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Juan Carr, optimista al extremo

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La Red Solidaria, un pilar para los tiempos que vienen: une a quien necesita con quien puede ayudar.

¿Cómo y cuándo surgió la Red Solidaria?

Hace 13 años, Juan Carr creó junto con su mujer y tres amigos la Red Solidaria, una estructura simple que genera magia cada vez que se lo propone: une a quien necesita con quien puede ayudar. Así de efectiva.

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La respuesta los conmovió. La Red Solidaria había pedido solamente ocho personas que donaran sangre para salvar a Martín Herrera, de 11 años. En poco tiempo unas 140 personas respondieron al llamado. Emocionados, los voluntarios de la Red se sorprendieron por la gran convocatoria que habían tenido.

El mecanismo era simple: se enteraban de alguien que necesitaba ayuda, entonces la pedían a través de los medios de comunicación, y la respuesta no tardaba en llegar. Incluso, lo de Martín no era una donación de sangre habitual: los dadores debían recibir un corticoide que estimulara la producción de una variedad de glóbulos blancos y luego someterse a la extracción. Aquel lunes de marzo de 2006, el sector Hemoterapia del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez se llenó de personas que, sin conocer a Martín, estuvieron dispuestas a ayudarlo.

La historia de Felipe Bernava es emocionante. Cuando todavía estaba en la panza de su madre Mariana, los médicos le diagnosticaron una insuficiencia cardíaca. Había que operarlo apenas naciera en los Estados Unidos, el único lugar donde se podía realizar la intervención, de otro modo fallecería. No quedaba mucho tiempo y había que reunir los 100.000 pesos que costaba la operación. Por aquella época —septiembre de 2001—, la Argentina atravesaba acaso la peor crisis de su historia. La Red Solidaria lanzó un pedido para que 100.000 argentinos aportaran un peso y así la familia Bernava reuniera el dinero que Felipe necesitaba para ser intervenido. En dos semanas, el pedido se hizo realidad. En menos de una semana, se juntaron 70.000 pesos (lo restante en la segunda). Felipe fue operado con éxito y la ayuda de miles de personas anónimas salvó su vida.

Juan Carr siempre quiso ser lo que es. Quizá de una manera más anónima o como partícipe silencioso de un movimiento solidario liderado por otros, pero le tocó otra suerte y no se queja. Hace tiempo que este veterinario, de 46 años, se convirtió en la cara visible de una enorme cantidad de argentinos que intentan mejorar las cosas y no reniega de su responsabilidad.

En febrero de 1995, con tres amigos y su esposa, creó la Red Solidaria, un mecanismo que sirve de puente entre una necesidad concreta y miles de manos dispuestas a ayudar: es decir alguien necesita un colchón, la red lo pide y luego conecta a quien puede donar ese colchón. Así se empezó, pero hoy todo se hace a gran escala. La red no tiene estatuto y tampoco cuenta con dinero.

En la actualidad, Carr es un indiscutido referente social. Su mayor capital es la credibilidad y una agenda de papel llena de teléfonos útiles: desde el comedor más perdido en el mapa, hasta el celular del empresario más poderoso.

Cualquiera que lo ve pensaría que el hombre está acostumbrado a lidiar con el dolor ajeno y, sin embargo, se acerca con profundo respeto al que sufre. “El dolor es un gran maestro”, dice.

Una entrevista que se realizó en nuestra publicación

Casado con María Alemán, Carr es padre de cinco hijos: María, Francisco, Martín, Ana y Josefina. Votado por los lectores, fue elegido como el Emprendedor Social más confiable en la cuarta encuesta anual de Marcas Confiables (también se eligen personalidades destacadas), realizada por Reader’s Digest Argentina.

P: Hace un tiempo, cuando estalló la crisis, usted hablaba mucho de la “revolución solidaria”, hoy menciona la “cultura solidaria”. ¿Qué lo hizo cambiar de idea?

R: Es parte de lo mismo. Creo, con toda franqueza, que la revolución solidaria es la única revolución constructiva, edificante, que se hace sin sangre. Es muy difícil de entender como revolución porque las revoluciones siempre son violentas. En cambio, a esta siempre la definimos como a una revolución cultural y, a pesar de mi propia ansiedad, sabíamos que iba a llevar tiempo. Yo creo que son palabras ligadas: revolución hace más ruido y posiblemente la miseria que dejó la crisis de 2001 provoque eso, pero es igual y el objetivo, que era la cultura de la solidaridad, es el mismo. Me parece que son momentos, pero la Argentina es muy emocional y es mejor que sea emocional a que sea indiferente. Aunque nos falta todavía dar ese paso que era de una emoción a algo más permanente, sin interrupciones, una emoción sostenida en el tiempo, un compromiso por la comunidad del prójimo. Eso es la cultura solidaria.

