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Cómo es estar siete días sin pantallas

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Desconexión de pantallas

¿Podría estar siete días sin ver una pantalla ni celular? Yo lo intenté y a continuación le cuento lo que pasó.

Está ampliamente documentado que las pantallas son prisiones cognitivas que pulverizan nuestra capacidad de atención, deterioran nuestra salud mental y desatan una rabia polarizada en nosotros, además de que incrementan gravemente nuestra huella de carbono.

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Pero ¿podemos liberarnos de ellas? Luego de preguntarme esto, decidí intentar vivir como si estuviera en el año 1996 y volver a mi vida antes del internet, a través de una desintoxicación digital de una semana sin computadoras ni teléfonos móviles.

Prepararnos para una vida sin pantallas

Pero antes del gran apagón necesitaba prepararme un poco. Un día antes Primero, necesitaba explicar este concepto a mis amigos y familiares para que no se preguntaran por qué de repente había desaparecido del mapa. Así que configuré una respuesta automática con un mensaje de ausencia que decía: “No tendré acceso al correo electrónico hasta el domingo. Si es una emergencia, llama a mi teléfono fijo al xxxx”.

Luego anoté algunos números de teléfono que podrían serme útiles en un cuaderno, que serviría como mi diario de anotaciones. Tomé prestado el reloj de mi hijo de ocho años (la última vez que usé un reloj fue en el siglo XX), anoté mis citas de la semana y tracé algunas rutas. Posteriormente, busqué y encontré mi teléfono fijo, que había estado abandonado desde hacía tiempo, y lo conecté de nuevo.

Mi desintoxicación digital ni siquiera había comenzado y ya estaba consciente del hecho de que había subestimado mi dependencia a las pantallas. Definitivamente, estaba nervioso. Había imaginado el desafío de estar sin pantallas como algo que me traería una tranquilidad reconfortante, pero llegado el momento, al borde del abismo analógico, me sentía atrapado por una angustia abrumadora.

Por último, escribí estas últimas palabras en mi Mac y la guardé en un cajón junto con mi iPhone. Cerré el cajón y lo sellé con cinta adhesiva. Una vez hecho esto, no había vuelta atrás.

Día 1 sin pantallas

Al oír el sonido del despertador extendí mi brazo hasta la mesa de noche, pero mi teléfono no estaba ahí. Tenía una sensación de vacío y eso que solo llevaba despierto unos cuantos segundos. No revisé ningún mensaje antes de dirigirme a vaciar mi vejiga. No vi el resumen de las noticias mientras desayunaba, ni el pronóstico del tiempo, así que no tuve más opción que mirar por la ventana y apreciar las primeras horas de un hermoso día.

Me monté en mi bicicleta para dirigirme a un taller de escritores para estudiantes de secundaria en una escuela a la que nunca había ido, por lo que tuve que llevar un mapa de París conmigo, por si acaso.

En el primer semáforo, llevé la mano a mi bolsillo en busca de mi teléfono. ¿Había hecho esto en cada semáforo durante los últimos años? Probablemente sí. Una vez en la escuela, caí en la cuenta de que estos chicos, nacidos en los 2000, no recordaban la vida antes de internet, sin pantallas, y que solo tenían una vaga idea de que alguna vez existió una época tal.

Mientras conversaba con ellos, no pensaba en los correos electrónicos que se acumulaban en el teléfono que no tenía conmigo. Pero durante los descansos, buscaba en mis bolsillos. Un condicionamiento clásico, sin duda. Después, me di cuenta de que había sobrevivido gran parte del día sin estar conectado. Y todos mis signos vitales estaban estables.

De vuelta en casa, pasé una hora leyendo una novela antes de ponerme a escribir… en una hoja de papel. Logré redactar más de diez líneas antes de que mi inspiración disminuyera ligeramente y el diablo digital me tentara. En momentos como ese normalmente habría tomado mi teléfono para revisar las noticias por si algo había ocurrido en el planeta Tierra en los últimos siete minutos.

Todos nos sabemos ese cuento. Uno toma el teléfono por una razón muy específica (leer un artículo, llamar a mamá, revisar la cuenta bancaria), pero luego te atrapa una publicación en redes sociales, un chat de WhatsApp (¡regalo grupal para el cumpleaños de un amigo!) o una noticia de última hora. Y para cuando uno deja el teléfono, se pregunta por qué lo tomó en primer lugar. Pero no ese día.

