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Potentes, legales, letales

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En los Estados Unidos, algunos fármacos de venta bajo receta se han vuelto más populares entre los adolescentes que la cocaína, la heroína y las metanfetaminas.

Una juventud arruinada…

A sus 20 años, Whitney Lizotte era sin duda una de las personas más animosas que vivían en Berwick, Maine, su soñoliento pueblo natal. Esta joven vivía al máximo: era impulsiva, espontánea y generosa. Whitney había pasado la noche en casa de un amigo de la infancia en la cercana ciudad de Dover, Nueva Hampshire, jugando videojuegos con él y con otro buen amigo. Parecía estar bien, dijeron los dos jóvenes después, pero a las 11 de la mañana uno de ellos la encontró acostada sobre un colchón en el piso de un cuarto de la planta alta: estaba pálida y rígida. La sacudió para despertarla, pero ella no abrió los ojos. Una hora después, la declararon muerta.

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Los investigadores de la policía decidieron hablar con la compañera de cuarto de Whitney, Brandy Sewall, de 22 años, quien había pasado la noche en el departamento que ambas compartían en la vecina ciudad de Rochester. Brandy y Whitney se habían vuelto inseparables. Sin embargo, en camino al departamento, recibieron una llamada que les revolvió el estómago.

 —Vayan allí lo más rápido posible —les ordenó David Terlemezian, capitán de la policía de Dover.

Una pastilla de metadona, tomada con dos vasos de ginebra y agua quinada, puede resultar mortífera. “Están jugando a la ruleta rusa sin darse cuenta”.

Un familiar de Brandy acababa de encontrarla en el dormitorio, inerte en la cama; también había dejado de respirar. Al día siguiente la policía de Dover recibió otra llamada telefónica, esta vez de una casa de huéspedes cerca de allí. Habían encontrado muerto en su cama a Matty Rix, de 19 años, un extrovertido joven ex estrella de lucha en el secundario.

Pasarían varias semanas antes de que tuvieran la respuesta. No había habido ningún pacto suicida, ni drogas ilícitas contaminadas, ni ningún intruso homicida. Whitney, Brandy y Matty habían ingerido accidentalmente sobredosis de fármacos recetados: sustancias legales, de uso general y sumamente peligrosas.

“Los jóvenes creen que los fármacos de venta bajo receta son más seguros que las drogas ilícitas porque se pueden comprar en una farmacia”, señala Nancy Coffey, funcionaria de la oficina de la Agencia Antidrogas de los Estados Unidos (DEA) en Nueva Inglaterra, una de las regiones del país con más casos de abuso de fármacos de venta bajo receta. “Sin embargo, son más potentes, y por eso los jóvenes se meten en serios problemas”.

Muchísimos jóvenes. Casi uno de cada cinco adolescentes ha ingerido medicamentos de venta bajo receta para drogarse; uno de cada 10 alumnos de último año de secundario confiesa haber abusado de alguno de esos fármacos durante el último año. Y eso no es todo lo que los muchachos están dispuestos a revelar: dicen que les gusta la sensación de mareo y aturdimiento que provocan fármacos como el Vicodin (hidrocodona) cuando se consumen en exceso. “Te cura todo —afirma Jack, de una zona rural de Maine—. No sientes el dolor ni el estrés. Nada te molesta”.

Datos que alarman

Las muertes por sobredosis accidentales de medicamentos de venta bajo receta han aumentado un 500 por ciento en los Estados Unidos desde 1990, y los funcionarios señalan que los principales culpables son analgésicos opiáceos como la oxicodona, la hidrocodona y la metadona. Según datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos (CDC, por sus siglas en inglés), los analgésicos opiáceos hoy día causan más decesos por sobredosis que la heroína y la cocaína juntas. Y lo más alarmante: la tasa de muertes por sobredosis entre jóvenes de 15 a 24 años se ha disparado 300 por ciento en años recientes.

Como cabe suponer, el uso indebido de medicamentos recetados no es un problema exclusivo de los Estados Unidos. Ocurre también en Latinoamérica y otras regiones del mundo. En la Argentina, por ejemplo, según el Estudio Nacional sobre Consumo de Sustancias Psicoactivas, realizado en 2010, el 37,1 por ciento de las personas entre 18 y 34 años reconoció haber consumido estimulantes y antidepresivos sin prescripción médica; mientras que el 44,3 por ciento de las personas entre 18 y 24 años dijeron haber tomado tranquilizantes sin receta del médico.

