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Cómo sobrevivir a la muerte

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Estas tres personas estuvieron al borde de la muerte y vivieron para contarlo.

Sobreviví a la inundación de mi departamento

Era la 1:20 de la mañana del 15 de julio de 2021. Acababa de acostarme un poco borracho después de celebrar mi 31º cumpleaños. Había invitado a algunos amigos a mi departamento en un sótano, en la casa de mi hermana. Vivimos en Sinzig, justo al sur de Bonn, Alemania. La ciudad se encuentra a medio kilómetro de las orillas del río Ahr, y esa semana había estado diluviando; había advertencias de inundaciones y órdenes de evacuación para algunas de las áreas cercanas, pero no para mi zona.

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Como precaución, había colocado sacos de arena a las puertas del jardín y había apilado mis dispositivos electrónicos y mi ropa en las mesas y el sofá por si el agua lograba filtrarse. Antes de que mis amigos se fueran, se rieron de mí por hacer eso, pero pensé, ¿Por qué arriesgarme? Cuando me estaba quedando dormido, me despertó el sonido del agua corriendo, como si estuviera al lado de una cascada en lugar de en mi dormitorio. Cuando salí de la cama, me sorprendió sentir el agua fría hasta las rodillas y cómo subía rápidamente. Se debe haber roto una tubería en el baño, pensé.

Temblando y en la oscuridad, tomé el teléfono y encendí la linterna. Cuando entré en la sala, vi que no era ninguna tubería. El agua salía a borbotones —como un géiser o un lavarropas a presión— de la puerta del jardín. Debía haber roto los sacos de arena. Había sillas, estanterías y piezas de mi batería flotando por todo el cuarto de estar. Cuando el pánico comenzó a hacer acto de presencia, pude sentir cómo subía la adrenalina. El Ahr (normalmente un río tranquilo y lento en mi región) se había desbordado. Así que tenía que salir de allí — ¡rápido! Se había disipado todo el efecto del alcohol; el miedo nos pone sobrios. Oí que la puerta del jardín comenzaba a romperse, agrietándose la madera por la presión.

El sonido no se parecía a ningún otro, chirridos, silbidos y crujidos todo a la vez. Implacable. Descalzo, con el agua hasta la cintura y con los calzoncillos boxer pegados al cuerpo, empecé a vadear hacia el único punto de fuga posible: la puerta que conducía al resto de la casa. A mi alrededor todo se iba rompiendo, las lámparas estallaban; la heladera y los armarios estaban destrozados. Finalmente llegué a la puerta e intenté abrirla, pero la presión del agua era inmensa. Cada vez que intentaba abrir la puerta un poco, se cerraba de nuevo de golpe. Miré a mi alrededor buscando cualquier cosa que pudiera usar para abrirla.

En la esquina había una escoba, un perchero y una pesada espada de una feria medieval. Lo agarré todo y me las arreglé para crear un hueco de unos 30 centímetros, suficiente para poder escurrirme por él. En la oscuridad total, corrí hasta el tercer piso. Llamé como loco a la puerta de mi hermana, tratando de averiguar si estaba bien, hasta que recordé que no encontraba allí esa noche. Luego, bajé corriendo al piso principal y salí. Me quedé en la oscuridad, empapado y jadeando, observando un paisaje acuático lleno de escombros, ramas y árboles flotando. El río había inundado el barrio, y cuando el nivel de adrenalina descendió, me di cuenta de que si me hubiera despertado unos minutos más tarde, me habría ahogado.

En la actualidad, estoy viviendo en casa de mis padres en el centro de la ciudad. Estudio psicología y trabajo con niños en las escuelas, enseñando artes marciales. No teníamos seguro contra inundaciones porque la zona donde se encontraba la casa no se consideraba un área de alto riesgo, así que la estamos arreglando por nuestra cuenta y riesgo. Cuando hayamos terminado, mi viejo departamento albergará mi escuela de artes marciales.

Nunca podré volver a vivir en ese departamento porque sigo pensando, ¿qué pasa si vuelve a suceder? Tengo demasiados recuerdos traumáticos. Muchas de las casas a nuestro alrededor quedaron destruidas, incluyendo una residencia para personas discapacitadas. Fue horrible. No todos lograron salir. Al final, creo que la experiencia me convirtió en una persona agradecida y decidida a vivir cada día al máximo. Estuve a punto de morir ahogado ese día. Pero en lugar de pararme a pensar lo que pudo haber sucedido, prefiero recordar lo que mi madre me dijo después: “Christian, no lo recuerdes cómo el día en que lo perdiste todo. Recuérdalo cómo el día en que sobreviviste”.