Cuando sentía que no podía reunir suficiente motivación, comía un trozo de chocolate. A eso se le conoce como compensación. Después de que mi hijo llegó a casa de la escuela, preguntó: “Entonces, papá, ¿pudiste arreglártelas sin un teléfono?”. “Sí, sin problema alguno”, mentí, pero solo un poco. “Pero, ¿por qué estás haciendo esto?”, preguntó.

Siendo un niño con ciertas restricciones sobre las pantallas, estaba perplejo de que un adulto renunciara voluntariamente a sus privilegios digitales. Luego de la cena, mi pareja se retiró de la mesa para ver un maratón de una serie de televisión; lo cual no me estaba permitido. No quiero saber de tu desintoxicación”, dijo. “Ve a leer al sofá”.

Me quedé dormido en el sofá con mi libro sobre el pecho, con un poco menos de luz azul en mi cuerpo y sin echar un último vistazo a mis correos electrónicos, por si acaso. ¿¡Por si acaso de qué exactamente!?

Día 2 sin pantallas

Antes de irse a la escuela, mi hijo me deseó buena suerte. Yo miré mi cajón sellado con cinta adhesiva y pensé, ¿y si pasa algo terrible? ¿Y si la escuela quiere llamar para decir que mi hijo se rompió el brazo en el recreo? ¿Y si Putin inicia una guerra nuclear? ¿Y si el New York Times quiere que escriba una historia en Japón?

Puede que haya un mensaje en mi buzón de voz en este mismo momento que diga: “Hola, Julien. Soy Martin Scorsese. Me encantaría convertir tu último libro en una película. Llámame tan pronto puedas”.

Quizá podría darme permiso para revisar mis mensajes a mitad de semana. ¡Por el amor de Dios, apenas habían pasado 24 horas sin pantallas y prácticamente no soportaba más! Era momento de salir de casa antes de que fuera demasiado tarde.

Me dispuse a tomar la edición impresa de Le Monde, algo que no hacía desde quién sabe cuándo, e instalado en una cafetería, me deleité hojeándolo. Cambio climático, inflación y golpes de estado: las tragedias del mundo parecían mucho más lejanas estando plasmadas en papel.

Es mucho menos agresivo para el cerebro, los ojos y los nervios. Sin embargo, tenía que volver al trabajo porque el manuscrito en el que estaba trabajando debía entregarse en unas semanas. Tras un día de mucho trabajo, decidí que me merecía una buena bebida y las estrellas se alinearon a mi favor, pues había contribuido al lanzamiento de una revista y me habían invitado a dicho evento.

Cuando uno está en una fiesta aburrida, un teléfono resulta ser un aliado invaluable que confiere una sensación de compostura, de estar absorto en un asunto urgente cuando en realidad uno está revisando los resultados del fútbol. Aquel día envidiaba a todos los que estaban ahí porque yo estaba desarmado. Desnudo. Desprovisto de algo detrás de lo cual esconderme.

Pero me di cuenta de que tenía un gran tema de conversación: mi desintoxicación. Supuse que la gente pensaría que era una idea tonta (“¿Por qué hacerte algo así?”), pero en cambio recibí admiración (“¡Bien por ti! Yo no podría hacerlo”).

Era un héroe de la resistencia contra las grandes tecnologías: el hombre que no había revisado su correo electrónico en casi 36 horas y que, incluso después de este logro histórico, seguía siendo un modelo de simplicidad voluntaria.

Volví a casa temprano, cuando ya todos estaban dormidos. El departamento estaba en silencio y, como no me sentía cansado, en lugar de navegar por el ciberespacio, me puse a escribir.

Día 3 sin pantallas

Desde una perspectiva profesional, ese día iba a ser un problema. Tenía que escribir una columna para una revista con la que había colaborado cada mes durante los últimos cuatro años. Normalmente la escribía en Word, en mi Mac, y la enviaba como un archivo adjunto por correo electrónico a mi editor.

¿Cómo solíamos hacerlo antes de las pantallas? A principios de los años 2000, era el editor de un diario regional en el que los corresponsales locales traían artículos escritos a mano y los mecanógrafos (¿todavía existirán?) los introducían en el sistema para que los editáramos.