De acuerdo con el doctor Thomas Andrew, jefe de médicos forenses de Nueva Hampshire, los jóvenes sencillamente no comprenden que incluso los medicamentos legales tienen un “factor imprevisible”. Por ejemplo, la metadona, el fármaco de venta bajo receta que cobra más vidas en ese estado, al principio actúa lentamente, y luego con toda su fuerza. Ese largo “intervalo medio” es peligroso para quien no está acostumbrado al fármaco. El experto explica: “Una persona toma 40 miligramos, que es una dosis grande, y al poco rato piensa: Esto me decepciona. Pensé que me haría sentir como nunca. Voy a tomar otros 40 miligramos. Sin embargo, cuando empiezan a surtir efecto los 80 miligramos, la persona sigue sin sentirse como quería. Lo que hacen es detenerle la respiración”.

Lo que más preocupa a la doctora Nora Volkow, directora del Instituto Nacional contra el Abuso de Drogas (NIDA, por sus siglas en inglés), es la creciente moda entre los muchachos de ingerir diversos fármacos de venta bajo receta y después beber alcohol.

En opinión de Volkow, es un error de cálculo mortal. La cantidad de un analgésico opiáceo que se requiere para producir euforia es casi la misma que puede matar a una persona. Ese margen mínimo desaparece si se agrega alcohol o tranquilizantes, como el clonazepam, el diazepam y el alprazolam, que también deprimen el centro respiratorio del cerebro. Una pastilla de metadona de 40 miligramos, tomada con dos vasos de ginebra y agua quinada, puede resultar mortífera. “Están jugando a la ruleta rusa sin darse cuenta”, advierte la doctora.

“Creo sinceramente que mi hija era como cualquier adolescente”, señala la madre de Whitney Lizotte, Tammi. “No estaba tomando un millón de pastillas”. En efecto, el médico forense le dijo que Whitney no había ingerido una dosis muy fuerte. Sin embargo, ella y su amiga Brandy combinaron metadona —fármaco que se usa para combatir adicciones y también como analgésico— con clonazepam, y se bebieron las pastillas con algunas cervezas. Según la policía, se trata de una mezcla popular entre los jóvenes que buscan drogarse rápidamente.

Matty Rix había tomado fentanilo, un analgésico opiáceo que en algunos preparados es 100 veces más potente que la heroína. Cuando se emplea correctamente, el fentanilo permite a los enfermos de cáncer soportar el dolor. Tomado en exceso, produce euforia, y luego puede paralizar el centro respiratorio del cerebro. Matty se había hecho adicto al oxicodona cuando cursaba el segundo año del secundario, después de fracturarse una mano por dar saltos en un vehículo todoterreno. Salió del hospital con un par de tornillos de acero en la mano y una receta para comprar un analgésico durante tres meses. Pronto, inconsciente del riesgo, empezó a aumentar los efectos del medicamento: trituraba las pastillas para quitarles la capa de liberación lenta e inhalar el polvo. Terminó por probar la heroína.

Es sencillo robar fármacos del baño familiar. ¿que está vacío el botiquín? No hay ningún problema. “Es mucho más fácil comprar pastillas que cerveza”, dice un chico.

Luego, tras sobrevivir de milagro a una sobredosis de heroína en enero de 2009, Matty juró que dejaría las drogas. “Estaba aterrado —cuenta su padre—, pero parecía que se había quitado un gran peso de encima”. Pero un día, deprimido porque había terminado con su novia, Matty rompió su juramento. Mientras hacía un trabajo en la cocina de un cliente junto con su padre, encontró una bolsa de farmacia encima de la heladera, la cual contenía un parche de fentanilo. Estaba impregnado con una dosis para tres días del analgésico, y era para el perro del dueño de la casa, que acababa de sufrir una operación. Nadie sabe con certeza si Matty masticó el parche o lo raspó para inhalar la sustancia, pero una vez que lo hizo, perdió en definitiva la batalla.

Parece que ahora los médicos están recetando más analgésicos de los necesarios. Muchas recetas de opiáceos se emiten para aliviar molestias que resultan de intervenciones médicas menores, señala la doctora Volkow, y la mitad de esas pastillas no se usa nunca. Incluso a niños que se están acercando a la adolescencia se les prescriben analgésicos potentes de manera habitual.

Al igual que los adultos, los muchachos se lastiman, y los opiáceos calman su dolor, pero los médicos a veces les recetan pastillas por demasiado tiempo o pierden la cuenta de cuántas les prescribieron.

Aunque no cuenten con una receta médica, a los adolescentes no les resulta difícil conseguir las pastillas. Más del 60 por ciento de ellos aseguran que es fácil sustraer analgésicos de venta bajo receta del botiquín familiar, según una encuesta reciente realizada en los Estados Unidos. En las escuelas, se pueden canjear pastillas por dinero con un apretón de manos o un intercambio de camperas. No se requiere una pipa, ni papel para cigarrillos, ni siquiera un fósforo. “Se trata sólo de una pastillita blanca”, dice Greg. “Muchos jóvenes lo hacen por la comodidad”. 

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