P: Si eso no ocurrió en los momentos difíciles, ¿cree que puede ocurrir ahora cuando la necesidad pareciera estar más oculta y ese estímulo por cambiar las cosas es mucho menor?

R: Empañado por el optimismo permanente, me parece que la solidaridad adquirió un prestigio cada vez mayor en los últimos cinco, diez, quince años. En todo lo cultural la palabra solidaridad remite a algo transformador. Es un fenómeno bueno en sí mismo, positivo. Confieso que estamos esperando que el proceso se acelere…

Mi sueño es terminar con el hambre en el mundo, o al menos en la Argentina. Estamos cerca del hambre cero.

P: Da la impresión de que llegamos a una meseta… ¿Qué opina?

R: Me parece que sí, que es así. Creo que los sectores medios argentinos, en parte por nuestro propio egoísmo, volvimos a nuestras cosas. En parte también es razonable que la gente vuelva a sus cosas porque quiere vivir en paz. Tal vez me preocupa y me pueda enojar que otros temas no tan ligados al hambre estén detenidos, como la diabetes, la ley celíaca, la violencia doméstica, los accidentes del tránsito. Me parece que el hambre era importante en la crisis y todo el mundo reaccionó, pero ahora hay motivos para seguir reaccionando y en este momento hay una reacción moderada a baja. Sí, hay millones de argentinos que todos los días hacen lo que tienen que hacer de manera honesta, y eso me impresiona mucho. Pero no alcanza.

P: ¿Cómo se hace para inyectar ahora, que todo está más sereno, la urgencia que lleve al compromiso?

R: La fórmula no ha cambiado: es proponerle a todos que salgan de sí, que levanten la mirada, que miren al otro. No pareciera que hay nuevas fórmulas… Y una vez que uno levantó la mirada, tiene que ver con la comunica- ción, con los medios, con la pedagogía. Salimos de una revolución muy sensible pero muchísimas escuelas y universidades toman la solidaridad como tema central. Me parece que estamos en una meseta para lo que ahora es el movimiento solidario, pero aún hay un crecimiento moderado. Muchos líderes de mediana edad tuvieron una participación circunstancial y volvieron a sus cosas; quizá no entendieron que para evitar otra catástrofe hay que comprometerse en la política, en lo público, en la empresa.

P: ¿Qué quedó como positivo y negativo después de esa explosión solidaria?

R: Lo bueno es que la gente volvió a sus cosas y quiere vivir en paz. Lo malo es que el sector medio o medio alto cuando vio la pobreza se asustó, ahora se olvidó un poco de la comunidad. Hay un poco de tedio si se quiere, pero soy muy ansioso. De todas maneras, existe la participación sobre todo cuando pasa algo. Aunque me gustaría que la solidaridad explote sin la necesidad de una catástrofe ni social ni natural, que es lo que tratamos de provocar todos los años.

Hay muchas personas que estaban en su mundo y ahora hacen algo por la escuela de su barrio, por el club, por la plaza. Hubo un salto, pero son aislados todavía. Falta el gran acuerdo argentino: terminemos con el hambre y la desnutrición infantil, y apostemos a tener en 15 años un número de universitarios inédito. Esto no es más que una decisión que no hacemos como pueblo. Se hace en lo micro pero ¿cómo se puede juntar a estos grupos de ciudadanos?

P: Usted tiene un sueño por el que trabaja cada día: terminar con el hambre en el mundo, o al menos en la Argentina. ¿Cree que el principal problema de la región es el hambre?

R: El hambre, la educación, la inclusión social, la fragmentación. América Latina y la Argentina están súper fragmentadas, y eso posterga la inclusión, el combate contra la pobreza y la posibilidad de educar. Podemos agregarle el medioambiente y el calenta- miento global pero todos los temas se desprenden de esto. Estamos cerca del Hambre Cero, son dos millones de indigentes. Parecen un montón pero hay comida para ellos y somos 40 millones. Dos millones con hambre no parecieran tantos. Falta un plus pero estamos ahí nomás.

Otros temas son más complejos. Bajar a cero las muertes por accidentes del tránsito va a llevar diez o quince años. Van a pasar algunas generaciones hasta que se erradique la violencia doméstica.

P: ¿Es más fácil comprometer a los futuros líderes o “convertir” a los que existen?

R: Un líder mayor de 55 o 60 años tiene un montón de experiencia que necesitamos pero el 90 por ciento no tiene interés en producir un cambio. No es peyorativo, es así, no lo tiene. Algunos porque están en un lugar cómodo y otros porque quedaron fuera del sistema.

