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¿Tenía razón la abuela?

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Una revisión a la luz de la ciencia de los consejos, supersticiones y creencias de las mujeres más sabias de todo el mundo.

Mi querida abuela era una mujer llena de vigor y sabiduría. Solía levantar un dedo admonitorio ante mí y ordenarme que apagara la radio si no quería quedarme “sordo con ese ruido”.

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Y algunas mañanas, al ver un cielo rojizo a través de la ventana, emitía su pronóstico del tiempo arqueando las cejas para subrayar sus palabras: “Cuando el sol se pone rojo es que tiene lluvia en el ojo”.

Mi abuela consultaba sistemáticamente una enciclopedia no escrita que condensaba una sabiduría milenaria: una serie de “verdades consabidas” que ya traía consigo cuando emigró de Inglaterra a los Estados Unidos, en 1904.

En nuestro barrio de la Ciudad de Nueva York, donde las familias de tres generaciones eran la norma, mi abuela no estaba sola. La señora Pilz, nuestra vecina de al lado, había llegado con el mismo bagaje cultural desde Alemania, al igual que la señora Fischetti (italiana), quien vivía en la esquina, la señora Freedman (rusa), la señora Deleon (filipina) y la señora Fong (china).

Estas ancianas eran depositarias de un tesoro de consejos que debían atraer las cosas buenas y repeler las malas, entre ellas las enfermedades. Aunque en el barrio había médicos, era caro consultarlos y, según la opinión de mi abuela, ya no tenían el sentido común con el que habían nacido.

Ese conjunto de refranes, creencias y supersticiones se conoce popularmente como “cuentos de viejas”, denominación de la cual hay registro desde los tiempos de Platón, hace unos 2.400 años. Casi todas las lenguas tienen una expresión equivalente: los antiguos romanos escuchaban aniles fabulae; las mujeres árabes daban consejos con samâmî an-niswân; los franceses tienen contes de bonne femme, y los eslovenos, baberij; en yídish se les llama bubbe meises, y en inglés, old wives’ tales.

Sin embargo, en décadas recientes la televisión, la ciencia médica e Internet han descalificado esos consejos y creencias. Hoy en día, a cualquiera de ellos se lo llama “cuento de viejas”. Según el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, un cuento de viejas es una “noticia o relación que se cree falsa o fabulosa”.

Aun así, estas creencias y sus variantes perduran en todo el planeta. Una razón es que algunas de ellas (como las advertencias de mi abuela sobre la música ruidosa) son ciertas: escuchar un iPod a todo volumen, o cualquier otro sonido muy fuerte, puede dañar las sensibles células del oído interno y causar pérdida permanente de la audición. Cualquier estrella de rock lo puede confirmar.


No siempre es fácil determinar cómo surgieron los cuentos de viejas. “Sus orígenes son tan variados como los cuentos mismos, pues durante miles de años las diversas culturas han intercambiado consejos y remedios médicos”, señala Mary Chamberlain, profesora de la Universidad Oxford Brookes, en el Reino Unido.

La predicción meteorológica de mi abuela es común en todo el orbe, desde Noruega hasta China. “Cuando el sol se pone rojo es que tiene lluvia en el ojo” es uno de los refranes más antiguos que se conocen y se remonta a los tiempos bíblicos. Y es ciencia pura. Según el Servicio Oceánico y Atmosférico de los Estados Unidos, “ese viejo refrán tiene una explicación científica, relacionada con los sistemas meteorológicos de alta y baja presión y con la manera en que la luz del sol se dispersa y colorea el cielo en función de la limpieza del aire”.

Era raro el día en que mi abuela no chasqueaba su látigo de terror por lo menos una vez. “¡Si nadas después de comer te dará un calambre y te ahogarás!”, advertía. “¡No leas con poca luz o te quedarás ciego!” “¡Si sales a la calle con el pelo mojado te vas a resfriar!” Estaba equivocada, pero resultaba inofensiva.

Bueno, se equivocaba en parte. La arraigada creencia de que nadar poco después de haber comido puede provocar calambres o cólicos tiene algo de cierto. El consenso actual es que darse un chapuzón después de comer es inocuo, pero si uno va a nadar vigorosamente, debe esperar un tiempo razonable hasta hacer la digestión.

