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La intimidad del Papa Juan Pablo II

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Cuatro testimonios para conocer a este Papa querido y reconocido por todos

Es difícil describir a este hombre extraordinario, que
estaba siempre dispuesto a acercarse a todos aquellos que buscaban su consejo y apoyo. Sobre su vida podrían escribirse mil libros: las dolorosas pérdidas que sufrió, como la muerte de sus padres y su hermano; la guerra; su vocación de sacerdote y el heroico servicio que ofreció a la Iglesia, marcado por años de
lucha contra la enfermedad y el sufrimiento; su asombrosa habilidad para hacer contacto con la gente, incluso con multitudes… Aquí presentamos algunos extractos del libro Juan Pablo II. Peregrino de la esperanza, publicado por Reader’s Digest. Esperamos que estos testimonios, narrados por sus
protagonistas cuando el Papa aún estaba con nosotros, sean para ustedes como un viaje al pasado, y una oportunidad de conocer mejor a uno de los personajes más influyentes de los tiempos modernos.

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Llegó a vivir con nosotros solo con lo que llevaba encima

En aquel tiempo vivíamos en la calle Felicjanek, en Cracovia, en un departamento de tres habitaciones en el tercer piso de un
edificio. En una de ellas, la más grande, se alojaban unas empleadas de oficina alemanas. Mi madre, mi hermana, mi hermano y yo ocupábamos las restantes, y Karol Wojtyla vino a vivir con nosotros tras la muerte de su padre.

Karol ya había venido a nuestra casa en la Nochebuena de
1940, a visitar a mi padre. Se mudó con nosotros alrededor de febrero de 1941, y se quedó unos 18 meses. Por la falta de espacio vivíamos muy apretujados.
Todos los días teníamos que doblar los catres, guardar la ropa de cama y luego, a la noche, sacar todo otra vez. Mi madre, mi hermana y yo dormíamos en una habitación, y mi hermano y Karol compartían la otra.

La principal tarea doméstica de la que se ocupaban Karol y
mi hermano era subir carbón del sótano al tercer piso. Ninguno de los dos pasaba mucho tiempo en casa, porque salían a trabajar a las 6 de la mañana y regresaban hacia las 6 de la tarde. Llegaban siempre muy cansados.

Karol disponía de un pequeño rincón propio, por el poco
espacio que había en el departamento y también porque casi no tenía pertenencias. Llegó a vivir con nosotros sólo con lo que llevaba encima. Era difícil tener muchas posesiones durante la ocupación alemana, y aunque Karol hubiera querido traer sus muebles, no había espacio para acomodarlos. No era una persona apegada a las cosas materiales. En cambio, nos trajo su amistad, su bondad, su alegría, y eso era más que suficiente.

Mi hermano y Karol me contaban sus problemas, aunque yo era
casi 10 años menor que ellos. Además, en un departamento tan pequeño y habitado por tantas personas, por necesidad todos éramos muy unidos.

Tanto mi hermano como Karol eran aficionados al teatro. Un año antes de la guerra, cuando ambos empezaron sus estudios, pertenecían a un grupo llamado la Cofradía Teatral. Durante el Festival de Cracovia actuaron en una obra al aire libre titulada El doncel en la luna, de Marian Nizynski, cuyos personajes eran los signos del Zodíaco. Karol interpretó a Tauro, y mi hermano,
a Acuario.

Durante la ocupación, los dos participaron en una especie de
teatro clandestino. Antes de que las empleadas alemanas se alojaran en nuestra habitación más grande, las funciones se realizaban allí, y asistían entre 20 y 30 espectadores. Pero cuando las alemanas se apropiaron de ese cuarto, ya no hubo lugar para el teatro.

