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Ataque de tiburón en la playa: cuando fallan las alertas

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Ataque de tiburòn

Un espantoso ataque de tiburón casi se cobra la vida de una nadadora… 90 minutos más tarde, vuelve a suceder.

Por Rick Jervis, tomado de USA Today

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Un diáfano cielo azul se extendía sobre la Playa Watersound de Florida, un área privada situada en la zona conocida como el “Mango” solo accesible para una comunidad cercana. Era el 7 de junio de 2024 y había allí muchas personas tomando sol o descansando bajo carpas playeras. Los dos bancos de arena ubicados a 30 y 60 metros de la costa estaban repletos de barrenadores y bañistas.

Entre ellos estaba Elisabeth Foley, de Virginia, de vacaciones con su esposo Ryan Foley y sus tres hijos, Dominick (13), Lyla (15) y Laurel (17), quienes chapoteaban felices en las aguas poco profundas del primer banco. Keith Harrison, neuropatólogo de Alabama, también estaba en el primer banco de arena con sus dos hijos de nueve y doce años barrenando olas pequeñas.

Un tiburón que altera la calma

Era el final de un viaje familiar de una semana y durante los primeros días el agua había estado algo turbia. Pero ese viernes se veía cristalina y planeaban disfrutarla. Luego se escucharon los alaridos. Harrison primero pensó que los gritos eran de los niños que jugaban a su alrededor. Pero al darse vuelta y ver la conmoción, sus ojos divisaron una cortina de sangre que se extendía en el agua.

Dejó a sus hijos con su esposa y corrió hacia allí. Cuando llegó, vio a Elisabeth Foley emergiendo del agua. Le faltaba la mano y la mitad del antebrazo izquierdo. La carne de sus nalgas colgaba como flecos y brotaba sangre de su pelvis. Sus tres hijos lloraban alrededor de la mujer. Su esposo la cargaba en sus brazos. Una figura borrosa merodeaba justo detrás de ellos en el agua y permanecía extrañamente quieta entre las olas teñidas de rojo. Un tiburón toro.

Harrison levantó a Elisabeth de los brazos de su esposo y la llevó hacia la costa mientras Ryan sacaba a sus hijos del agua. Harrison sujetó la arteria braquial izquierda de Elisabeth, el vaso que lleva sangre al brazo, y una única palabra atravesó su mente: espanto.

Rylee Smith, Bailey Massa y Abby Juedemann habían pasado toda la mañana en la Playa Watersound. Las tres, más una cuarta amiga, habían manejado toda la noche desde Columbia, Missouri, para pasar un fin de semana de chicas. Todas tenían alrededor de 20 años y se habían hecho amigas por sus trabajos en medicina: Smith era paramédica; Massa era enfermera de emergencias y Juedemann era enfermera para un médico especialista.

Bajo su carpa playera, conversaban sobre lo maravilloso del azul del cielo y del agua. Los gritos interrumpieron su calma de viernes. Smith miró hacia el agua y vio cómo se volvía roja. Ataque de tiburón, pensó instantáneamente. Sus instintos de paramédica se activaron y se levantó de la reposera de un salto. “¿Están listas?”, gritó Smith a sus amigas. “¿Para qué?”, preguntó una de ellas.

Smith se sacó el sombrero, buscó una toalla y corrió hacia la orilla. Sus amigas corrieron detrás de ella. Dos hombres salieron del agua y se acercaron a la arena. Elisabeth estaba en sus brazos y estaba muriendo.

El tiburón toro, la especie más amenazante

Ataque de tiburòn

Según afirman los expertos, de todos los tiburones que nadan por el Golfo, los tiburones toro se encuentran entre las criaturas más temibles. Se trata de depredadores de gran tamaño (pueden alcanzar hasta tres metros de longitud), con hocico corto y ancho del cual deriva su nombre. Su mandíbula superior está repleta de enormes dientes triangulares y serrados, que utilizan para tirar y rasgar la carne de animales más grandes.