CHRISTIAN FLEISCHMANN, 33 años.

Sobreviví al fallo de un paracaídas

El 14 de noviembre de 2021, hacía un día perfecto para practicar paracaidismo: soleado y con poco viento. Era la primera vez que iba a saltar en solitario; había realizado 14 saltos, no los suficientes para obtener la licencia. Me daba miedo, pero el miedo siempre te hace enfrentarte mejor al riesgo, ¿verdad? Eso es lo que me había arrastrado a practicar el paracaidismo. Siempre me han gustado las emociones fuertes.

Tardé unos 40 minutos en auto desde mi casa hasta el hangar cerca de Suffolk, en el estado de Virginia, Estados Unidos; esa zona tiene mucho terreno baldío y espacio aéreo. Subí al avión con un grupo de unas 15 personas para realizar un primer salto alrededor de las 13:30, y fue bonito. Para empezar, pasé por los procedimientos de seguridad con mi entrenador, un ritual que se repite en cada salto, independientemente de la experiencia que tengas.

Entre las acciones se incluye apuntar desde la puerta del avión a la zona de caída, donde aterrizarás, 4.100 metros más abajo, para poder dirigir tu salto. Luego saltamos; yo primero, luego mi entrenador. Íbamos en caída libre a unos 200 kilómetros por hora, descendiendo unos 300 metros cada cinco segundos. Era estimulante y aterrador al mismo tiempo, con el mundo abriéndose ante mí, enfocándose en cuestión de segundos, a pesar de que parecía mucho más tiempo.

Las térmicas me acompañaron durante la caída libre, y a unos 1.200 metros, desplegué mi pilotín, el pequeño paracaídas utilizado para extraer el principal. Liberado e inflado el paracaídas principal tuve alrededor de un minuto para disfrutar de la paz y la tranquilidad mientras flotaba suavemente hacia el suelo y la hierba iba enfocándose rápidamente en el campo de visión. Me sentí invencible. No mucho después, volvimos a subir para un segundo salto. El estado de ánimo en el avión era despreocupado, muchas bromas, muchas risas. Mi entrenador y yo volvimos a pasar por la misma rutina de seguridad, luego saltamos. Unos 30 segundos después, a unos 1.680 metros, nos alejamos el uno del otro porque se necesita mucho espacio vacío para desplegar el paracaídas de forma segura. Miré mi altímetro y me di cuenta de que estaba más bajo de lo que pensaba. ¡Me acercaba muy rápido al suelo! Sabía que tenía que tirar del pilotín a unos 1.200 metros, como lo había hecho la última vez, entonces, con las prisas por tirar del pilotín, no me dio tiempo a estabilizar mi posición.

Cuando tiré de él, en lugar de soltarlo en la corriente de aire para que se inflara, el pilotín se me enrolló en la pierna derecha. Y me tiraba de la pierna derecha hacia arriba como una bailarina, mientras que el paracaídas principal permanecía en la bolsa. Simplemente sácalo, me dije a mí misma con calma. Perdí unos siete segundos intentando desenredarlo sin éxito; debería haber abierto el paracaídas de reserva de inmediato. (Es un elemento de seguridad para cuando el principal no funciona.)

Mientras el suelo se enfocaba rápidamente en mi campo de visión, me preparé para estrellarme. No pensé que sería un impacto devastador, tal vez me rompa una pierna, pensé. Siempre he sido optimista. Entonces, de repente, el paracaídas de reserva se abrió. Logré ganar un poco de control, dirigiéndome hacia una zona de hierba, con la esperanza de un aterrizaje más suave. Mi alivio solo duró unos segundos. ¡Después se abrió el paracaídas principal! Los dos paracaídas comenzaron a tirar en direcciones opuestas, lo que me hizo precipitarme a toda velocidad hacia el suelo. Cuando me estrellé, sentí como si mi cuerpo estuviera en llamas. Traté de levantarme porque eso es lo que se supone que uno debe hacer si no aterriza de pie, para demostrar que uno está bien. Pero no pude. No podía mover mi cuerpo por debajo de la cintura.