Karol y mi hermano conocieron después a Mieczyslaw
Kotlarczyk, de Wadowice, y entre los tres formaron lo que más adelante sería el Teatro Rapsódico. Las funciones se hacían en otras casas y yo las disfrutaba inmensamente, aunque todavía no las entendía del todo. Esos fueron mis primeros contactos cercanos con el arte. Recuerdo bien el ambiente de clandestinidad de aquel entonces, el miedo a que aparecieran los alemanes o a que alguien nos denunciara ante las autoridades…

También me acuerdo de que en una ocasión, durante los
preparativos para una función más de teatro, llegó la policía. Por suerte, ninguno de los invitados había llegado aún, pero ya habíamos acomodado las sillas y corrido todos los otros muebles. Los agentes quisieron saber por qué la habitación estaba dispuesta de esa manera, y mi madre les dijo que estábamos
haciendo una limpieza general. Esto ocurrió antes del mediodía, cuando Karol y mi hermano se encontraban en el trabajo. Afortunadamente, la policía quedó satisfecha con esa explicación.

En aquel tiempo Karol no se distinguía por nada en especial.
Rezábamos juntos, pero en esos días de guerra había mucho por lo cual rezar, y para nadie era algo extraño. Para nosotros, Karol era simplemente un buen muchacho, agradable y trabajador. Nos mantuvimos en estrecho contacto con él después de
la guerra. Estuvo presente cuando mi madre murió. Mientras ella agonizaba, lo buscamos en el seminario. Él se encargó del servicio funerario, y también ofició la misa cuando mi hermano se casó.

Una vez nombrado Papa, me concedió una audiencia privada en
el Vaticano. Evocamos los viejos tiempos y la casa que compartimos. Karol habló con mucho afecto de nosotros en su autobiografía, Don y misterio.

Pertenecía a esa rara casta de profesores que presentan a
los jóvenes estudiantes las ideas que apenas están naciendo, y no las que ya están concluidas, guardadas en algún cajón o publicadas desde hace muchos años.
El mejor ejemplo son las ideas contenidas en Amor y responsabilidad, un libro suyo que aún estaba en ciernes. Los conceptos y el estilo de la obra fueron madurando a medida que él nos transmitía sus pensamientos. En cierta forma, las
reacciones de quienes asistíamos al seminario influyeron en su forma final, si bien esos pensamientos no eran estrictamente el tema del seminario, sino de un curso monográfico. En el seminario leíamos la Ética de Aristóteles.

Además de esto, Wojtyla realizaba actividades que oficialmente podrían considerarse como pastorales. Sencillamente, hacía amistad con quienes asistían a sus clases. Se daba tiempo para conocerlos como personas, y eso le permitía ahondar en el tema que ocupaba más profundamente sus pensamientos en aquella época: la cuestión de la madurez y la relación de amor entre dos personas.

Yo era un poco mayor que mis compañeros de clase, que eran
muy jóvenes. Todos estábamos plenamente concentrados en descubrir nuestra identidad y elegir un camino en la vida. Pero ¿qué camino y con quién? Hay algunos indicios de esto en el libro que Wojtyla escribió, y digo “indicios” porque la obra está basada en una excepcional experiencia suya como sacerdote, aunque apenas hace alusión a ella. Wojtyla aplicó el método fenomenológico, limitando la parte descriptiva, y se concentró tan sólo en registrar las conclusiones. Esta quizá sea una de las razones por las cuales no resulta fácil la lectura de Amor y responsabilidad. La clase que nos dio fue más completa,
pero lo más completo de todo fue la conversación, discutir acerca de la vida.

Los jóvenes se sienten cautivados por las personas que se
interesan profundamente por ellos y les demuestran atención y respeto. No hay muchas personas así. Tal vez algunas sientan ese respeto y se interesen sinceramente por los jóvenes, pero no saben demostrarlo de manera convincente.
Wojtyla, en cambio, sabía perfectamente cómo hacerlo.

Jamás fue como esos expertos pretenciosos que tratan con
jóvenes y que desean que se les considere uno de ellos. Siempre fue él mismo, y en todo diálogo introducía su concepción seria de la vida. Simplemente, éramos muy importantes para él, y sabía demostrarlo.