Como depredadores alfa, se alimentan de peces más pequeños y también de presas más grandes, como delfines, manatíes y otros tiburones. Cuando esta criatura sujeta a su víctima, destroza su cabeza y arranca pedazos, de manera similar a un pit bull terrier, según expertos del Instituto de Investigación sobre Tiburones (sharks.org).

A diferencia de los tiburones punta negra, que comen peces más pequeños enteros y probablemente dejarían tan solo pequeñas heridas punzantes en humanos, el tiburón toro posee una mordida mucho más fuerte, explica Dean Grubbs, subdirector de investigaciones del Laboratorio Marino y Costero de la Universidad Estatal de Florida.

“Si el episodio provoca la pérdida de una extremidad o fallecimiento, generalmente se trata de un ataque de tiburón toro”, afirma el experto. Estos depredadores exhiben un comportamiento agresivo, casi territorial, que no se suele observar en otros tiburones. Grubbs agrega que él mismo ha perseguido a estos tiburones en su bote y las criaturas se han volteado y atacado el bote.

Gritos de fondo tras un ataque de tiburón

Ataque de tiburón en la playa: cuando fallan las alertas

Harrison y Ryan llevaron a Elisabeth a la orilla y la recostaron sobre la arena. Smith se arrodilló al costado derecho de Elisabeth y presionó una toalla sobre su área pélvica destrozada. Luego Smith cerró las manos y con los puños empujó con toda su fuerza sobre la grieta que había ahora donde la pierna derecha de Elisabeth se unía a la cintura, apoyándose sobre la arteria femoral cortada para tratar de contener la hemorragia.

Massa llamó al 911 e informó detalles de las lesiones. Para ese entonces, un hombre que se identificó como miembro del cuerpo de operaciones especiales de la Marina estadounidense SEAL, se había unido al grupo y aplicaba presión en la otra arteria femoral, mientras la cuñada de Harrison, Amy Jones, envolvía lo que quedaba del brazo izquierdo de Elisabeth con una toalla.

Juedemann intentaba mantener despierta a Elisabeth. Ryan estaba arrodillado a su lado; rezaba junto a ella y le decía cuánto la amaba. Harrison continuó presionando la arteria braquial del brazo para intentar controlar el sangrado. Trató de aplicar un torniquete a la altura de la axila, primero con una toalla mojada, luego con una banda sujetadora de anteojos de sol. Nada funcionaba. Continuó presionando la arteria contra el hueso húmero en la parte superior del brazo. La hemorragia se desaceleró, pero la toalla se empapó de sangre.

Todos a su alrededor, entre ellos los hijos de Elisabeth, gritaban horrorizados. Las llamadas saturaron el call center de emergencias del condado. Un fragmento del registro de llamadas captura el caos de la escena:

13:21:26: ATAQUE DE TIBURÓN

13:22:07: GRITOS DE FONDO

13:23:07: MANO CORTADA

13:23:13: TODOS GRITAN

13:29:01: ESTÁ PERDIENDO SANGRE MUY RÁPIDO

Alyssa Huffman estaba sumergida hasta la cintura junto a su hermana y su sobrino de 14 años cuando escucharon los gritos. Huffman, quien había entrenado como guardavidas, corrió hacia la orilla y quedó pasmada por lo pálida que se veía Elisabeth. Prácticamente todo el color de su piel se había desvanecido y sus labios estaban blancos. Aún se mantenía consciente, pero estaba perdiendo muchísima sangre y se encontraba cerca de entrar en shock.

Huffman se acomodó cerca de ella y sostuvo la cabeza de Elizabeth. Le preguntó si quería rezar. Elisabeth asintió. Cada vez que advertía que Elisabeth dormitaba, Huffman frotaba un poco de arena sobre su mejilla para mantenerla despierta.

“Tus hijos están aquí observando”, le dijo. “Necesito que recuerdes cómo fueron los últimos cinco minutos de tus partos, recuerda lo mal que te sentías. Esta es tu maratón. Esto durará unos momentos. Lo único que puedes hacer para mostrarles a tus hijos lo fuerte que eres es respirar”.

