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¿Una civilización en el infierno verde? 2 parte de 2

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La búsqueda de una ciudad perdida en la jungla brasileña. Mato Grosso significa «selva densa» en portugués.

Al obtener una figura de 25 cm de largo de basalto negro, Fawcett la hizo evaluar por un psicometrista que decía saber el origen de un objeto con sólo tocarlo. Dijo que la figura provenía de la Atlántida y que había sido traída cuando sus habitantes huyeron de la destrucción, buscando refugio en Brasil, donde construyeron una ciudad. Como su nombre era desconocido, Fawcett la llamó simplemente «Z». Una civilización más antigua que Egipto esperaba ser descubierta.

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«Es indudable la existencia de las antiguas ciudades», escribió Fawcett en 1924, mientras preparaba otra expedición. «Ha caído un velo entre el mundo exterior y los secretos de la antigua Sudamérica.» Aquel que descorriera ese velo haría avanzar enormemente el conocimiento del pasado. A los 57 años, Fawcett sabía que tenía la última oportunidad de ser esa persona.

Consiguió financiamiento de varias sociedades científicas y vendió por adelantado la historia de su exploración y probables descubrimientos a la North American Newspaper Alliance. A principios de 1925, Fawcett ya estaba listo para su aventura. Iría acompañado por su hijo Jack, de 21 años, y un joven amigo llamado Raleigh Rimell. Probablemente regresarían a fines del año siguiente. Pero en caso de no salir del «Infierno verde», no se enviarían grupos de rescate: si Fawcett, con su experiencia, no conseguía sobrevivir, los demás tenían pocas esperanzas de tener éxito en la misión. Por esta razón, declinó dar una ruta precisa de su itinerario.

¿Tentadoras pistas?

En 1927, el hijo menor de Fawcett, Brian, conoció a un turista francés en Lima, Perú. Cruzando el continente en automóvil, el francés se había topado con un anciano, enfermo y perturbado, en una ruta de Minas Gerais, una provincia de Brasil entre Mato Grosso y el Atlántico. El hombre dijo llamarse Fawcett. Al no haber oído del explorador perdido, el francés no prestó mayor atención al extraño.

Brian no consiguió fondos para un grupo de búsqueda y no fue sino hasta el año siguiente que la North American Newspaper Alliance envió a un grupo, comandado por George Dyott, para investigar la desaparición de Fawcett. Un jefe nativo dijo a Dyott que había visto a un hombre blanco mayor y dos jóvenes, ambos lisiados. Se dirigían al este, hacia el Atlántico. Durante cinco días se vio salir humo de su campamento, pero luego desapareció todo rastro de ellos. Dyott regresó con la idea de que Fawcett y los dos jóvenes fueron asesinados por los indios, pero la familia del coronel se negó a creerlo.

Cuatro años después, Stefan Rattin, un cazador suizo, emergió de Mato Grosso con la historia de que el coronel Fawcett era prisionero de los indios. Brian supo luego que un muchacho mestizo afirmaba ser el hijo de su hermano Jack. Todas estas pistas, incluyendo huesos falsos de Fawcett, resultaron infructuosas. La suerte de su padre, concluyó Brian tristemente, sería un misterio; «Z» quedaría sin descubrirse.

«Ya sea que consigamos salir de aquí o nuestros huesos se pudran en este lugar, una cosa es cierta -había dicho Fawcett a Brian-, la respuesta al enigma de la antigua Sudamérica, y quizá del mundo prehistórico, se hallará cuando se descubran esas antiguas ciudades y sean investigadas científicamente. Porque sé que esas ciudades existen…»

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