Ahora bien, leer con una luz tenue no daña la vista, pero puede dificultar la lectura y cansar los ojos.

Aunque desde hace más de un siglo los científicos han negado que exista una relación entre el pelo húmedo y los resfríos, aún es un temor muy común. Lo cierto es que los causantes de éstos son los virus, no el aire frío ni el cabello mojado. Los resfríos son más frecuentes en el invierno porque estos virus se propagan más fácilmente en interiores, donde el aire tiende a estar tibio y no circula, lo cual aumenta el riesgo de contagio. Aun así, en todo el mundo, desde Brasil hasta Tailandia, las abuelas siguen advirtiendo a los chicos que no salgan a la calle con el cabello húmedo.

¿Por qué tanta gente sigue manteniendo estas creencias? Entre otras razones, porque desde pequeños nos enseñan a confiar en lo que pregonan nuestras madres y abuelas, y en lo que aconsejaban nuestras bisabuelas.

“Mi teoría es que cuando los seres humanos se diferenciaron por el sexo y se estableció la superioridad de los hombres respecto a las mujeres, tuvo que surgir algo en lo que ellas sobresalieran”, dice Ray Browne, profesor emérito de cultura popular en la Universidad Estatal Bowling Green, en Ohio. “¿Y qué mejor que una especie de sabiduría doméstica, puesto que el conocimiento práctico había sido acaparado por los varones? De hecho, en muchos sentidos los cuentos de viejas eran superiores a la sabiduría masculina porque servían para la preservación de la vida”.

Cierta vez mi abuela me dijo: —Yo sabía que ibas a ser niño antes de que nacieras porque durante el embarazo tu mamá tenía más abultada la parte baja del vientre.

La predicción del sexo de los bebés es una costumbre muy extendida desde los tiempos del antiguo Egipto. Como ocurre con otros vaticinios de este tipo, la ventaja es que tenemos un 50 por ciento de probabilidades de acertar.

La creencia de que comer zanahorias mejora la vista data apenas del siglo XX.

Otra creencia universal, a menudo evocada por mi abuela, es que el tiempo húmedo empeora la artritis. “Si me duelen los huesos es que va a llover”, solía decir.

La explicación de esta creencia probablemente sea más mental que física. El dolor de articulaciones es una condición intermitente que puede aparecer tanto en días secos como en días lluviosos, pero las personas tienden a hacerse más conscientes del dolor cuando hay humedad, y a notarlo menos u olvidarse completamente de él cuando el tiempo es agradable.

Mi abuela creía que Tom Frohle, un hombre ciego que vivía cerca de nuestra casa, tenía un oído hipersensible. Aunque es cierto que muchas personas ciegas compensan su carencia sensorial aprendiendo a escuchar con más atención, en realidad no tienen un don auditivo especial.

“La idea de que las personas que carecen de alguna facultad son superdotadas en otros sentidos posiblemente se debe a nuestra necesidad de creer que el universo es ordenado y que, al final, todo se compensa”, explica Alfie Kohn. “Es por eso que se dice que los ciegos tienen un sentido del oído o del tacto muy desarrollado e incluso algún misterioso sexto sentido”.

Los adolescentes de países tan distantes como México y Corea del Sur han oído decir que el vello corporal crece más grueso y oscuro después de afeitarlo varias veces. Esta creencia parece surgir del hecho de que cuando los muchachos comienzan a afeitarse tienen un vello incipiente y éste se oscurece con el paso del tiempo. Entonces concluyen erróneamente que la causa de ello son las afeitadas.

Mi abuela estaba convencida de que comer zanahorias mejora la vista, lo cual es una creencia relativamente reciente. Se cree que surgió durante la Segunda Guerra Mundial: los británicos no querían que los nazis supieran que estaban usando un nuevo radar para detectar aviones enemigos, así que propagaron el rumor de que los pilotos de la Real Fuerza Aérea tenían una asombrosa visión nocturna porque comían gran cantidad de zanahorias.

El punto de vista de mi abuela era mucho más simple. Con una amplia sonrisa que acentuaba las arrugas de su rostro, decía: “A que nunca has visto a un conejo con lentes, ¿o sí?”

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