Eso es lo que haría: entregaría mi artículo en papel. Los editores pensarían que estaba loco, especialmente porque nunca me habían visto. (Sí, en estos días uno puede trabajar para una revista durante años sin conocer nunca a nadie del personal editorial). Ni lerdo ni perezoso, me puse a trabajar cuando, oh sorpresa, me interrumpió una llamada en el teléfono fijo.

Alguien debía haber leído mi mensaje automatizado y se había tomado la molestia de llamar. Debía ser urgente. (Probablemente Scorsese: “Por favor, devuélveme la llamada, te lo ruego, Julien”.) No, era una periodista invitándome a aparecer en el Internet Show. Le dije sin vueltas que no tenía internet. “No hay problema”, respondió, una vez que superó su perplejidad.

Querían que hablara sobre un libro que escribí y necesitaban que les enviara una imagen de la portada. ¿Pero cómo? Mi editorial podía encargarse de eso. Tenía que llamarlos, pero no me sabía el número (¿quién se aprende los números telefónicos?), y no tenía una guía telefónica a mano (¿se acuerdan de esas?). ¿Todavía existirán los directorios telefónicos?

Mi intento de manejar mi vida profesional sin panrtallas estaba fallando. Un rápido intercambio de correos electrónicos y todo se habría resuelto en un instante. A pesar de lo que cualquier persona diga, a veces el internet resulta bastante útil.

Día 4 sin pantallas

Tan pronto como me desperté, volví a extender el brazo hacia la mesita de noche sellada. Claramente, todavía me quedaba un largo camino por recorrer. Pero, ¿qué es lo que nos impulsa a revisar frenéticamente nuestras bandejas de entrada de correo electrónico?

La promesa de una recompensa, la perspectiva de buenas noticias, alguien que piensa en nosotros. Todos somos muy conscientes de que la mayoría de lo que recibimos es spam, facturas y solicitudes no deseadas, no obstante esto, —y quizás sea alentador para la humanidad— no podemos evitar tener esperanza.

Entonces me dirigí a revisar mi buzón, el buzón físico de mi casa, para luego ir a la tienda de comestibles, donde me di cuenta de que olvidé la tarjeta de fidelidad, lo que hace que comience a sudar frío. Mi pareja se iba a molestar conmigo cuando llegara a casa: “Te la envié a tu teléfono para que siempre la tuvieras”, me diría.

¿Acaso mi desintoxicación de pantallas iba a afectar mi relación? ¿Destruiría este ridículo desafío tantos años felices con una mujer maravillosa? Si seguía decepcionándola, terminaría dejándome, entonces yo tendría un colapso, dejaría de bañarme, para después terminar sin hogar.

Tambaleándome con mi ropa harapienta, gritaría a los transeúntes: “¡Nunca olviden sus teléfonos!”. Los niños se reirían de mí y la cajera de la tienda local, observándome en mi desvarío, le explicaría a los clientes: “Es tan triste. Era un escritor de viajes, salía en la televisión y luego, un día, tuvo esta idea tonta y fue el principio del fin”.

Sería una pena arruinar mi vida por esto. ¿Y si echaba solo un vistazo? ¡Vamos! Nadie lo sabría. Eran las 2 p.m. del jueves y ya habían pasado tres días y medio sin pantallas. Hacerlo a la mitad del camino, no estaba nada mal. Seguro tenía varios mensajes importantes esperando en aquel cajón. Scorsese debía estar impaciente.

Me sentía sucio, avergonzado y miserable. Sin embargo, abrí el cajón y encendí el teléfono. Cientos de correos electrónicos, notificaciones y mensajes llegaban sin parar, sin mencionar todo el spam. Encontré tres cosas relacionadas con el trabajo, pero para ser honesto, no era nada que no pudiera haber esperado unos días más.

Más tarde, al recoger a mi hijo en la escuela, un padre me preguntó cómo iba mi desintoxicación. “Genial”, respondí sin pestañear. “Los primeros sin pantallas días son difíciles, pero luego uno se acostumbra”. Proseguí hablando con lugares comunes sobre la paz mental (“¡Esos grupos de WhatsApp tan molestos!”) y todo el tiempo que había ganado, recibiendo asentimientos de conformidad. No había planeado mentir, simplemente pasó.

