fuera de lo comu?n. En nuestro pai?s, cerca del dos por ciento de la poblacio?n sufre de anemia hereditaria, aunque muchos casos nunca son diagnosticados por no presentar si?ntomas. Marina y su madre comprendieron que el cuadro no era grave y podi?a solucionarse fa?cilmente con un suplemento de hierro, mineral que ayuda a la sangre a transportar oxi?geno eficazmente a trave?s del organismo. “Me senti?a un poco cansada a diferencia de otros chicos que se la pasaban corriendo de aca? para alla?. Pero en esa e?poca no me afectaba demasiado”, recuerda Marina, quien preferi?a leer, ver peli?culas o invitar amigas a su casa. Los deportes y la actividad fi?sica no eran algo que disfrutara o eligiera: “lo haci?a solo en la escuela, porque era obligatorio, y me costaba muchi?simo. Soli?an tildarme de vaga, de mala deportista”. 

Desde la inocencia de sus 12 an?os, Marina comenzo? a tomar las pastillas con la esperanza de que la convirtieran en una chica atle?tica y llena de energi?a: “Crei?a que iban a hacer alguna clase de milagro, que me iban a transformar en la mujer maravilla o algo asi?”. Sin embargo, las pi?ldoras no resultaron como esperaba, sino que le trajeron reiterados problemas digestivos y dolores de panza. Al ver los efectos de los medicamentos sobre su hija, Marina (la madre), que ya teni?a experiencia con la anemia, decidio? que las dejara de tomar y que solucionari?a la deficiencia de hierro a trave?s de una dieta cuidada. Asi?, las carnes rojas, las lentejas y los pescados ricos en hierro cobraron ma?s protagonismo en las comidas diarias de la familia. “Yo no me preocupaba mucho, comi?a lo que mi mama? me preparaba y me senti?a bien”, aclara Marina, que en seguida noto? que teni?a ma?s energi?as que antes. De repente, empezo? a tener nuevas actividades como las clases de teatro que disfrutaba mucho.

La gran ciudad

Luego de terminar la escuela secundaria, Marina se mudo? sola a Buenos Aires para estudiar Psicologi?a. Ya no estaba su madre para cocinarle y preocuparse por su alimentacio?n. Adema?s la joven comenzo? a trabajar. Entre el trabajo y el estudio que le demandaban todo el di?a, Mariana teni?a poco tiempo para cocinar o incluso pensar en que? iba a comer. Se alimentaba de forma desordenada, cualquier cosa en cualquier momento: “muchas papas fritas, galletitas, alfajores, alimentos que se pueden comprar en cualquier kiosco y comerlos caminando o en el colectivo”. Pronto empezo? a sentirse cansada, pero no dudo? en adjudicarlo a su nuevo ritmo de vida. Trabajaba siete horas diarias en la fotocopiadora de la universidad y cursaba por la noche, y asi? cuando llegaba a su casa no teni?a ganas ni fuerzas para ponerse a cocinar: “Comi?a lo que teni?a en la heladera, que en general no era mucho, algu?n pedazo de queso, pan y algunas verduras”. 

La falta de energi?a no tardo? en afectar sus actividades cotidianas y Marina comenzo? a sentir que no era capaz de cumplir con sus obligaciones. El primero de los si?ntomas fue no poder despertarse a la man?ana pese a haber dormido siete u ocho horas. Por suerte, en su trabajo habi?a buen ambiente. Sus compan?eros trataban de ayudarla y toleraban sus llegadas tarde. “Me acuerdo que la encargada de la fotocopiadora me llamaba por tele?fono para despertarme, porque sabi?a que yo no escuchaba el despertador”. Marina se levantaba agotada y luchaba con ese cansancio durante todo el di?a. A veces, simplemente teni?a que dejar de trabajar, sentarse un rato y cerrar los ojos para recuperar fuerzas; tomaba cafe? o gaseosas en exceso para mantenerse despierta, lo cual deterioraba aun ma?s la calidad de su alimentacio?n. 

Una serie de eventos desafortunados

“Llego? un momento en el que simplemente no podi?a con mi vida”, afirma Marina. En casa de sus padres era la u?nica hija mujer, la que sacaba buenas notas en la escuela y nunca trai?a problemas. “Siempre fui muy perfeccionista”, aclara. Estaba acostumbrada a tener todo bajo control, a poder con todo, y tanto sus padres como ella siempre se sintieron orgullosos de eso. Pero en el caso de la anemia esto le jugo? en contra, ya que si bien conoci?a sus antecedentes familiares, le costo? mucho aceptar que algo no andaba bien en su organismo.

