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Agua no tan virtual

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Ser conscientes del agua que consumimos puede ayudarnos a usarlo con mayor precaución. Consejos de Sergio Elguezábal para evitar el consumo desmedido.

Nuestro planeta es, primordialmente, de agua. El 75 por ciento de su conformación es líquida si se contabilizan las venas repletas que lo atraviesan llevando hidratación en todas las direcciones. Si se sumara todo su volumen, se extendería por el mundo ocupando un manto líquido de tres kilómetros de espesor sobre los continentes.

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El agua es un componente esencial de todos los seres vivos. Las proporciones son conmovedoras: un melón es agua en un 98 por ciento; un pez, en un 80 por ciento, y los seres humanos, en hasta un 75 por ciento al momento de nacer.

Tanta abundancia resulta relativa si se calculan los volúmenes de los que dispone la humanidad para satisfacer sus necesidades básicas como la sed, la higiene o el regadío de los cultivos. Actualmente, sólo el 3 por ciento de toda el agua es potable y se calcula que, en 30 años, dos tercios de la humanidad tendrán dificultades para acceder a esa fuente. El agua se ha constituido en un recurso tan esencial que es difícil proyectar cuál será su valor real en las próximas décadas.

Por ejemplo, hoy en día, el agua envasada es más cara que los combustibles: en muchos países, una botella pequeña de agua mineral (500 cc) ¡cuesta el doble que la misma cantidad de gasoil!
Sin embargo, su valor no se mide únicamente por aquella cantidad que consumimos para vivir. Al litro y medio diario que ingiere en promedio cada ser humano y a los 40 o 50 que gasta para la limpieza personal, es preciso agregarle el agua que se utiliza en la elaboración de los diferentes productos que consume. Pensemos en un pocillo de café: ¿cuánta agua hizo falta para que prospere la planta donde creció el grano de café, y cuánta para su industrialización, incluyendo el empaque, el transporte y la molienda?

Hay un cálculo que determina esos valores y toma en cuenta el agua utilizada en el proceso de producción y elaboración de cualquier bien (agrícola, alimenticio o industrial). Al volumen resultante se lo denomina agua virtual, un concepto novísimo ideado, en 1993, por el profesor John Anthony Allan de la Universidad de Londres. Y se lo puede aplicar tanto a un vaso de leche como a una cosechadora.

Así, los cálculos científicos determinan que para elaborar una camiseta de algodón hacen falta 4.100 litros de agua; para una hamburguesa, 2.400 litros; y para un par de zapatos de cuero, 8.000 litros.

Tomemos otro ejemplo: un vaso de leche equivale a 135 litros de agua virtual. En el cálculo se contabilizaron los volúmenes proporcionales que hicieron falta para la elaboración del alimento que nutrió a la vaca, el consumo de agua en el tambo, la producción en la planta industrial y hasta lo que se gastó para fabricar los envases en los que llega la leche a nuestros hogares.

Este nuevo modo de medir el agua que consumimos nos lleva a conclusiones interesantes: los países pobres en recursos hídricos tienen la posibilidad de conseguir seguridad alimentaria. En lugar de utilizar la escasa agua que disponen para cultivar productos que requieren grandes volúmenes de riego, podrían pensar en importar alimentos y destinar sus recursos hídricos con fines más lucrativos como el turismo, la industria o la producción de otras cosechas que demanden menor cantidad de irrigación.
El investigador Walter Pengue, del Grupo de Ecología del Paisaje y Medio Ambiente de la Universidad de Buenos Aires (GEPAMA), apunta que para producir una planta de soja en la región Pampeana se necesitan 550 milímetros de lluvia.

“No es lo mismo cultivarla en una zona donde la lluvia la hace crecer de modo natural que tener que pinchar los acuíferos o traer agua de los ríos para regar el sembradío. En estos casos se utilizan millones de litros de agua potable que podríamos usar en beneficio de otras actividades o para el consumo humano. Hay que prestar atención a estas cuestiones porque teniendo conciencia del valor creciente del recurso, deberíamos analizar minuciosamente qué cultivos desarrollar en áreas donde el régimen de lluvias no sea el apropiado. En la Pampa Húmeda, un cultivo como la soja se adapta fácilmente a las condiciones, pero en regiones secas o semiáridas, donde se ha desmontado para sembrar la oleaginosa codiciada por sus altos precios, es un despropósito insistir con su desarrollo”, comenta Pengue.

Cuando un país vende carne, lácteos, fruta o soja, está exportando agua virtual, lo mismo cuando los importa. La comparación de ambos guarismos permite establecer si una nación es exportadora o importadora de agua virtual.

Los cuatro primeros lugares de exportación neta de agua virtual son ocupados por América del Norte, América del Sur, Oceanía y Asia Sudoriental; mientras que en la importación se ubican: Asia Meridional y Central, Europa Occidental, África del Norte y Oriente Medio.

Muchos países europeos, que conocen el valor del agua virtual, están intensificando su comercio con aquellos “exportadores de agua” para satisfacer sus demandas internas focalizando compras en el exterior de productos que todavía exhiben precios muy convenientes. Pengue advierte que hay una discusión incipiente para las transacciones internacionales.

Próximamente van a cambiar los valores y el agua utilizada tendrá que incluirse como otro costo de producción. La teoría del agua virtual nos lleva a reflexionar una vez más sobre el modo en cómo se consume y aporta nuevos indicadores para tener en cuenta a la hora de establecer nuestras dietas, o decidir si compramos tal o cual bien.

La huella hídrica

Las nuevas mediciones del agua que consumimos son fundamentales para observar el consumo real de un país, su «huella hídrica» en relación con el resto.

A nivel individual, la huella hídrica se calcula con la suma del agua virtual necesaria para la elaboración de los productos que se consumen. Así, una dieta carnívora tiene una huella hídrica mayor que una vegetariana: un kilo de carne requiere 16 mil litros de agua, mientras que el trigo demanda 1.350 litros, según la UNESCO.

Ser conscientes de nuestra huella hídrica individual puede ayudarnos a utilizar el agua con mayor precaución.

¡Ah!, me olvidaba. Para poder tomarnos el café de la mañana hacen falta ¡140 litros de agua!

*Sergio Elguezábal se especializa en temas ambientales y conduce TN Ecología. Es colaborador en la Revista Selecciones en la sección «Mi Planeta».

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