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Relaciones: el secreto para llevarse bien con todos

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Domine las charlas incómodas con estas nueve personalidades difíciles y mejore las relaciones con ellas.

En un santiamén, durante una charla trivial en un baby shower, mi día se echó a perder. “¿Estás embarazada?” preguntó una amiga de la familia que me miraba de arriba abajo. Sacudí la cabeza con timidez, lamentando mi elección de vestido y mi plato de mini sándwiches. Entonces, cuando pensaba que no podía ponerse peor, dijo, “¿Y por qué no?”. La mente se me llenó de razones y respuestas: “Solo estoy gorda, gracias”, grandes dudas sobre mis aptitudes maternales, miedo al cambio climático (o quizá devolverle un merecido insulto). Por desgracia, ninguna se materializó. En su lugar, murmuré que tenía mucho trabajo y me fui… a lamentarme el resto de la tarde. Ya estoy emocionalmente recuperada, pero a veces me pregunto: ¿cómo debería haber contestado a esa persona imprudente y grosera? ¿Y a las demás personalidades difíciles con las que tenemos que hablar, lo queramos o no? Pregunté a los expertos cómo lidiar con las personalidades más tramposas, vulgares, malvadas y exasperantes.

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El quejoso

Seguro lo conoce: el restaurante es demasiado caro, la música está demasiado alta, la hamburguesa está muy cocida y ni siquiera puede saborearla porque se está resfriando. El quejoso es una gran fuente de chistes para los comediantes, pero en la vida real no es tan divertido. “Se trata de personas que piensan que la vida es injusta con ellas”, dice Jody Carrington, psicóloga y autora de Feeling Seen: Reconnecting in a Disconnected World in Alberta. A nadie le deprime tanto una hamburguesa; están tristes por cosas más importantes y se desquitan con cosas específicas y controlables, como lo que hay en su plato (o el desafortunado mesero que lo sirvió). ¿Cómo lidiar con este ladrón de buen humor? “Si quiere interactuar mejor con estas personas, comience con empatía”, dice Carrington. (Esto vale para todas las personalidades difíciles, pero particularmente para el quejoso). Elimine las pequeñeces de la ecuación (tal vez déjele elegir el restaurante) para que ambos puedan centrarse en lo importante. Hágalo hablar sobre lo que en realidad le molesta y desarme su negatividad con preguntas sobre lo bueno, divertido y emocionante de su vida. Según Carrington, hay que aplicar el viejo refrán: “Se cazan más moscas con miel que con hiel”.

El litigante

Uno dice que hace buen tiempo; él contesta que hace mucho calor. Uno leyó un buen libro; él, que es el peor libro que ha leído en su vida. Le menciona que refuta todo lo que usted dice; él replica: “¡No, no es verdad!” “El litigante es alguien a quien le encanta discutir”, explica Mónica Guzmán, radicada en Seattle, Washington, autora de I Never Thought of It That Way: How to Have Fearfully Curious Conversations in Dangerfully Divided Times. “Esto a veces es divertido, pero en ocasiones resulta agresivo y desagradable. El litigante no siempre puede notar la diferencia”. Así, mientras uno discute el tema en cuestión, él discute por discutir; por eso siempre gana. ¿Cómo enfrentar esta lucha? El litigante solo quiere pelear, así que elija sus batallas. Para cosas triviales, dice Ian Leslie, experto en argumentación radicado en Londres, Inglaterra, y autor de Conflicted: Why Arguments Are Tearing Us Apart and How They Can Bring Us Together, “la mejor forma de lidiar con un litigante es decirle que estamos de acuerdo”. Esto no implica mentir.Pruebe decirle: “concuerdo contigo en eso” sobre algo pequeño y específico, o “puedo entender tu posición”, si de verdad no está de acuerdo en nada. Y luego cambie de tema. Cuando quiera mantenerse firme, puede sacar al litigante de su posición de defensa predeterminada si se vuelve un oponente con más matices. “A veces uno puede sacarlo del duelo de opiniones con solo preguntarle su historia o experiencia con un tema”, dice Guzmán. Preguntar “¿cómo llegaste a creer en eso?” o “¿te ha pasado alguna vez?” puede llevar una conversación de una competencia de opiniones a una perspectiva personal. Y puede ser que uno aprenda que, después de todo, valora su opinión.