No obstante, con casi 20 an?os, vivio? dos episodios que la marcaron y la ayudaron a admitir que ya era momento de pedir ayuda. El primero fue en su a?mbito laboral. Marina habi?a dejado la fotocopiadora de la universidad para trabajar en un banco por menos horas y un mejor salario. Pero las cosas, desde el comienzo, fueron complicadas. El ambiente en su nuevo empleo era menos familiar y ma?s controlado, y a Marina le costo? adaptarse. Cinco o diez minutos de retraso eran considerados una falta, por lo cual las llamadas de atencio?n pronto se manifestaron. “El gerente del banco me cito? para darme una especie de ultima?tum. Me puse muy mal porque realmente no podi?a permitirme perder el trabajo, estaba viviendo sola y me manteni?a con la plata que ganaba. Me pregunto? si me interesaba seguir trabajando, me hablo? del respeto, de la responsabilidad y de la falta de compromiso. E?l pensaba que yo llegaba tarde porque sali?a a la noche, no sabi?a que yo estaba haciendo un gran esfuerzo”, rememora Marina, con un dejo de angustia. En ese momento, comenzo? a tomar consciencia de la gravedad de su condicio?n que, si bien no le trai?a problemas mayores de salud, estaba interfiriendo con su vida diaria.

Pero esto no basto? para que Marina tomara la determinacio?n de consultar al me?dico.

Unas semanas despue?s, recibio? una llamada inesperada mientras estaba trabajando: el ti?o de su mejor amiga habi?a fallecido. Prometio? llamarla ni bien llegara a su casa para pasarla a buscar y acompan?arla al velatorio pero, cuando llego?, se sento? unos segundos en el sillo?n y se quedo? dormida. “Estaba tan cansada que cai?a completamente rendida, no reaccionaba, no podri?a haber hecho otra cosa”, recuerda Marina con tristeza. Su amiga la llamo? muchi?simas veces, la espero? y la siguio? llamando, pero Marina no abrio? los ojos hasta el di?a siguiente. Ese di?a se dio cuenta de que su falta de energi?a no solo la estaba afectando a ella sino tambie?n a sus seres queridos. Y finalmente decidio? que era momento de buscar ayuda profesional.

El comienzo de un camino

Los exa?menes de sangre confirmaron otra vez el diagno?stico de anemia que el me?dico sospecho? ni bien escucho? los si?ntomas y los antecedentes de su paciente. Marina no se sorprendio?, sabi?a que no se estaba alimentando bien y que teni?a cierta tendencia a esta enfermedad. De pequen?a le habi?a sucedido lo mismo. El me?dico le explico? que hay personas que naturalmente tienen ma?s dificultad para absorber el hierro de los alimentos que otras y que, si a esta condicio?n se le suma una dieta pobre en dicho mineral, el cuadro ane?mico queda casi asegurado. Le aclaro? tambie?n que los si?ntomas podi?an revertirse fa?cilmente reponiendo el nutriente que faltaba y le receto? un suplemento de hierro. Marina salio? del consultorio aliviada, con la esperanza de poner fin de una vez y para siempre a su cansancio cro?nico.

No fue fa?cil. Si bien el suplemento revirtio? considerablemente sus si?ntomas, le causo? nuevos malestares, al igual que cuando teni?a 12 an?os. Por un lado, teni?a ma?s energi?as, lo que la ayudo? a mejorar el rendimiento en su trabajo y resolver asi? las tensiones con su jefe. Pero, por otro, empezo? a sufrir nuevamente dolores de esto?mago y problemas digestivos. Con este nuevo panorama, Marina volvio? a consultar al me?dico, quien estuvo de acuerdo en que dejara las pastillas y basara su tratamiento en una alimentacio?n rica en hierro. Para esto, la derivo? a una nutricionista con quien Marina comenzo? un camino de aprendizaje que fue mucho ma?s alla? de la dieta: “Aprendi? que el hierro no esta? solamente en la carne roja; el pollo y el pescado tambie?n tienen hierro, al igual que muchos cereales y verduras. Por ejemplo, yo no teni?a idea de que la avena, la espinaca y las pasas de uva eran fuentes de hierro”. Asi?, Marina mejoro? la calidad de su alimentacio?n: “Empece? a prestar atencio?n a lo que comi?a, trataba de no saltearme comidas y de incorporar alimentos con hierro todos los di?as. Empece? a darme cuenta de lo que mi cuerpo necesitaba. Si un di?a comi?a harinas, al di?a siguiente trataba de comer carne o verduras, intentaba alimentarme de manera balanceada”. 

De esta forma, Marina empezo? a comer carne roja dos o tres veces por semana, a cocinar, a ir al supermercado sabiendo de antemano lo que teni?a que comprar. Esta vez lo haci?a sola, sin la ayuda de su madre. Tambie?n descubrio? la importancia del descanso. Se dio cuenta de que su cuerpo muchas veces le pedi?a parar a reponer energi?as y trato? de prestar ma?s atencio?n a esas sen?ales: “me propuse respetar lo que mi cuerpo me pedi?a. Si un di?a dormi?a poco y al otro teni?a algo que hacer despue?s del trabajo, trataba de posponerlo; si un di?a sali?a de noche, al otro di?a buscaba recuperar las horas de suen?o. Aprendi? a no sobreexigirme”. Con estos pequen?os grandes cambios, Marina comenzo? a sentirse mejor. Todavi?a no sabi?a que, nuevamente, su historia iba a dar un vuelco inesperado. 