Huffman guio a Elisabeth en una serie de ejercicios de respiración: inhalar por cuatro segundos, exhalar por cuatro segundos. En forma lenta, continua. A las 13:34, trece minutos después de la llamada inicial al 911, llegaron dos médicos de emergencias en una camioneta pickup blanca del departamento de bomberos de South Walton. Bajaron del vehículo una camilla flexible y con ayuda de los profesionales médicos que ya estaban en el lugar subieron a Elisabeth.

Luego, mientras algunos mantenían la presión en las arterias femorales, otros levantaban a Elisabeth y la recostaban en la caja de la camioneta. Condujeron unos 90 metros hasta la pasarela, luego la sacaron de la camioneta y la trasladaron a pie en la camilla unos 400 metros por las escaleras de ascenso y descenso de la pasarela, lo más rápido posible cargando a una mujer adulta a punto de morir. En una de las entradas de la pasarela, incautaron un carro de golf para transportar a Elisabeth hasta la ambulancia que esperaba en el acceso.

Llevaron a Elisabeth a una estación de bomberos cercana y luego la trasladaron por aire a Destin, Florida. Tiempo total transcurrido desde la primera llamada hasta el aterrizaje del helicóptero de evacuación médica: 39 minutos. Para quienes habían estado intentando salvar la vida de Elisabeth Foley, aquello se sintió como una eternidad.

Sin doble bandera roja, alerta de tiburones

El departamento de bomberos de South Walton supervisa 15 torres de guardavidas utilizadas para monitorear sus 42 kilómetros de playas. Allí se emplea un sistema de alerta con distintos colores de banderas que se ubican en diferentes puntos de acceso a las playas para advertir a las visitas sobre cualquier peligro que pudiera existir en el Golfo.

Bandera violeta significa “especies marinas peligrosas” y generalmente se refiere a la presencia de grandes cantidades de medusas o rayas de aguijón. Bandera amarilla representa “peligro medio” por corrientes moderadas, el riesgo más bajo del condado. Una única bandera roja significa “peligro alto” por oleaje elevado fuerte en cuyo caso se ordena a los bañistas que se mantengan cerca de la costa. Y doble bandera roja significa que el acceso al agua se encuentra cerrado al público.

Durante la mayor parte del 7 de junio, habían flameado banderas amarillas que reflejaban la calma del oleaje en el Golfo y buenas condiciones climáticas, y banderas violetas, que indicaban posible presencia de medusas o rayas de aguijón en el agua. A las 13:38, según los informes, las autoridades acordaron “mantener cerrada el área” alrededor de la Playa Watersound. Eso signifi caba que, si bien algunas playas estaban cerradas por el ataque de tiburón, en gran parte de la costa de South Walton, aún fl ameaban banderas amarillas.

Segundo ataque de tiburón

Ataque de tiburón en la playa: cuando fallan las alertas
Abby Juedemann, Rylee Smith y  Bailey Massa

Seis kilómetros y medio en dirección este del punto donde los rescatistas corrían para ayudar a Elisabeth, Delanie Quinnelly Richardson llegaba junto con su grupo hasta las escaleras de la pasarela en la Playa Seacrest para disfrutar de aquel resplandeciente día de playa y celebrar la despedida de soltera de quien se convertiría en su cuñada.

Habían arribado la noche anterior junto con otras nueve mujeres para festejar la inminente boda de Kylie Kulinski, la prometida de su hermano. Habían planeado un fin de semana repleto de actividades que incluían una escapada a la isla cercana Crab Island, una cena en la playa al atardecer y una piyamada con juegos de mesa.

El 7 de junio, llegaron a la playa alrededor de las 13:00. Richardson y el resto del grupo llevaban trajes de baño azules y la futura novia, traje de baño blanco. Richardson (23), enfermera de maternidad en Mobile, Alabama, ya había pasado vacaciones en aquella área de playas cuando era pequeña y explicó al grupo el significado de las banderas amarillas y violetas que flameaban sobre la pasarela.

Amarillo significa olas relativamente tranquilas, dijo, y violeta significa presencia de especies marinas peligrosas. “¿Como un tiburón?”, preguntó una de las mujeres. Richardson se rio. Más bien medusas, respondió. Tal vez una raya. “Nunca vi un tiburón aquí”, les dijo.