El parlanchín

Cuando no se puede terminar una anécdota, o ni siquiera una frase, seguro estamos frente a un parlanchín. Aunque el nombre suena lindo, la persona puede ser frustrante, explica la experta en comunicación Sandy Gerber, de Vancouver Island. Como dice la autora de Emotional Magnetism: How to Communicate to Ignite Connection in Your Relationships: “El parlanchín es un ladrón de anécdotas. Se identifica con la tuya y luego cuenta una sobre sí mismo”. Parecería que el parlanchín tratara todo el tiempo de eclipsarnos, pero no es necesariamente así. Tal vez tiene ansiedad social, el silencio lo incomoda o solo es más apasionado. Pero sin importar la razón, es probable que ni siquiera se dé cuenta de lo que hace, ni de su motivo más profundo. “En especial entre los niños, los parlanchines también podrían llamarse buscadores de conexión”, dice Carrington. “Es lo único que buscan, pero no nos dan entrada para conectar con ellos”. Y como hablan sin parar y a la velocidad de la luz, es posible que uno no se dé cuenta, hasta que va enfadado de vuelta a casa, porque que todas nuestras anécdotas fueron secuestradas. La próxima vez, use la frase que menos esperaría: “Cuéntame más”. “Elija un tema y deje que lo agote. Hágale preguntas y escuche de verdad”, dice Carrington. Una vez que el parlanchín se queda sin cosas que decir, su necesidad de ser escuchado queda satisfecha, así que es nuestro turno. Dígale algo como: “Me encantan tus anécdotas y tengo una que contarte”. Por una vez, tenemos la palabra.

El adicto al celular

Hay pocas cosas más molestas socialmente que alguien que revisa su teléfono sin parar en medio de una conversación. Enseguida a uno le da por proyectar pensamientos negativos y recelosos como: “Lo estoy aburriendo con mi conversación/Está más interesado en quienquiera que esté al teléfono que en mí/No le importo”, afirma Carrington. Nada de eso es necesariamente cierto, pero lo que sí es que: “Si estuviera en una charla interesante, no miraría el teléfono”, dice. Ay. Ya sea que le digamos algo o no, recuerde que los irritantes hábitos del adicto al celular no tienen que ver con uno. “Es de mala educación, sin duda, pero a veces interpretamos mal la conducta”, dice Leslie. “Tal vez está nervioso o ansioso”, dice. También puede ser que su pareja esté varada con un neumático pinchado o que su hijo esté enfermo. El caso es que no lo sabemos. Antes de enfurecerse por la descarada grosería del adicto al celular, trate de hacer que su conversación sea mejor que lo que está pasando en Instagram. Tal vez nunca lo consiga, dado el poder del clickbait en la actualidad, por lo que si le tiene suficiente confianza, Carrington aconseja que preguntarle sin tapujos: “¿Qué estás viendo que es tan interesante?” Lo más probable es que se disculpe y guarde el teléfono. (Pero si la respuesta es algo real, hable de ello). Mejor, diga algo como: “Me interesa mucho ponerme al día contigo, ¿qué tal si dejamos los teléfonos en el auto?”

