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Tratamientos contra la demencia que SÍ funcionan

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Tras décadas de decepciones, por fin han llegado nuevos tratamientos y pruebas.

Hace ocho años, el neurólogo Dan Gibbs estaba sentado en una sala con dos docenas de médicos e investigadores. Se disponía a examinar escáneres cerebrales, no los de un paciente, sino los suyos. Responderían definitivamente a una pregunta que llevaba años haciéndose: ¿qué le pasaba?

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Todo empezó cuando tenía 55 años y trabajaba como neurólogo en Portland, Oregon, Estados Unidos. Se dio cuenta de que no podía oler ciertas cosas, como las flores. Luego empezó a olfatear cosas que no existían, como pan horneado, perfume o cítricos. Casualmente, obtuvo una pista sobre la posible razón, después de hacerse una prueba de ADN en casa para saber más sobre su árbol genealógico. Los resultados mostraron que tenía dos copias de un gen, APOE4, que aumenta el riesgo de Alzheimer. Se quedó estupefacto: nunca imaginó que pudiera contraer la enfermedad.

En aquel momento, no tenía síntomas de memoria, pero en los años siguientes, notó problemas leves, como olvidar los nombres de sus compañeros y tener dificultades para memorizar el número de teléfono de su nueva oficina. Esto, junto con su experiencia como investigador, lo llevó a participar en un estudio de la Universidad de California en San Francisco, centrado en el diagnóstico del Alzheimer. Y ahora tenía los resultados. Los investigadores sacaron las fotos y le mostraron placas de beta-amiloide en distintas partes del cerebro, incluido el córtex prefrontal y el área olfativa, que controla el olfato. Era un signo de Alzheimer en fase inicial. Así y todo, Gibbs estaba contento: “Cuando me enseñaron los escáneres, fue un alivio tener un diagnóstico claro”, dice.

¿Qué es la demencia?

Demencia es un término genérico que engloba varios síntomas que contribuyen al deterioro de la memoria, el pensamiento, el razonamiento y las capacidades sociales. Es progresiva y algunas personas necesitarán cuidados las 24 horas del día al final de sus vidas.

Unas 55 millones de personas en todo el mundo la sufren. Aunque solo la padece el uno por ciento de las personas de 65 a 69 años, el riesgo de diagnóstico se duplica cada cinco años entre los 65 y los 84 años. Una de cada cuatro personas mayores de 85 años vive con demencia.

Pero los avances de este año en el tratamiento y las pruebas han dado nuevas esperanzas a investigadores como el doctor Don Weaver, director del Instituto de Investigación Krembil de la Red Universitaria de Salud de Toronto. “Hay espacio para el optimismo”, afirma. “La investigación avanza a un ritmo más rápido que nunca”. Existen nuevos tratamientos y se están preparando pruebas revolucionarias.

La enfermedad de Alzheimer representa entre el 60 y el 70 por ciento de los casos de demencia. Aunque aún no se conoce del todo su causa, los investigadores se han centrado en el mal funcionamiento de dos proteínas cerebrales.

Las primeras, las proteínas beta-amiloides, forman parte normal del sistema nervioso central y normalmente son eliminadas del cerebro. Sin embargo, en un cerebro con Alzheimer, estas proteínas no son bien eliminadas. Se aglutinan entre las neuronas, creando depósitos denominados placas amiloides, que alteran el funcionamiento celular.

Las del segundo tipo, las proteínas tau, se encuentran en el interior de las neuronas. En las personas con Alzheimer, estas proteínas, que ayudan al transporte de nutrientes por todo el cerebro, se acumulan y quedan “enredadas” dentro de la neurona. La acumulación de estos dos tipos de proteínas afecta la capacidad de comunicación de las células cerebrales. Con el tiempo, matan las células, impactando la capacidad de la persona para pensar y recordar.

Otros tipos de demencia son la demencia con cuerpos de Lewy, en la que se acumulan en el cerebro unos depósitos de proteínas que dañan el pensamiento, la memoria y el movimiento; la demencia vascular, que puede producirse tras un derrame cerebral o un daño en los vasos sanguíneos que reduce el flujo de sangre y oxígeno al cerebro, y la demencia frontotemporal, cuando los lóbulos frontal y temporal del cerebro se encogen. Esta última puede ocurrirles a personas de tan solo 40 años; en 2023, el actor Bruce Willis fue diagnosticado a los 67 años.

