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Febrero de 1946: Reina de dos siglos y varios mundos

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La reina Isabel II es ya una figura de la cultura popular en todo el planeta. Aunque había buenas expectativas, nadie esperaba que llegara a tal pedestal cuando era una princesa.

Con sus nueve décadas de vida y casi siete llevando una corona (y pañuelos tan sobrios como elegantes) sobre su cabeza, la monarca británica ha sido testigo del fin de un imperio, el suyo; la descolonización del mundo; el derrumbe de la Unión Soviética; el surgimiento, gloria y caída del pop britpop; una nueva era de oro de la literatura anglo-global; la tragedia de su nuera Diana de Gales; el acoso de los tabloides sensacionalistas y, ahora, del Cambio Climático. Seguramente, nada de eso estaba dentro de sus perspectivas de princesa adolescente durante la Segunda Guerra Mundial.

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En la siguiente nota de William W. White, que publicamos en febrero de 1946, proveniente de la revista Life, se advierte, en su escritura misma, como ha cambiado la sensibilidad y mirada hacia la monarca más conocida del planeta.

La futura Isabel de Inglaterra

La princesa Isabel Alejandra María Winsor, llamada a ser algún día Isabel II, por la gracia de Dios, del reino unido de la Gran Bretaña e Irlanda, y de los dominios británicos de allende el mar; defensora de la Fe y emperatriz de la India, y a regir, como tal, 489 millones de súbditos, ha sido recientemente testigo de repentino cambio político en la propia sede de la corona. Hasta donde se sabe, cuando la princesa se enteró de que había caído sobre su grande amigo Winston Churchill un alud de votos izquierdistas, limitó sus comentarios a esta sola exclamación: “!Qué lástima!”

No significa esto que la importancia del acontecimiento pasara inadvertida para la princesa, cuya educación la ha acostumbrado a reflexionar mucho y a decir poco.

A los 19 años de edad, la princesa Isabel ha sido ya cuidadosamente puesta al tanto de lo que son los deberes, las prerrogativas, y, en particular, las restricciones que van con la realeza.

(…) Como heredera presunta de la corona (dejaría de serlo si el monarca reinante tuviese un hijo varón), no le corresponde a la princesa Isabel intervenir oficialmente en los negocios del Estado. Y al entrar a reinar, su función más importante consistiría en ser símbolo viviente de la continuidad de las instituciones.

(…) Un venerable político inglés decía, no hace mucho, de la princesa: “Posee inteligencia, carácter y simpatía. Será una buena reina; acaso una reina notable”. Las cualidades que adornan a la presunta heredera del trono justifican esta predicción. Y ora merezca pasar a la historia con el calificativo de buena, ora con el de notable, la futura Isabel de Inglaterra será seguramente una reina gallarda. Es de estatura aventajada (1 m. 69 cm.). Ha heredado de sus ascendientes hannoverianos, la figura hermosa, la tez sonrosada, la dentadura blanca y saludable, la constitución robusta. Es lástima que las fotografía no puedan hacerle justicia a la princesa, uno de cuyos mayores atractivos es el color del cutis. Su porte real les recuerda a los cortesanos viejos al de su abuela, la reina María.

(…) Hace un año largo, cuando cumplió la edad en que las jóvenes inglesas ingresaban, durante la guerra, en los servicios auxiliares de las fuerzas armadas, el rey, previa detenida consulta con sus consejeros, mandó que se eximiese a la princesa Isabel de ese servicio, por cuanto importaba más el bien del reino que continuase ocupada en completar su educación de futura soberana. Pero, según se colige, la futura soberana pensó de modo distinto; porque, a los pocos días, se anunciaba en palacio que el rey “se había dignado a nombrar a su alteza real la princesa Isabel subteniente honorario del cuerpo auxiliar de transportes”

Aprobó la princesa el curso de choferes en dos días menos del tiempo prescrito, después de haber asistido puntualmente a las clases, tanto teóricas como prácticas, sin excusar, en estas últimas, desmontar y montar motores que le dejaban las cuidadas manos llenas de grasa. La última práctica del curso consistía, por lo general, en que la alumna condujese a Londres un automóvil militar. En el caso de Isabel se acordó que no lo hiciera, por ser demasiado grande el riesgo de accidente a que, con ello, se expondría la presunta heredera del trono. Pero, mientras el gobierno dictaba las órdenes del caso, y para cuando, comunicadas por el conducto regular, llegaban a quienes debían darles cumplimiento, hacía ya rato que la princesa iba camino de Londres, conduciendo un automóvil militar camuflado. En él llegó al palacio, después de darse dos vueltas completas por Picadilly Circus en la hora de más concurrencia, pues deseaba verse “en la mayor aglomeración posible”.

Cuando la princesa emprende algo, pone en ello los cinco sentidos. Durante el tiempo que asistía al curso de choferes, el tema obligado de conversación, al reunirse la familia real a la hora de comida, fue las bujías de encendido, el rendimiento de los motores, y cosas por el estilo. Por lo común, lo que hace el gasto de la conversación son los caballo, en cuanto depende de Isabel, que se promete tener, dentro de un año más o menos, su propia cuadra de caballos de carrera y competir con los del rey en el hipódromo.

(…) La princesa habla con soltura el francés. En cuanto a los que a fines del siglo pasado se consideraban adornos de la educación de una joven, toca el piano y canta agradablemente. Además –mujer del siglo en que vivimos– es aficionada a la natación, el automovilismo, la música norteamericana, la equitación y el tiro al blanco.

Aún recuerdan muchos en Inglaterra la graciosa ocurrencia de la princesita Isabel la vez que, siendo muy niña, le preguntaron qué le gustaría ser cuando fuese grande, y ella respondió

inmediatamente: “¡Caballo!” Si entre las ambiciones que sucedieron a esa peregrina ambición infantil se contaba la de llevar la existencia rodeada de precauciones, y un tanto vacía, de los reyes de la actualidad, es cosa que puede remitirse a duda. En todo caso, ser reina, tarde otemprano, se ha convertido hoy, para ella, en una obligación. Y siendo así, lo que ambiciona ahora es ser una buena reina. Si, como la otra Isabel de Inglaterra, llega a interpretar y enaltecer el espíritu de su pueblo, acaso ocupe en la historia lugar tan señalado como ella. Isabel I de Inglaterra echó, con su enérgica voluntad, los cimientos del actual Imperio Británico; a la futura Isabel II podrá tocarle valerse de medios más suaves para mantener la unidad de ese imperio.

(Isabel fue coronada reina en 1953 y, si bien el imperio británico se disolvió con rapidez ya desde antes de su ascenso al trono, se ha convertido en la jefa de estado que más tiempo ha ocupado su cargo en todo el mundo, en la totalidad de la historia conocida. Además, tras 68 años de reinado y a los 94 de edad, es la monarca que ha gobernado en el período de paz y prosperidad más extenso del Reino Unido y de Inglaterra. Ha sido víctima de dos atentados fallidos. Es la persona con la fortuna personal más grande de su reino, unos US$ 16.000 millones. Ha sido retratada y fotografiada por grandes artistas del siglo XX como Lucian Freud, Damien Hirst y Annie Leibovitz. Por si fuera poco, su juventud es el objeto de la popular serie The Crown. Aunque burocracia imperial han desaparecido, sigue siendo la cabeza de la Commonwealth, Reina de Jamaica y Reina de Australia, entre otros varios otros títulos. Y, por supuesto, su pasión siguen siendo los caballos).

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