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La odisea de una mujer por encontrar a sus padres biológicos

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Una mujer no se detiene hasta hallar a sus padres biológicos

Una mujer no se detiene hasta hallar a sus padres biológicos y ellos, al reencontrarse, terminan volviéndose a enamorar.

Buscaba a sus padres biológicos y los reunió y en ellos resurgió el amor…

Un día de primavera de 1968, las familias Cougill y Horn se reunieron a conversar. Donna Horn, una porrista de secundaria, estaba embarazada. Joe Cougill, deportista estrella de la secundaria, era el padre del bebé. “Joe hará lo que tú quieras que haga”, dijo el padre de Joe al padre de Donna, según Joe. “Si quieres que Joe se case con Donna, se casará con ella. Si quieres que Joe guarde este secreto, Joe así lo hará. Si quieres que Donna tenga al bebé, Joe la acompañará. Si no quieres que sea parte de su vida, Joe no será parte de su vida”. Lo que el padre de Donna quería era que Joe jamás volviera a hablar con su hija. Entre lágrimas y corazones rotos, esta historia de amor de dos años llegó a un abrupto final. Joe y Donna prometieron no volver a contactarse. Por cinco décadas honraron aquella promesa. Luego un día, 51 años después, el bebé que los había separado los reunió nuevamente y ellos volvieron a enamorarse.

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Joe estaba esperando a su hijo para almorzar. Era el 29 de junio de 2019 y en el celular de Joe apareció un mensaje de texto de una mujer llamada Laura Mabry. Hola Joe, conseguí tu contacto a través de Donna. No sé cómo decirte esto, pero creo que eres mi padre biológico. No quiero nada de ti. Solo quiero conocer mi historia. “Me desplomé sobre la mesa y pensé ‘¿Qué?’”, dice Joe. “Obviamente, Donna y yo pasamos dos años juntos en secundaria. Sabíamos que había quedado embarazada”. Joe nunca supo qué había sucedido después de todo aquello, pero había pensado en el tema a lo largo de los años. ¿Donna había tenido al bebé y se había quedado con él? “Me preguntaba: ‘¿Tendré un hijo? ¿Una hija?’”, dice.

Laura tenía sus propias inquietudes. ¿Cómo eran sus padres biológicos? Había sido entregada en adopción y había crecido junto a unos padres fantásticos en la ciudad de Indianápolis, en la región oeste de los Estados Unidos. “Pero como cualquier persona adoptada, creces pensando ‘realmente no me parezco a mi familia’”, dice Laura, quien ahora vive en el estado de Arkansas. “Siempre tuve curiosidad. El tema no me perturbaba, pero siempre estaba presente en mi cabeza”.

Luego en 1995, Laura tuvo un hijo. Y en 1998, una hija. “Fue la primera vez en la vida que sentí que alguien se veía verdaderamente como yo”, comenta. “Y eso me hizo pensar, hay alguien más que se parece a mí”. Su curiosidad por conocer sus orígenes cobró más intensidad. Pero era la década del 90 y usar Internet para buscar y conectarse con otros no era tan sencillo como lo es hoy. Luego las ocupaciones de la vida se interpusieron en su búsqueda. Laura postergó la idea en su cabeza, pero nunca olvidó el asunto.

Se habían conocido en otoño, entre hojas que se desprendían de los árboles y el inicio de las clases. Joe estaba en primer año en la secundaria Franklin Central High School en Indianápolis y Donna estaba en el curso siguiente. Excepto en el ámbito de la escuela, no se veían demasiado al comienzo. Una dulce sonrisa en el pasillo, un guiño a la hora del almuerzo, un intercambio de notas después de clase. No tenían permitido salir durante la semana. Sin embargo, en sus casas, todas las noches sus padres los dejaban hablar unos diez minutos por teléfono. Joe y Donna buscaban rincones tranquilos para conversar y poder susurrarse lo que sentían sin que nadie más pudiera escucharlos. “Ella era todo para mí, y yo era todo para ella”, dice Joe.

En Franklin Central, Joe era una superestrella. Integraba los equipos de fútbol, básquet y béisbol. Era el segundo corredor más rápido en la pista. Donna iba a todos los eventos de Joe que podía. Esperaban con ansias los fines de semana. A veces les permitían estar un rato juntos alguna tarde de sábado en la casa de alguno de los dos. “Nunca discutimos. Nos llevábamos muy bien”, dice Joe. “Un claro primer amor”. Joe obtuvo su licencia de conducir en diciembre de 1967. Su madre tenía un auto familiar Chevy station wagon de 1962. “El asiento se reclinaba por completo”, dice Joe.

