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Fin de semana salvaje

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Una historia real que cuenta cómo un domingo cualquiera puede transformarse en una pesadilla.

Viernes a la noche. Llego a mi casa molido después de una semana en que parecía que todas las sucursales de la empresa, de todo el país, se hubieran puesto de acuerdo para no dejarme respirar un minuto.

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—Hola querido, ¿cómo estás? —pregunta, sonriente, mi esposa.

—Fundido, destrozado, aniquilado, destruido —contesto con equilibrio.
Ella, con su sonrisa, continúa:

—Hace un rato llamó Valeria. Nos invita para ir este domingo a su quinta a comer un asado.

—Mirá… En realidad este domingo tenía ganas de no hacer nada, mirar el partido por televisión, descansar un poco, no sé, lo vemos.

—Ya le dije que sí —responde sin que la sonrisa se le mueva un milímetro.

O sea que no vemos nada, no debatimos nada. Nada de nada. Ella ya aceptó y cuando ella organiza un programa incluye a los chicos, al perro… y a mí. No tanto en mi rol de esposo y amante, sino de changarín y chofer.

Finalmente ese domingo, en lugar de quedarme en la cama hasta que los ravioles estuvieran a punto, tuve que levantarme temprano, pelearme con los chicos que el sábado se habían acostado a cualquier hora y a la mañana sólo querían que los dejaran en paz. Y, además de todo esto, buscar y preparar las cosas para el Gran Evento Familiar (GEF).

Al regresar a la ciudad, me estaría esperando allí el lunes que siempre aparece acechando en la noche del domingo.

A las once, mientras los chicos dormitaban en el asiento trasero, Manchitas movía la cola y mi esposa disfrutaba de salir para compartir con su amiga un día de sol, yo sentado frente al volante, observaba que adelante mío, atrás mío y a los costados míos había 2.750.000 coches con hijos, perros y esposas a bordo, que intentaban llegar a algún lugar con pasto en los alrededores de la ciudad, donde sobre una parrilla, un choricito los estaba esperando.

Choricito que iba a seguir esperando un rato largo, porque esa masa compacta de chatarra que quema combustible caro, no renovable y contaminante, apenas si se movía a base de pequeños espasmos.
Mientras se me acalambraban las piernas de tanto apretar pedales, no podía dejar de pensar en que si así era la ida, no quería ni imaginar como podría llegar a ser el regreso, encima con un choricito chamuscado atravesado en el estómago a causa de los nervios. Para colmo sabía que, al regresar a la ciudad, me estaría esperando allí el lunes siguiente, que siempre aparece acechando en la noche del domingo anterior.

Mientras tanto ella seguía sonriente, imaginando todo lo que iba a conversar con su amiga Valeria mientras yo, seguramente, me tendría que encargar del asado porque este segundo —o tercer— marido de Vale es nacido y criado en Finlandia, y de asados sabe tanto como yo de la cría del reno.

Es más, mientras todo se recalentaba arriba de la autopista, observaba a los demás coches, y en todos había una esposa de copiloto charlando animadamente con los chicos, o con la nona, o con el perro, mientras que a su lado había un tipo tenso, aferrado al volante, mirando al frente con mirada asesina y las mandíbulas apretadas como para empujar todos los dientes y meterlos adentro de las encías.

Me sentía hermanado con esos tipos cuyas mujeres les organizan el fin de semana en la creencia de que el mejor programa para un domingo es salir a la ruta para comer asados, sin tener en cuenta que hoy en día escaparse de una ciudad de diez millones de personas, cuando los diez millones de personas quieren hacer lo mismo, provoca mas estrés que caminar por una cornisa con los ojos vendados… y con la cornisa llena de gente.

Mientras estoy en medio del embotellamiento, me imagino a mí mismo, en la ciudad desierta, tirado en la cama, escuchando música y leyendo el diario, y créame, me dan ganas de bajar del coche y salir corriendo para la casa de mi mamá.

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