Nuevos fármacos contra el Alzheimer

Durante décadas, el tratamiento contra la demencia ha parecido inactivo. Dos clases de fármacos que se introdujeron hace tres décadas mejoran los síntomas: los inhibidores de la colinesterasa aumentan la acetilcolina, una sustancia química que el cerebro necesita para el estado de alerta, la memoria y el juicio; y la memantina regula el glutamato, un mensajero químico necesario para el aprendizaje y la memoria. Pero ninguno de los dos limita el avance de la enfermedad. También existe el Aducanumab, un fármaco lanzado hace dos años, capaz de reducir la acumulación de placas amiloides en los pacientes de Alzheimer, pero no se ha demostrado que ralentice el deterioro cognitivo.

Ahora, por fin, años de investigación están dando nuevos frutos, y estamos a punto de lograr avances importantes en el tratamiento y la prevención.

“Los nuevos fármacos son muy buenos; logros sorprendentes”, afirma Gill Livingston, catedrática de psiquiatría de personas mayores del University College de Londres, en el Reino Unido, y directora del comité permanente de la publicación Lancet sobre prevención, intervención y atención de la demencia. Añade, sin embargo, que aún es pronto y que quedan grandes obstáculos por superar.

En enero de este año se aprobó en los Estados Unidos el primer fármaco que frena el avance del Alzheimer, en lugar de solo limitarse a tratar los síntomas. En los ensayos clínicos, las personas con Alzheimer que tomaron lecanemab durante 18 meses mostraron una tasa de deterioro de la memoria y la cognición un 27 por ciento menor que las que tomaron un placebo. Pero no está claro en qué se traduce este deterioro en el mundo real.

Como explica el doctor Roger Wong, profesor clínico de medicina geriátrica de la Universidad de Columbia Británica, “necesitamos saber qué significa esto para una persona que vive con demencia. Buscamos una mejora de la funcionalidad”.

Además, el nuevo fármaco, que se administra por vía intravenosa, tiene sus inconvenientes. Es costoso y puede tener efectos secundarios graves, como hemorragias cerebrales.

Un segundo fármaco, el donanemab, aún no aprobado por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés), también se ha mostrado prometedor en ensayos clínicos. Ralentiza en un tercio el deterioro cognitivo provocado por el Alzheimer. Pero también puede tener efectos secundarios.

“Aún no hemos llegado a ese punto”, afirma Livingston. “Pero es fantástico que empecemos a estar ahí”.

Grandes avances en prevención

En los últimos años, nuestros conocimientos sobre la prevención de la demencia han aumentado espectacularmente y muchos de los problemas que la causan son ahora realmente tratables. “Por fin hemos averiguado cuáles son los factores de riesgo y les estamos prestando atención”, afirma Weaver.

Según un informe de la revista Lancet de 2020 dirigido por Livingston, el 40 por ciento de los casos de demencia podrían evitarse. El factor número uno era la pérdida auditiva, que puede afectar la capacidad de conversar con los demás y llevar al aislamiento. “Esto nos sorprendió mucho”, dice Livingston. “Y es un riesgo reversible, porque se puede cambiar simplemente usando aparatos auditivos”.

Pasar tiempo socializando era otro factor importante. “Hablar con otras personas estimula el cerebro y lo pone en funcionamiento porque uno tiene que participar, tiene que pensar”, explica Livingston.

Hacer 150 minutos de ejercicio a la semana puede mantener el corazón en buena forma, lo que se traduce en un cerebro más sano. Tener un trabajo estimulante también ayuda, al igual que recibir más educación a una edad más temprana: aumenta lo que se conoce como reserva cognitiva, de modo que si incluso sufre una pérdida de capacidad cognitiva, le queda algo de sobra. También es importante tratar la depresión.

Y también hay cosas que se deben evitar: fumar y la contaminación atmosférica aumentan el riesgo. Además, ahora se sabe que las lesiones cerebrales traumáticas también incrementan el riesgo, al igual que el consumo excesivo de alcohol, la hipertensión, la diabetes y la obesidad. “Ahora sabemos que para muchas personas la demencia no es inevitable”, afirma Livingston.

Pruebas para un diagnóstico más preciso

Tan importantes como los nuevos medicamentos son los avances en el diagnóstico. Según Gil Rabinovici, catedrático de neurología y radiología y director del centro de investigación de la enfermedad de Alzheimer de la Universidad de California en San Francisco, se espera que antes de finales de 2023 estén a disposición del público varios análisis de sangre para detectar el Alzheimer, que se han utilizado ampliamente en ensayos clínicos.