Donna se enteró de que estaba embarazada a principios de abril de 1968. Las familias mantuvieron aquella conversación y les dijeron a los jóvenes que la relación había llegado a su fin. Los Horn ya tenían planeado mudarse en el otoño del último año de secundaria de Donna y ahora con la noticia del embarazo, la mudanza era una explicación perfecta para su partida.

“Todos simplemente supusieron que me había mudado”, dice ella. Pero perder a Joe “fue devastador para mí”. Donna recuerda su visita al hospital Community East el 5 de noviembre de 1968 como si hubiera sido ayer. El trabajo de parto ya había comenzado y estaba destrozada. Ella no quería tener a su bebé ese día. El 5 de noviembre era el cumpleaños número 17 de Joe. Este era otro brutal recordatorio de que no estaban juntos.

Durante 30 minutos, ella cargó a su pequeña hija. “Ese recuerdo me ha acechado”, dice Donna. Joe sabía cuánto más sencillo había sido todo aquello para él, aunque realmente le resultó muy difícil superar la angustia de la separación. No quiso tener ni una sola cita ese año a pesar de la cantidad de chicas que lo buscaban. “¿Se hablaba del tema? ¿Corrían rumores? Absolutamente”, dice él. “Todos querían saber”. Joe guardó silencio. Pensaba en Donna y en lo que estaría atravesando, en la carga emocional y física que pesaba sobre ella. “Lo que ella sentía y todo lo que transitó”, afirma Joe, “fue cien veces más inmenso que lo que pasé yo”.

Finalizada la secundaria, Joe asistió a la Universidad del Estado de Indiana. En las cinco décadas que estuvieron separados, se casó y se divorció dos veces, fue docente de secundaria, trabajó como entrenador y montó una empresa de anteojos de sol. En 2019, era un hombre soltero que trabajaba en Walmart y tenía dos hijos. Luego de la secundaria, Donna trabajó en el centro financiero de una base militar del ejército de los Estados Unidos. Se casó dos veces y tuvo tres hijos; su segundo esposo falleció de cáncer en 2011. La propia Donna sobrevivió a un cáncer de mama. En 2019, ella también era soltera.

Ambos estaban bien. Ninguno de los dos sabía lo que se aproximaba. Pero en 2019, el esposo de Laura le regaló un kit de análisis genético para saber quiénes eran sus padres. Siempre la veía llorar mientras miraba programas de televisión como Long Lost Family donde distintas personas se reencontraban con sus familiares biológicos. Laura estaba sentada en la cama cuando llegaron los resultados de los análisis de la empresa 23andMe. “Tiene un tío de apellido Horn”. Lo leyó otra vez. Y una vez más.

Oh Dios, ese tiene que ser el hermano de Donna, pensó Laura. Su madre adoptiva solo le había dicho el apellido de soltera de Donna y que había nacido en el hospital Community East. “Sentía una explosión de emociones”, dice. Luego surgió también la hermana de Donna como pariente. Laura le envió una carta, pensando que podía ser ella su madre biológica. Les envió a ambos su información de contacto. Laura estaba en su oficina en la Universidad de Arkansas cuando recibió el correo electrónico.

Era Donna quien intentaba contactarla. “Yo soy tu madre biológica. Siento que te debo esto. Lo que sea que quieras saber, te lo diré”. “Yo no podía creerlo”, dice Laura. “Lo había deseado tanto todos estos años”. Donna le ofreció a Laura el nombre de su padre biológico. En otro giro del destino, Laura ya conocía a Joe, ya que su mejor amiga de la secundaria (Franklin Central, la misma escuela donde habían estudiado Donna y Joe) se había casado con el sobrino de Joe. Cuando Laura habló con Joe por teléfono, las primeras palabras que brotaron de su boca fueron: “Si te pareces al menos un poco a Donna, seguramente eres hermosa”.

A Laura le pareció muy tierno escuchar ese amor en su voz luego de todos los años que habían pasado. Laura ayudó a que Donna y Joe se pusieran en contacto. Ellos comenzaron a conversar y nunca pararon. Cuando se encontraron, sintieron como si aquellos 50 años nunca hubieran transcurrido. “Nos vimos y nos abrazamos y lloramos”, dice Joe. “Lo sabíamos. Lo sabíamos. Se entiende, ¿verdad?”. Se casaron en mayo. Reunir a sus padres biológicos no era lo que Laura pretendía cuando decidió buscarlos. Ella solo quería conocer sus orígenes. Saber si había sido fruto del amor. Y sí. La respuesta era un sí. Había nacido del amor.

Por Dana Hunsinger Benbow

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