El alcance de la red

Empezaron cinco. Hoy son una multitud. La Red Solidaria recibe un promedio de 100 llamadas diarias, y esa cifra se triplica en emergencias. En sus comienzos, la mayoría eran pedidos, pero en la actualidad el 60% de la gente se comunica para ofrecer tiempo, ropa, medicamentos. Actualmente, la red cuenta con 24 “sucursales”, una en cada provincia que replica el modelo tradicional.

P: ¿Pensaron que cuando se formó la red iba a llegar a tener tanta repercusión?

R: El tema de la dimensión nacional de la red lo hablábamos en las primeras entrevistas. Y en lo global también. A veces sueño que, en pocos años, podríamos estar asistiendo a las víctimas de cualquier catástrofe que ocurra en el mundo.

P: ¿Cómo hacen para estar en esos dos escenarios?

R: En el gran escenario no lo estamos para nada. La tecnología hace su parte pero más tiene que ver con el compromiso: se descubre un modelo que funciona y uno quiere compartirlo. Igualmente, poco a poco la red fue desembarcando en otras latitudes. En Boston, el matrimonio Bernava creó una red solidaria; en Barcelona, un grupo de argentinos también lo hizo; en Japón, llegó la red por un japonés que estudió asuntos latinoamericanos en la Argentina, copió el modelo y lo exportó; en Uruguay porque insistimos mucho en el diálogo a causa del problema de las papeleras; hasta en Timor Oriental con una chica que se fue a vivir allá.

P: ¿Qué se puede hacer desde aquí por ellos?

R: Muchísimo. En Talca, Chile, un señor necesitaba un medicamento difícil de encontrar, hasta que localizamos una dosis en Brasil. Pasó por Argentina y le salvó la vida. Luego, la hija de ese señor fundó una red en su ciudad. Me parece que ése es el punto de partida de la aldea global. Cuando ocurre una tragedia en cualquier lugar del mundo, muchos te llaman para decirte ‘no sé qué hacer pero acá estoy’, y eso sirve.

P: ¿Cuál es la herramienta para llegar a eso?

R: La comunicación.

P: La Red Solidaria acaba de fundar la productora VNTV (Voz de los que No Tienen Voz) en la que los artistas jóvenes del grupo van a producir videos para subirlos luego a Internet. ¿Cree que esas situaciones se resuelven con verlas?

R: Cada tres días matan a una mujer en la Argentina, cada tres horas un argentino se quita la vida, cada cuatro días
una persona muere esperando un trasplante que no llega, en el país hay 760.000 personas mayores de 80 años y se supone que la mitad está sola… La característica común de todas estas cosas es su invisibilidad y que se les dé audio, gráfica o televisión cambia todo. Es la marginación de la pobreza asociada a la marginación de la mirada. El debate que viene pasa por darle visibilidad a los marginados. Así como hay una publicidad enorme de una gaseosa en la autopista o la foto del candidato político, también podría ser la mamá de un hijo que espera un trasplante. Así como la gente vota a ese candidato o compra esa bebida, también se involucra con ese chico.

El dolor, un maestro

Cuando tenía 25 años, Juan tuvo que atravesar una situación terrible: el cáncer irrumpió en su vida. No lo menciona seguido y pocos saben del asunto. Esa situación límite lo hizo más respetuoso del dolor, más respetuoso de todos los dolores.

Usted habla siempre del gran maestro que es el dolor y está todo el tiempo cara a cara con el dolor. ¿Cómo hacer para que alguien se vea movilizado sin vivir el dolor en carne propia?

Yo tengo un rechazo natural al dolor. No quiero sufrir yo ni que sufra nadie. Desgraciadamente, el dolor es una escuela increíble, un crisol donde maduran un montón de valores, de proyectos, pero no se lo deseo a nadie. La única manera que conozco de sensibilizar a alguien fuera del dolor es con la comunicación y la pedagogía. Pero después la libertad del hombre es reaccionar o no.
De todos modos me impresiona mucho porque no hay una sola vida que no esté atravesada en algún momento por uno o más dolores. Reuniéndonos, en comunidad, el dolor disminuye siempre pero algunos no terminan de reaccionar. Muchas veces alguien no colabora, no participa hasta que le pasa algo y ahí hace un escándalo porque nadie lo escucha… Me encantaría que todo el mundo reaccione antes de tener que sufrir. Sería interesante hacer una estadística y ver cuánto dolor se hubiera evitado si hubiéramos tenido un sentido más comunitario pero no sé si lo sabremos.

P: ¿Cómo influyó haber sufrido una enfermedad como el cáncer?

R: En ese momento, ya venía pensando en esto… y me confirmó que tenía que hacer todo lo que venía pensando. No cambió mi vida.

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