Tal vez eso obedecía a que era un hombre muy paradójico. Por
un lado, trataba a las personas con gran reserva, y por el otro, sabía expresar sus sentimientos. Todavía conserva muchos rasgos del actor que alguna vez fue, pero no es en absoluto un comediante. Karol Wojtyla es sincero. Su actuación no
debe confundirse con falta de sinceridad. Todo lo contrario: es una confirmación de su sinceridad. Frente a nosotros, sus alumnos, nunca interpretó un “papel”; siempre se mostró tal como era.

Durante las excursiones, ya fuera en las montañas o en un
río, no sentía ninguna necesidad de cambiar su imagen. Siempre era como la situación se lo exigía. En las clases se mostraba un poco más distante, más reservado, quizá porque, al fin y al cabo, debía exponernos un tema, transmitirnos algo importante. En los seminarios había mucho más diálogo. A veces me molestaba que dedicara tantas horas a hablar sobre deportes con los muchachos, pues me parecía un terrible desperdicio de tiempo. En ocasiones Wojtyla tenía que tomar el tren a Cracovia y, de nuevo, no llegábamos al final del capítulo que estábamos leyendo porque se ponía a comentar los eventos deportivos del momento. En realidad le interesaban todos los deportes, sobre todo el fútbol. Yo me limitaba a mirar el reloj, ansiosa por que terminaran la conversación. Prefería que el profesor se ocupara sólo del tema del seminario.

Esas charlas deportivas no eran del todo aburridas, pero yo
me emocionaba mucho más cuando los textos de Aristóteles nos llevaban a preguntas fundamentales sobre el ser humano. Como dije, Wojtyla sabía demostrar un compromiso profundo y evitar al mismo tiempo el patetismo. Era testigo de la existencia de un mundo interior, pero prefería enseñarnos a descubrir nuestro yo interno. No atraía la atención hacia su persona; aparte de la poesía, jamás nos habló de sus gustos y experiencias.

¿Para qué preocuparse?

Hasta el día de hoy recuerdo uno de los viajes que hice con
el arzobispo Wojtyla a Sicilia, durante un receso de las sesiones conciliares en el Vaticano. Fue a principios de noviembre, en los días de Todos los Santos
y de los Fieles Difuntos. Hice el viaje en tren junto con el obispo Pietraszka, y Wojtyla nos alcanzó en un punto del camino. Visitamos muchas ciudades, desde Palermo hasta Catania. También subimos el monte Etna en funicular. Había allí una gruesa capa de nieve, y era difícil y peligroso caminar. El tiempo pasó rápidamente, y de pronto nos dimos cuenta de que se acercaba la hora de salida de nuestro vuelo a Roma. 

Sin embargo, a Wojtyla no le preocupaban en absoluto esos
apremios. En el camino de regreso, se detuvo en las faldas del Etna, sacó su breviario y empezó a orar.

—Por favor, Su Eminencia, el avión saldrá pronto y usted
está aquí, rezando —le dijimos, impacientes.

No nos hizo caso y siguió orando en silencio. Recuerdo haber
pensado: Vamos a perder el avión. Esta vez el arzobispo lo va a lamentar.

Efectivamente, llegamos al aeropuerto con 15 minutos de
retraso. Pero resultó que el avión nos estaba esperando. El arzobispo de Catania sabía que Wojtyla iba a tomar ese vuelo, y de alguna manera se las arregló para conseguir que la tripulación retrasara un poco la salida. Entonces Wojtyla se acercó a nosotros y con una enorme sonrisa nos dijo:

—¿Ya vieron? Todo está bien. ¿Para qué preocuparse?

Wojtyla estuvo presente en todas las sesiones conciliares en
el Vaticano. Fue uno de los pocos que no se perdieron ninguna. En aquel tiempo, el padre Jurek Chmiel, de Cracovia, y yo lo ayudábamos con algunas tareas: mecanografiábamos sus textos, arreglábamos diversos asuntos, comprábamos las cosas que le hacían falta y concertábamos visitas. 