Así que me quedé tumbada allí, con la cara en la hierba, los brazos extendidos a cada lado, y grité. “Por favor, ¡necesito ayuda!” Mientras pedía ayuda, recé en voz alta. “Por favor, Dios, no me dejes paralítica.” Me tumbé con la cara enterrada en la hierba, totalmente consciente, y estuve así unos cinco minutos hasta que llegaron algunas personas del club de paracaidismo. Era demasiado arriesgado moverme antes de que los paramédicos llegaran. Pero no estaba en condiciones de comprender eso y me oyeron jurar y gritar pidiendo ayuda mientras se esfumaba el shock y se intensificaba el dolor. Cuando los dos primeros paramédicos llegaron en ambulancia, media hora después, trataron de ponerme en una camilla para transportarme, pero me dolía tanto que grité. Entonces oí el helicóptero.

La tripulación de la ambulancia aérea venía equipada con ketamina para sedarme, y fui transportada a un centro de traumatología. Mis lesiones eran bastante graves: un tobillo roto, una espinilla rota y una lesión espinal que provocó una fuga del líquido raquídeo. En febrero de 2022, tres meses después del accidente, pude caminar de nuevo por primera vez. Y varios meses después, fui capaz de subir al campamento base del Everest. Ah, y pretendo volver a practicar paracaidismo. Pero aún no se lo he dicho a mis padres.

JORDAN HATMAKER, 36 años

Sobreviví a un «tornado de nieve»

Se suponía que la tormenta de nieve llegaría la noche del lunes 31 de enero de 2022. Yo estaba trabajando desde casa, pero tuve que salir esa tarde a mi oficina en la Universidad de las Primeras Naciones en Regina, en la provincia canadiense de Saskatchewan, para firmar de manera urgente un talón para un becario.

Como directora de finanzas, quería que le llegara lo antes posible, sin importarme la tormenta de nieve. Además, no estaba preocupada. Pensé que tenía tiempo de sobra para ir a la oficina y volver a casa. La ruta hasta la universidad dura unos 30 minutos, en línea recta al este a lo largo de una ruta tan plana como una crepe. Cuando llegué allí, mi colega vino a mi oficina para firmar el cheque los dos y después se marchó hasta el día siguiente. Mientras recogía mis cosas, me di cuenta de que se había dejado la funda del portátil en mi oficina. “Uf,” dijo cuando lo llamé. “Ya estoy en casa”. “Puedo llevártelo”, le aseguré. Eran las 16:30. Se suponía que la nevada no empezaría hasta más tarde, pero solo por estar segura, decidí usar las rutas rurales cerca de su casa en lugar de la ruta principal, que podría convertirse rápidamente en una pista de patinaje. Por el camino, llené el SUV de gasolina y compré dos pizzas de masa rellena porque había prometido a mis hijos, de 10 y 15 años, que se las llevaría para cenar.

Tardé unos 15 minutos en llegar a la casa de mi colega, le dejé la funda del portátil y volví a la carretera. Entonces comenzó a nevar, y la nieve caía rápido. En cuestión de minutos todo estaba blanco. La tormenta era un “tornado de nieve”, o “el gritón de Saskatchewan”, porque llega rápido y el viento es tan fuerte que grita. ¡Era aterrador! La carretera pronto pasó de ser de pavimentado a grava, así que tuve que reducir la velocidad. Bajé la ventanilla, pensando que podía seguir el borde de la ruta y mantenerme en línea recta. Pero en realidad, no tenía ni idea de dónde estaba o incluso en qué lado de la carretera estaba.

En un momento dado, me detuve porque tenía miedo de meterme en un campo cultivado, una zanja o algo peor. Dejé el auto en marcha para mantener el calor y llamé al 911. El operador me dijo que tendría que pasar toda la noche en mitad de la tormenta, porque nadie vendría a buscarme hasta la mañana siguiente, como muy pronto. Esos segundos después de la llamada fueron los peores de mi vida. Salir a caminar en mitad de la tormenta de nieve y de fuertes vientos a -10º C, cuando no sabía dónde estaba, no era una opción.