Era un rudo despertar que hizo que marcara todas las casillas de un adicto. Era un adicto y estaba gritando a los cuatro vientos que estaba limpio justo después de haber tomado mi dosis.

Día 5 sin pantallas

Fue un milagro: salí de casa sin revisar mi bolsillo en busca del teléfono. Esto me tomó cinco días, pero ahora me sentía más ligero. Estando en la calle vi a una amiga y le hice señas. Ella pasó a un brazo de distancia pero no me vio; adivina qué tenía en la mano.

Estos últimos días, había estado viviendo fuera de mi ritmo, por lo que cualquier comportamiento indignante saltaba a mi vista. Era como si todos estuvieran drogados. Todos estamos fuera de sí. Estas asombrosas tecnologías que brindan acceso al conocimiento universal no han tenido el efecto deseado en nuestra inteligencia colectiva. (Vivimos de una droga virtualmente gratuita y perpetuamente disponible, cuyo efecto adictivo fue concebido por los ingenieros más brillantes de nuestro tiempo. Es una batalla perdida).

Al llegar el fin de semana, mi hijo se lanzó sobre la tableta. Hacer cumplir una política de cero pantallas durante la semana era una lucha diaria, y él se vengaba los viernes por la noche sumergiéndose en Minecraft. “¿Cuándo podré tener un teléfono?”, preguntaba con demasiada frecuencia. Cuando seas lo más grande posible, cariño. No tengo prisa por ver cómo Silicon Valley se mete en tu cerebro. }

Día 6 sin pantallas

No necesitaba un teléfono para ir al parque con mi hijo. Había personas mayores que conversaban en una banca; un hombre le lanzaba la pelota a su perro y una pareja de jóvenes, como de 20 años se abrazaba. Se veían enamorados y emanaban felicidad, tanto así que el mundo a su alrededor parecía no existir.

Y tampoco necesitaba un teléfono para leer un libro. Solo hay que cambiar las páginas y dejar que el cerebro permanezca en el mismo lugar durante una hora. No necesitaba un teléfono en la cena con amigos, mientras reinventábamos el mundo.

Todos lo vemos: Nuestro Black Mirror diario, esa serie sobre la tecnoparanoia, refleja una versión más suave de las grandes distopías literarias: 1984, por supuesto, porque estamos siendo observados todo el tiempo, en todas partes.

El Gran Hermano disecciona nuestros datos, y todos nos hemos convertido en el Gran Hermano de los demás. Excepto que Orwell nunca imaginó que nuestra servidumbre sería voluntaria, que la humanidad se apresuraría a consentir ser escudriñada en sus recovecos más íntimos y que incluso pagaríamos por ello (no se puede negar el genio del capitalismo) a cambio de la promesa de la dopamina proporcionada por un “me gusta”.

Pierde tu libertad, gana un emoji de corazón. Es Un Mundo Feliz con una gratificación narcisista como sustituto del soma, la droga que mantiene a los ciudadanos del Estado Mundial pacíficos, sometidos y conformes. Mi hijo y yo perdimos la noción del tiempo. Debía avisarle a mi pareja que llegaríamos tarde, por lo que le pido a un amigo que me preste su teléfono.

Día 7 sin pantallas

Se me permite abrir el cajón y volver a mi vida con pantallas, pero no lo hago. No todavía. Antes de volver a todo aquel ruido, salí a escuchar el canto de los pájaros. No estaba emocionado de estar de vuelta en 2023.

La vida sin internet era más feliz. Pero es imposible, porque no hay forma de volver a 1996. Sin embargo, podemos hacer que el mundo de mañana sea un poco menos amargo; manejar nuestras adicciones y tener una buena higiene digital.

Hoy en día, fumar en restaurantes y manejar sin cinturón de seguridad parecen inconcebibles. Quizás en una década nos preguntaremos cómo es que alguna vez nos sentamos a cenar sin cambiar al modo avión.

Voy a volver a introducirme a este mundo de manera consciente y lenta, aunque con renuencia, para dar el ejemplo. Porque cuando mi hijo quiera mostrarme un dibujo, no quiero escucharme decir “un segundo”, mientras mi cerebro es secuestrado por un dispositivo que me alerta sobre el nuevo interés amoroso de Taylor Swift.

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