Alrededor de las 13:20, una camioneta pickup blanca del departamento de bomberos de South Walton pasó a toda velocidad y con luces parpadeantes en dirección oeste por la playa hacia Watersound. Del otro lado de la pasarela, repentinamente Richardson escuchó sonido de sirenas. Quizá un infarto o alguien que quedó atrapado en la corriente, pensó. Pasaron las siguientes horas nadando en las aguas claras de la playa, con olas hasta la cintura y tomando sol.

No muy lejos de donde se bañaban Richardson y su grupo, Lulu Gribbin (15), su hermana gemela, Ellie Gribbin, y sus amigas disfrutaban de las olas. Las hermanas, una amiga de la familia, McCray Faust (17), y otras amigas habían viajado unos días antes a la Playa Seacrest desde Mountain Brook, Alabama, para disfrutar de un viaje al mar de madres e hijas.

Justo antes de las 15:00, Lulu, Ellie y McCray entraron al agua a buscar erizos de mar; las olas les llegaban a la altura de los muslos. De repente, una sombra se movió en el agua. “¡Tiburón!”, gritó una de las niñas. Ellie y otros que estaban cerca corrieron a la arena. Detrás de ella, Lulu les decía: “¡Mantengan la calma!”. Luego, los gritos perforaron el aire. McCray resultó mordida en la pierna y en el pie, pero logró llegar a la orilla solo con heridas menores.

Al llegar a la orilla, Ellie se dio vuelta y vio sangre extenderse en el agua. En medio de la enorme nube roja estaba su hermana, gritando desesperada. Stephen Beene estaba en el agua y escuchó los gritos. Se abrió paso hasta Lulu y la alejó del tiburón de un tirón. Mientras otros ayudaban a llevarla a la orilla, Lulu estaba boca abajo, con los brazos extendidos como volando sobre las olas. La mitad de su brazo izquierdo había desaparecido.

Los peores pronósticos tras un ataque de tiburón

Delanie Richardson, sumergida hasta el pecho en las aguas del Golfo y no muy lejos de donde estaban Lulu y sus amigas, también escuchó los gritos. Muchos salían corriendo del agua en pánico, otros gritaban o lloraban. Ella logró llegar a la costa y comenzó a gritar indicaciones a la multitud. La cantidad de sangre en el agua, que se había extendido hasta cubrir un espacio del tamaño de una pileta, le decía que los próximos minutos serían cruciales.

“¡Necesito camisas! ¡Necesito toallas!”, gritaba Richardson. “¡Necesito cualquier cosa que pueda atar alrededor de esta joven!”. Todos comenzaron a buscar remeras, toallas y sogas de tablas de barrenar siguiendo sus instrucciones. Cuando Lulu finalmente llegó a la arena, Richardson pudo ver de dónde brotaba la mayor parte de la sangre: Lulu había perdido todo el muslo derecho. Se podía ver su fémur brillar bajo la luz del sol y salía sangre a borbotones de una arteria femoral cortada.

Oh, Dios mío, pensó Richardson. Se desangrará. A unos metros, Mohammad Ali radiólogo de Jackson, Mississippi, y su amigo Ryan Forbess, médico de Orange Beach, Alabama, estaban sumergidos hasta la cintura ayudando a sus hijos pequeños a barrenar olas con sus tablas cuando estallaron los alaridos. Los dos médicos sacaron a sus hijos del agua y corrieron a la orilla donde estaban llevando a Lulu.

El doctor Ali, una enorme figura de 1,90 metros de altura y unos 125 kilos, se arrodilló al lado de Lulu y dejó caer su peso sobre la arteria femoral para cerrarla. Un hombre le alcanzó una soga y él la ató con fuerza alrededor de la parte superior de la pierna de Lulu mientras se inclinaba hacia atrás en la arena y usaba todo su peso para apretar la arteria.