“Creo que los análisis de sangre y los nuevos tratamientos que están por llegar van a transformar de verdad la forma en que ejercemos y cuidamos a las personas con pérdida de memoria”, afirma Rabinovici.

Hoy, los médicos diagnostican el Alzheimer por una combinación de medios que incluyen la revisión de los síntomas y los antecedentes médicos familiares, exámenes físicos e imágenes cerebrales. Los médicos también administran pruebas cognitivas, como pedir a las personas que recuerden una lista de palabras, dibujen un reloj o nombren tantos animales como puedan.

Lo que falta en esta evaluación son pruebas biológicas directas y concluyentes de Alzheimer, lo que significa que el diagnóstico depende en gran medida de la experiencia del médico, dice Rabinovici. Weaver está de acuerdo. “No es como la artritis reumatoide, para la que se puede hacer un análisis de sangre, o la neumonía, para la que se puede tomar una radiografía y decir: ‘Sí, la tiene’”.

Eso es importante, porque según un estudio de 2012 a personas con demencia leve a moderada, se descubrió a través de la autopsia que alrededor del 30 por ciento de quienes estaban diagnosticados clínicamente con Alzheimer en realidad no tenían la enfermedad. En el caso de las personas con deterioro cognitivo leve, que es más difícil de diagnosticar, la precisión sería aún menor, dice Rabinovici.

En algunos casos, eso significaría que, en lugar de padecer Alzheimer, las personas podrían tener demencia vascular o con cuerpos de Lewy. Sin embargo, para otros, sus síntomas están causados por algo reversible, por ejemplo, trastornos del sueño como apnea del sueño, trastornos del estado de ánimo como depresión, o cambios hormonales. Los medicamentos, incluidos los utilizados para tratar el insomnio, la incontinencia y las alergias, pueden impactar negativamente la función cognitiva, especialmente en los adultos mayores.

Con la aparición de nuevos fármacos contra el Alzheimer, es aún más importante que los médicos dispongan del diagnóstico correcto antes de recetarlos. Un diagnóstico preciso permite a las personas tomar decisiones cruciales, como dejar el trabajo o trasladarse a una residencia asistida, y a sus familias planificar el apoyo a los cuidadores.

Michelle Mielke, jefa del departamento de epidemiología y prevención de la Facultad de Medicina de la Universidad Wake Forest de Winston-Salem, Carolina del Norte, afirma que un diagnóstico más precoz y preciso, que puede proporcionar un análisis de sangre, podría transformar la asistencia sanitaria en el futuro.

Las placas comienzan a desarrollarse en el cerebro unos 20 años antes de que aparezcan los síntomas, explica, y no todas las personas con placas desarrollarán deterioro cognitivo. Según ella, dentro de unos años, “igual que controlamos el colesterol de la gente porque sabemos que es un factor de riesgo de infarto y derrame cerebral, podríamos controlar las proteínas cerebrales amiloide y tau de personas de cierta edad. Y si son elevadas, podríamos probar un plan de tratamiento con medicamentos que retrasen o impidan que esa persona llegue a desarrollar síntomas”.

Más enfoque en los cuidadores

Cuidar de un familiar con demencia puede ser estresante y, durante mucho tiempo, se han pasado por alto las necesidades de los cuidadores. Ahora se conocen mejor sus dificultades, gracias a los resultados de una investigación. Una revisión publicada en Dialogues in Clinical Neuroscience en 2022 descubrió que, en los países desarrollados, hasta el 85 por ciento de los cuidadores desarrollaban depresión y hasta el 45 por ciento ansiedad.

La buena noticia, sin embargo, es que el apoyo comunitario está creciendo. Entre las iniciativas se incluyen los “cafés de la memoria”, donde los cuidadores pueden ir con su ser querido con demencia a tomar un café, compartir actividades, encontrar comunidad y simplemente sentirse normales durante un rato. Hay más de 1.200 cafés de la memoria en todo el mundo. (Su organización local de Alzheimer puede ayudarte a encontrar uno cerca de suyo).

Otros lugares públicos, como los museos, también se están sumando a la iniciativa y organizan “días de amigos de la demencia” para ofrecer un entorno de apoyo a las personas con problemas cognitivos y a sus cuidadores. Y las organizaciones de Alzheimer de muchos países tienen programas de apoyo a las comunidades amigas de la demencia.