Muchas veces tuvimos oportunidad de asistir a reuniones en
restaurantes con visitantes, especialmente del exterior. Wojtyla solía invitar a ellas a sus alumnos. Para nosotros era algo extraordinario porque no teníamos dinero y jamás hubiéramos podido darnos ese lujo. Él tampoco tenía dinero, pero siempre encontraba algún “mecenas”, como el padre Deskur o alguien que viniera de Occidente.

Durante las últimas sesiones conciliares, Wojtyla participó
en las juntas de varias comisiones, y a veces llegaba muy tarde a casa.
Recuerdo que una noche, cuando regresó, las monjas ya habían cerrado la cocina, así que fue a mi habitación y me preguntó si tenía algo que pudiera comer.

Nunca fue exigente ni quisquilloso con los alimentos. Comía
todo lo que le daban. Y en los restaurantes a los que íbamos de vez en cuando hacía lo mismo: ni siquiera revisaba el menú. Más bien nosotros teníamos que elegir los platos para él. 

En Roma, todo el mundo empezó a hablar del arzobispo Wojtyla
cuando participó en la Comisión XIII del Concilio Vaticano. Se ocupó de redactar los capítulos de la Constitución pastoral referentes al papel de la Iglesia en el mundo actual. Desafortunadamente, no pude quedarme en Roma hasta el final del Concilio. Dos meses antes, a finales de septiembre de 1965, el arzobispo Wojtyla me llamó a su despacho. Resultó que necesitaban un profesor de Derecho en Cracovia.

—Por desgracia, tengo que enviarte allí —me dijo—, pero, a
cambio, haré algo por ti. Sólo dime qué.

Le pedí que me permitiera estar en Roma cuando le otorgaran
el capelo, el sombrero rojo de los cardenales, y así sucedió. En 1967, cuando se dio la noticia de su nombramiento, nos encontrábamos en casa de un tío mío, párroco de una iglesia. Fue él quien le recordó a Wojtyla la promesa que me había hecho.

—Claro que la recuerdo —respondió—, y con toda seguridad
Tadeusz irá a recoger ese capelo.

Y, en efecto, cumplió su palabra.

Cuando me pongo a recordar esos tiempos, me doy cuenta de
que Juan Pablo II es el mismo Karol Wojtyla, el mismo hombre con quien conviví muchos años atrás. Tuve la inmensa fortuna de haber conocido a un hombre así en mi vida. Él siempre ha sido una persona accesible para todos; no hacía falta pedir una audiencia para poder acercarse a él. Si no hubiera sido por su dignidad de Papa y por las exigencias del protocolo diplomático, estoy seguro de que siempre habría sido así, como antes.

Otra cualidad que lo distingue es que nunca negó la relación
con sus conocidos del pasado, aunque la situación actual de alguna de esas personas le resultara incómoda, ya fuera porque hubiese perdido el camino en la vida o estuviera metida en problemas de alguna forma. Para él, lo más importante siempre ha sido el ser humano…

El Papa en un jeep

Cuando Juan Pablo II empezó sus enseñanzas religiosas —sus
catequesis, que posteriormente se publicaron en un libro—, alguien le preguntó si no podrían resultar demasiado difíciles de entender para el común de la gente. El Papa respondió: “Sí, me doy cuenta de ello, y precisamente por esa razón me muevo entre las multitudes a bordo de un jeep”.

Al principio de su pontificado, la gente se sorprendió al
ver que Juan Pablo II recorría la Plaza de San Pedro en un jeep. Era un suceso inusitado en el Vaticano: un Santo Padre en medio de la muchedumbre, un Papa al que cualquiera de los presentes podía mirar a los ojos, apretarle la mano…

Pero, ¿qué relación había entre el jeep y el complicado
lenguaje de las catequesis papales? Juan Pablo II lo explicó así: “Desplazarse en jeep es un acontecimiento mediático, y por ello cumple una función: que toda persona que lo recuerde se tomará tiempo después para leer los textos de mis catequesis”. 