Respira, me dije a mí misma. Entrar en pánico no ayudará. ¿Cómo sería mi SUV negro en mitad de una tormenta de nieve por la noche?, ¿como una sombra? O peor aún, ¿sería invisible? ¡Y mis hijos! Era la primera vez que iban a pasar una noche sin mí en casa. Llamé y les dije lo que estaba pasando, esforzándome por sonar tranquila. No les dije que estaba aterrorizada. Que yo, que toda mi vida había sido una solucionadora de problemas, no sabía qué hacer. Eran alrededor de las 18.00 y estaba oscuro. De repente un camión pasó por mi lado, sin darse apenas cuenta de que yo estaba allí. Pasó cerca. Al principio, tuve miedo. Pero de repente pensé, ¡Mi salvación! Puse el auto en marcha y seguí al camión, desesperada, conduciendo despacio sin tener idea de dónde íbamos. Cuando de repente giró, no sabía qué hacer. “Voy a la playa”, gritó el conductor a través de la ventanilla abierta y sus palabras se perdieron en el viento.

No tenía idea de dónde estaba. Así que detuve el auto y le envié un mensaje de texto a mi colega al que acababa de devolver la funda del portátil. Bromeé acerca de la buena acción que había terminado en desastre. Pero tuvo una idea. “Pon tu ubicación en el Google Maps y envíamela”, dijo. Lo hice, y unos minutos más tarde me envió un mensaje de texto de vuelta con una captura de pantalla de la vista satelital de donde estaba. Nos dimos cuenta de que estaba en una carretera llamada Bouvier Lane, entre dos granjas. Ya eran las 18:30. Publiqué esta nueva información en mi grupo de la comunidad de Facebook, suplicando a cualquiera que conociera a alguien que viviera por allí y pudiera ayudarme a ser rescatada.

Después de eso, todo lo que podía hacer era sentarme en el auto y tratar de mantener el calor. Estaba tan contenta de haber llenado el depósito. Había hecho todo lo que podía, e independientemente de lo que pasara, me sentía tranquila por eso. Pero incluso si alguien se enteraba de dónde estaba, ¿sería capaz de llegar en medio de los remolinos de nieve y con el viento ululando? Al poco tiempo, sin embargo, la gente comenzó a escribir en mi publicación. ¡Ellos conocían a la familia que vivía allí! A las 20.00 sonó el celular. Era el hijo del agricultor propietario de la tierra junto a la carretera en la que estaba varada. ¡Me dijo que su padre venía a buscarme! Unos 45 minutos más tarde, vi una figura alta con impermeable amarillo caminar hacia mí en la oscuridad, con una linterna. ¡Dios mío, que alivio sentí al verlo! Era André Bouvier, que había caminado medio kilómetro en mitad de la ventisca para encontrarme, luchando contra el viento y la nieve a cada paso del camino, protegiéndose los ojos de la nieve punzante con la mano enguantada. “¿Puedes conducir?”, pregunté, temblorosamente, por la ventanilla del auto. “Tengo los nervios a flor de piel”. A pesar de su paso decidido, ahora que lo tenía cerca, me di cuenta de que era un hombre mayor. “No,” contestó con voz firme. “Quiero que me sigas en el coche. Todo irá bien”. Se dio la vuelta y comenzó a caminar por la nieve, seguro de dónde iba. Conduje lentamente detrás de él, agarrada al volante, sintiendo cómo mi corazón comenzaba a latir más lentamente.

Cuando llegamos a su casa unos minutos más tarde, salí del coche y rompí en llanto, todos mis miedos se convirtieron en alivio y gratitud. Mientras su esposa me agasajaba con bebidas calientes y compota de manzana, André (me enteraría más tarde que tenía 80 años) dijo que también había visto otros dos coches varados, y salió de nuevo en medio de la tormenta a buscarlos: un padre y sus dos hijos, y una pareja con su hija. Así es él, su energía y su actitud le hacen parecer mucho más joven de lo que es en realidad. La experiencia me dio una nueva perspectiva, permitiéndome abordar desafíos y sorpresas con una sensación de calma. Me recuerda que siempre debemos tender la mano y ayudar a los demás. Pero lo mejor de todo es que trajo a André a mi vida. Todavía seguimos en contacto, y sé que seremos amigos para siempre.

SHANNON ST. ONGE, 38 años

Por Lisa Fitterman

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