Vida nueva

La anemia ya no era un problema en la vida de Marina. Con los cambios que habi?a realizado, la enfermedad estaba controlada y los exa?menes de sangre no le daban malas noticias. Pero cuando, a los 27 an?os, la joven supo que estaba embarazada, adema?s de una felicidad suprema, todo cambio?. Si bien en aquel momento su alimentacio?n era mucho ma?s ordenada y saludable, el fantasma de la anemia volvio? a hacerse presente: era consciente de que durante el embarazo, la mujer necesita ma?s hierro con el fin de producir ma?s hemoglobina para toda esa sangre adicional que se suministrara? al bebe? y a la placenta; y del aumento en el riesgos de tener un parto prematuro o un bebe? de bajo peso.

Le recetaron suplementos de hierro y vitaminas, que Marina tomo? no sin experimentar cierto resquemor: “senti?a que no era necesario que comiera, porque ya teni?a todo ahi? y eso no me pareci?a muy natural ni beneficioso”. De cualquier forma, Marina siguio? las instrucciones del me?dico y dejo? los suplementos cuando este se lo indico?. Tuvo un embarazo sin complicaciones y dio a luz a Juana.

Para ese entonces, Marina estaba trabajando nueve horas por di?a en una empresa petrolera y terminando su carrera universitaria. Luego de que finalizaran los tres meses de licencia por maternidad, Marina decidio? tomarse tres meses ma?s sin goce de sueldo para organizar su vida de alli? en ma?s. Haber superado la anemia la ayudo? a tomar consciencia de la importancia de los buenos ha?bitos para la salud y le dio la confianza necesaria para seguir profundizando el camino que habi?a iniciado a partir de los cambios en su alimentacio?n haci?a ya siete an?os. Asi?, con una vida saludable como meta, Marina decidio? buscar un trabajo de menos horas y ma?s cerca de su casa. Comenzo? a trabajar en una libreri?a arti?stica a la que llega todas las man?anas en su bicicleta despue?s de dejar a su hija en la escuela. “Trabajo a siete cuadras de mi casa, mi hija va al jardi?n a cinco cuadras. Mi rutina diaria se centra en quince cuadras a la redonda que las hago en bicicleta”. Asimismo, adopto? una serie de nuevos ha?bitos: “trato de dormir bien y cumplir siempre el mismo horario para acostarme y levantarme; intento tener todas las semanas por los menos tres di?as en los que estar un rato al aire libre, ir a algu?n parque o plaza, estar un ratito al sol. Tambie?n trato de leer un rato en la cama todas las noches”. Marina comprendio? que la salud no tiene que ver solo con lo fi?sico sino que es un estado integral, por eso intenta nutrirse tambie?n de buenos momentos, buen descanso y buenas relaciones. 

La importancia de transmitir buenos ha?bitos

Marina no pudo evitar sentir miedo de que Juana tambie?n sufriera anemia, dada su historia familiar. De a poco, se fue dando cuenta de que lo esencial era ensen?arle a su hija a construir una vida saludable y el miedo no haci?a ma?s que dificultar esta tarea. “A Juana le cuesta comer variado, hay mil cosas que no le gustan y eso es un problema. Lo ma?s difi?cil es que coma frutas, pero me preocupo siempre porque entienda su importancia como parte de una alimentacio?n variada”. 

Actualmente, Marina es madrina de la sala del jardi?n de infantes al que va Juana, lo que implica que, junto con otra mama?, se encarga de ayudar a las maestras y a las familias en los temas relacionados con la organizacio?n del jardi?n y sus actividades. En este contexto, se llevo? a cabo un proyecto de alimentacio?n saludable: “se les hablo? mucho de los alimentos, los reconoci?an y los dibujaban, aprendi?an para que? sirve cada uno, que? aporta cada alimento al organismo. Estuvo muy bueno”.

El temor que Marina sintio? en un principio ante la posibilidad de que Juana sufriera de anemia ya no existe. Sabe que si su hija alguna vez es diagnosticada con la enfermedad, ella tiene las herramientas y la capacidad para enfrentar la situacio?n y salir fortalecida. Marina convirtio? lo que en sus primeros an?os de juventud fue una lucha en un aprendizaje. Hizo esto, en gran medida, retomando el camino que le habi?a marcado su madre. Aprendio? a valorar la importancia de llevar una alimentacio?n balanceada, descansar lo suficiente y preocuparse por lo que su organismo necesita, tres cosas de las que durante 18 an?os se ocupo? su mama?. Hoy, con 31 an?os, siente que heredo? mucho ma?s que la predisposicio?n a sufrir anemia, recibio? tambie?n la perseverancia y la sabiduri?a necesarias para superar esta dolencia y vivir una vida plena y saludable.

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