La repentina e insólita aparición del Papa en los medios
informativos no fue resultado del trabajo de un grupo de asesores expertos. Es un don natural. Su asombrosa habilidad para dirigirse a una multitud de oyentes sin duda proviene de sus primeras experiencias pastorales y de su actividad teatral en su juventud. Cuando actuaba en el Teatro Rapsódico, que era de formas y medios de expresión sencillos, aprendió a servirse de las palabras.
Fue justamente en ese teatro de Cracovia, dirigido por Mieczyslaw Kotlarczyk en los años de la ocupación alemana, donde el futuro Papa adquirió un profundo respeto por la forma y el contenido de los mensajes en la comunicación.

Aunque muchas personas piensan que cada presentación del
Papa en un foro muy concurrido de alguna manera es una actuación, eso no es cierto. Como acompañante del Santo Padre en todas las peregrinaciones que hizo en Polonia, puedo decir con toda certeza que nunca consideramos usar trucos mediáticos.

Durante una de esas peregrinaciones, el Papa se hizo una
cortadura accidental en la frente, y los periodistas se preguntaron si los organizadores le habían pegado una tirita adhesiva en la herida al Santo Padre para aumentar el interés por la peregrinación, ya que, según ellos, se estaba volviendo aburrida. Les aseguro que jamás recurrimos a esas tretas. 

Al cumplirse 10 años del pontificado de Juan Pablo II, varios investigadores de los medios informativos de la Facultad de Cultura y Comunicación de la Universidad de Toronto se hicieron una pregunta: “¿Por qué el Papa es un personaje tan mediático?” 

En un informe posterior, ellos mismos respondieron:“Juan
Pablo II es un personaje mediático, lo que significa que se vende bien en los medios, porque tiene un excelente sentido del tiempo y del espacio. Incluso en un lugar tan grande como la Plaza de San Pedro, sabe moverse como si estuviera en un escenario de teatro y, gracias a ese comportamiento, sabe aprovechar el tiempo, aunque tenga que hablar muchas horas”.

A pesar de esta habilidad, Juan Pablo II no se comporta como
un actor común y corriente; no interpreta un papel ensayado. Para quienes lo escuchan y lo ven, no es un actor, sino un testigo de la realidad humana y divina, que está allí para compartir sus experiencias con ellos.

Juan Pablo II comprende la necesidad de que la Iglesia
funcione de otra manera en esta época de los medios de comunicación. Está muy consciente de que, si no transmite la verdad, no conmoverá los corazones humanos. Ha hecho suyas las palabras del papa Paulo VI, quien en su Evangelii nuntiandi escribió que la Iglesia sería culpable ante Dios si no aprovechara las nuevas y excelentes herramientas de la comunicación para sus fines evangélicos. 

Por esa razón alienta a la Iglesia a cooperar con los medios
y participar en eventos masivos, como el encuentro que tuvo con los jóvenes en Roma durante el Gran Jubileo del año 2000, que fue organizado para verse por televisión en muchos países. Juan Pablo II les concede un gran valor a los medios de comunicación como una vía para la evangelización, pero nunca sobrevalora su poder. No cree que la Iglesia pueda conquistar al mundo ejerciendo una fuerte influencia en los medios. En su mensaje evangélico, lo que importa ante todo es su experiencia personal y directa de la fe. Lo más importante es el contacto con los fieles. Desea llegar a todas partes y encontrarse cara a cara con la gente. Entiende que el mundo que presentan los medios al final crea una ilusión de autenticidad y aleja al hombre de la experiencia verdadera. Esto podría resultar desastroso para un mensaje evangélico que se fundamenta en la experiencia personal.

Los medios, a pesar de todo, no pueden reemplazar el
encuentro del hombre con el hombre, con la naturaleza, y tampoco ser intermediarios en el encuentro del hombre con Dios, pues el único mediador puede ser otro hombre, especialmente cuando ese hombre es el Papa.

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