Forbess controlaba el pulso de Lulu y escuchaba sus latidos, listo para iniciar RCP y compresiones en el pecho si su corazón fallaba. El rostro de Lulu se veía de tonos ceniza y sus labios blancos; estaba a punto de perder el conocimiento. “Quédate con nosotros”, le decía Forbess. “La ayuda está en camino”.

Mientras los médicos atendían a Lulu, Richardson se acercó a un hombre y le quitó el cordón de su traje de baño. Se arrodilló al lado de Lulu y colocó el cordón alrededor de la parte superior de su brazo izquierdo; lo ajustó con fuerza. Lulu abrió enormemente sus ojos al sentir el dolor.

Ellie, su hermana gemela, también estaba arrodillada a su lado. Tomó su mano derecha y le dijo que lo estaba haciendo muy bien y que todo pronto pasaría. Luego llegó su madre, Ann Blair Gribbin, que estaba en otro punto de la playa. Al ver la pierna de Lulu gritó desesperada. Varias personas tuvieron que ayudar a correrla a un costado y contenerla.

A medida que Lulu perdía la consciencia, Richardson intentaba mantenerla despierta. “Cariño”, le preguntó, “¿cómo te llamas?”. La niña susurró: “Lulu”.

Playa cerrada por tiburones

Apenas pasadas las 15:00, una camioneta blanca del departamento de bomberos de South Walton regresó a la arena. Los paramédicos le pidieron a Richardson que soltara las toallas y correas que había colocado alrededor del brazo de Lulu para que pudieran aplicar torniquetes adecuados en brazo y pierna.

Por primera vez desde que Lulu había emergido del agua, Richardson soltó su brazo. Luego la trasladaron hasta la ambulancia. Richardson tomó aire, se alejó hasta las dunas y vomitó por toda la tensión contenida. Unos minutos después, se ofreció a dar una declaración al alguacil.

Mientras caminaban hacia su camioneta, el oficial mencionó el primer ataque de tiburón que había ocurrido menos de dos horas antes. Un intenso escalofrío recorrió la espalda de Richardson seguido por un brote de ira. Levantó la mirada y vio las banderas: aún flameaban amarillas y violetas.

La decisión de colocar doble bandera roja en los 42 kilómetros de playas de South Walton se tomó a las 14:57, 96 minutos después de los reportes iniciales del primer ataque de tiburón. En reportes posteriores, los funcionarios señalaron que habían seguido los protocolos de seguridad correspondientes.

Alrededor de las 16:00, Richardson y sus amigas juntaron sus pertenencias, subieron las escaleras de la pasarela e iniciaron la larga caminata de regreso a su hospedaje. Algunas familias aún iban camino a la playa sin saber el drama que acababa de tener lugar allí. “Están cerrando la playa”, les dijo Richardson. “Un tiburón acaba de morder a alguien”.

Sobrevivir a un ataque de tiburón

Elisabeth Foley fue estabilizada en el HCA Florida Fort Walton–Destin Hospital y luego trasladada a un hospital en Richmond, Virginia, más cerca de su hogar en Ashland. Experimentó numerosas cirugías, incluso cirugías plásticas. Lulu fue sometida a una serie de cirugías y procedimientos de emergencia en el Ascension Sacred Heart Hospital en Pensacola, Florida. Había perdido dos tercios de su sangre y su pierna derecha fue amputada entre la cadera y la rodilla. Cuando le quitaron el tubo del respirador al día siguiente, miró a su familia y susurró: “¡Lo logré!”.

El 10 de junio, tres días después de los tres ataques de tiburón, la Playa Seacrest, el punto donde se produjo el accidente de Lulu, era un mar de sombrillas azules y rosas con cientos de visitantes que llegaban al lugar para tomar sol y nadar entre las olas.

Cerca de las 9:30 de la mañana, varias personas dijeron haber divisado un tiburón en áreas bajas. Los bañistas salieron a toda velocidad del agua y se quedaron observando en la orilla, mientras una gran figura en sombras atravesaba las aguas transparentes. Detrás de ellos, banderas amarillas y violetas flameaban al compás de la brisa por encima de la pasarela dando la bienvenida a más visitantes a la playa.

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