Por ejemplo, en el Reino Unido cientos de comunidades ofrecen ahora entrenamiento en demencia al personal municipal, ponen señales a la altura de los ojos y marcan las puertas de cristal para que sean más visibles. En una ciudad, Aberfeldy, Escocia, los cines promocionan películas aptas para personas con demencia.

El organismo rector del fútbol ha respaldado la nueva guía de para personas con demencia que asistan a clubes y recintos deportivos; así Wembley, en Londres, se convertirá en el primer estadio nacional amigo de las personas con demencia del Reino Unido. El objetivo es mejorar la experiencia de los días de partido para las personas con demencia, ya que los recintos deportivos pueden resultarles desorientadores y abrumadores.

Paula Spencer Scott, autora del libro Surviving Alzheimer’s, sabe de primera mano lo duro que es cuidar a un enfermo. Ella se hizo cargo de su suegro, que padecía demencia. “Las emociones más intensas que he experimentado han sido las de ser cuidadora que vive con el paciente”, dice. Como mecanismo de supervivencia, ella y su marido solían decirse: “No es él, es la demencia”.

“Intelectualmente, uno lo sabe”, cuenta. “Pero emocionalmente puede sentirse muy frustrado y casi enojado con la persona, y luego uno se siente culpable”.

Aunque no es una solución total, hoy en día se está impulsando que el trabajo de los cuidadores reciba apoyo económico. En los Estados Unidos, por ejemplo, muchos estados financian ahora el pago a hijos, nietos e incluso amigos cuidadores, y cada vez son más los que permiten pagar también a los cónyuges. En otros países desarrollados también ofrecen ayudas económicas, en forma de subsidios o desgravaciones fiscales para los cuidadores.

Los programas de apoyo a los cuidadores son eficaces para prevenir algunos de estos problemas, pero a las personas que cuidan de tiempo completo puede resultarles difícil acceder a ellos. Cada vez se ofrecen más información y grupos de apoyo online, para que quienes cuidan sin descanso puedan conectarse desde casa a la hora que más les convenga.

“Para los cuidadores ha sido un gran avance que cada vez se preste más atención a su salud emocional y mental”, dice Scott. “En los últimos 10 o 15 años ha habido una enorme corriente de apoyo”.

Esto también ayuda a reducir el estigma sobre las personas con demencia, dice Gibbs. “Soy muy franco a la hora de hablar a la gente de mi Alzheimer. Hace un par de semanas, mi mujer y yo fuimos a nuestra quincuagésima reunión universitaria y hablé de ello con mis compañeros. A veces creo que dudamos demasiado a la hora de hablar con las personas con demencia”.

Más claridad sobre las causas de la demencia

Weaver opina que en las dos últimas décadas se ha prestado una atención miope a las placas amiloides. “Los nuevos fármacos demuestran que el amiloide desempeña un papel, pero es solo una parte de un gran panorama”.

Su laboratorio investiga otro factor: la inflamación del cerebro. “Pienso en el Alzheimer como una enfermedad autoinmune del cerebro, en la que el sistema inmunitario se activa por múltiples factores, como la contaminación atmosférica, la depresión o las infecciones”, explica. “Ahora tenemos un sistema inmunitario activado en una misión de búsqueda y destrucción en el cerebro. Se pasea por el interior del cráneo y, ups, busca y destruye algunas neuronas, lo que provoca inflamación”.

Otros investigadores también están buscando en distintas direcciones, dice: mal funcionamiento de las mitocondrias del cerebro, que producen energía para las células; distorsión de los lípidos del cerebro, o daños en las membranas celulares enfermas, que pueden matar la célula.

Entre los tratamientos que se están probando para otras posibles causas de demencia figuran la terapia con células madre y la estimulación magnética transcraneal.

Weaver siempre recordará uno de sus primeros encuentros con un paciente con demencia, un veterano militar. “El pobre hombre estaba tan confuso que se escondía debajo de la cama del hospital”, recuerda Weaver. “Revivía sus experiencias de guerra. Me arrodillé y lo miré a los ojos. Me rompió el corazón. Pensé: ‘Tenemos que hacer algo por esta gente’”. Tras las frustrantes décadas transcurridas desde entonces dando la noticia a miles de pacientes de que padecen demencia, está más decidido que nunca a poder decirles por fin: “Tengo algo que puede ayudarle”.

Por Vanessa Milne

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