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Poder servir está en uno

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Susana lleva tiempo buscando un sentido trascendente a su vida. Aquí su historia.

Con frecuencia converso con personas que tienen el deseo de servir a los demás, pero pienso que, a veces, se pierden en la intención y dejan de lado lo más importante: actuar. Tal es el caso de Susana, una profesional que lleva décadas buscando un sentido más trascendente a su vida.

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“Los últimos años han sido muy buenos en general”, me cuenta. “Mi familia está bien, vivo tranquila y he podido seguir creciendo en mi profesión, pero tengo un vacío interior que no consigo llenar. Siento el deseo de hacer algo por los más necesitados.” Ese vacío es señal de algo más profundo que no tiene que ver con cosas tangibles, sino con aquello que sentimos, que experimentamos internamente, con nuestra alma, más que con nuestro ego y sus deseos.

“No hay nada más satisfactorio en la vida que servir a los demás —le dije a Susana—. Es por eso que deseas hacer algo por los más necesitados. Lo que te impulsa a ello es tu inteligencia divina, tu intuición.” Susana deseaba ayudar en comunidades de África o de la India, ya que había visto por televisión que allí hay mucha gente necesitada. Pero ella vive en Toluca, México, así que le sugerí que mirara a su alrededor y comenzara por quienes están más cerca. He aquí lo que le propuse hacer para dar a los demás un regalo que, al final, ella misma recibiría:

Dé lo que pueda

Cuando servimos de corazón, no debemos sufrir ni hacer sacrificios.Si nos pesa, quizá sea porque estamos tratando de cerrar una herida personal, y no por ayudar a otros. Así que empecemos por ofrecer lo que podamos dar. Si tenemos tiempo, ofrezcámoslo; si nuestro bolsillo lo permite, demos dinero, o compartamos nuestros talentos con los demás: escuchar, hablar, cocinar, pintar… De este modo estaremos felices de hacerlo sin sentir que es un sacrificio.

Mire a su alrededor

El deseo de ofrecer ayuda a gente lejana es un anhelo noble, pero servir a quienes nos rodean es más fácil y podemos hacerlo de inmediato. Dentro de nuestra familia puede haber alguien que necesita ayuda, y también entre nuestros vecinos o en la comunidad. Esto no significa que el resto de la gente no nos debe importar, sino que es mejor empezar por las personas que están más cerca de nosotros.

Esté presente

Ayudar en forma anónima nos quita la posibilidad de dar otro regalo: nuestra presencia. Cuando una persona está enferma o tiene una carencia, no solo podemos ayudarla con algo material (por ejemplo, dinero), sino también con nuestra presencia. La calidez de un abrazo, una sonrisa cariñosa o una mirada comprensiva pueden ser un auténtico bálsamo cuando hay dolor o necesidad. Nuestra persona, en sí misma, puede ser un valioso regalo para otro ser humano.

Sea respetuoso

Al ofrecer ayuda, no solo debemos tener consideración por la otra persona, sino respetar también el momento en que se encuentra. A veces, todos necesitamos afrontar el dolor o una situación extrema para crecer como seres humanos. Esto no implica dejar de ayudar a los demás, sino respetar sus tiempos. No pretendamos que sigan nuestros consejos, que valoren lo que les damos y, menos aún, que nos den muestras de gratitud. Nuestra tarea es dar el paso hacia ellos, y ellos decidirán cuándo ir a nuestro encuentro.
Al final de nuestra charla, cité ante Susana un mensaje de la madre Teresa de Calcuta: “Muchas veces basta una palabra, una mirada o un gesto para llenar el corazón de los que amamos”. Nuestra tarea es dar amor y ayudar a quien lo necesite, como podamos, mirar alrededor y empezar a ofrecer lo mejor de nosotros mismos. Así, nuestro corazón no tendrá más vacíos por llenar.

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