El antagonista político

La ideología de esta persona es radicalmente opuesta a la suya. Ha leído las noticias (y/o la red oscura) y está ansiosa por comentarlas con uno. Ninguna familia es inmune a las diferencias políticas, aunque la estadounidense Guzmán la tiene difícil. Es la hija liberal de inmigrantes mexicanos que votaron por Donald Trump dos veces. Por supuesto, quieren discutir a gritos sobre política durante la cena. Como al litigante, al antagonista político le encanta discutir, pero tiene un gran objetivo final: hacernos cambiar de opinión. Él no puede cambiar la suya y no lo hará; usted tampoco, porque a ambos les apasiona su postura política, y esa es precisamente la razón por la que él nos ha elegido para pelear. Pero puede transformar esa situación negativa en positiva: recuerde que nos eligió porque nos considera un oponente intelectual digno y no puede funcionar sin uno. “Si es tu adversario, es probable que tú seas el suyo”, dice Guzmán. Política y religión solían ser temas prohibidos en las tertulias educadas; no más, y está bien. “En una conversación, la pasión es buena”, dice Guzmán. “Significa que uno se está exponiendo a puntos de vista distintos, que estámos aprendiendo”. Ian Leslie concuerda: “Muchas parejas y familias se nutren con estas discusiones, que podrían parecer pleitos”. El asunto es que “se trata de tener argumentos más sólidos y productivos, no de evitarlas”. Sin embargo, dice, incorporar ataques personales es pasarse de la raya. Si se siente cerca de ese límite, baje el tono. Si su contrincante se enfada o se pone agresivo, intente reducir la tensión con la sugerencia de Guzmán: “Lo siento, no me di cuenta de que esto te importaba tanto”. Podría continuar con “cuéntame más” si, y solo si, parece posible tener una conversación más productiva. Para una discusión muy acalorada, una excelente estrategia de salida es la distracción: «¡Hora del postre!» (Porque todos estamos de acuerdo en el postre).

El bromista imprudente

Hay uno en cada familia. Llamémosle “tío Pepe”: es ruidoso y descarado, sus opiniones no han cambiado desde el siglo pasado y, justo cuando estamos pasando las papas, decide soltar una palabra o broma tremendamente grosera. Hay explicaciones posibles para las metidas de pata habituales del bromista imprudente. “O no está consciente de sus prejuicios, o quiere ser polémico o es intolerante con otros puntos de vista”, explica Chuck Wisner, asesor de liderazgo, coach personal y autor de The Art of Conscious Conversations: Transforming How We Talk, Listen, and Interact, radicado en Massachusetts. Pero ninguna de estas explicaciones justifica la discriminación. Entonces, ¿hay que fingir una risita para mantener la paz o confrontar a Pepe por su “chiste” (racista, sexista, clasista, homofóbico)? Bueno depende. “Si está presente una persona que representa a ese grupo en particular, tal vez sea necesario intervenir porque es lo correcto”, dice Guzmán. Debemos decir algo, tanto por la dignidad de esa persona como para evitar la culpa de ser un espectador silencioso, acto que suele lastimar a la persona ofendida tanto como el chiste. Pero no hace falta decirle al tío Pepe que es un racista vil e insistir en que enmiende la plana en ese instante (no lo hará). “Decir ‘Tío Pepe, eso no está bien’”, como sugiere Guzmán, expresa en pocas palabras lo que todos piensan. O la frase de Wisner: “Eso suena racista. Sé que no quisiste decirlo”. Es poco probable que el bromista responda: “En realidad, sí, porque soy muy racista”. Si el comentario es tan incendiario que genera más conversación, tenga cuidado de criticar el chiste y no a la persona, y delimite su crítica como propia. Wisner sugiere decir: “Ese chiste me parece ofensivo. Déjame decirte por qué”. Esta puede ser una buena charla para cuando Pepe esté tranquilo y solo, cuando haya tiempo para conversar sin pelear sobre lo que está pasando en realidad. “En cada chiste de mal gusto hay algo que dice: ‘Estoy frustrado pero no puedo expresarlo”, señala Guzmán. Si consigue que Pepe se exprese, tal vez le irá mejor en la próxima reunión familiar.

La reina del drama

“El parlanchín con esteroides”, en palabras de Carrington, la reina (o el rey) del drama es alguien que también domina la conversación; parlotea sin parar sobre todas las barbaridades que no se creería que le están pasando en la “¡Peor Semana de su Vida!” (Los detalles aburridos de nuestra semana no pueden compararse con lo que le está sucediendo, así que ni lo intente). ¿Por qué se comporta así? “Esta persona siempre exagera porque lo que quiere es ser el centro de la atención”, dice Gerber. Cuanto más lo hace, más nos hace rehuir las emociones descomunales de una vida en crisis constante. “Tendemos a evadirla porque seguir su drama consume mucha energía”, dice Carrington. “Pero esto solo hace que lo escale. Lo más probable es que ya haya hartado a otras personas, así que lo intensifica más”. La reina del drama ansía nuestra atención y al mismo tiempo le da terror perderla, así que monta todo un espectáculo con la esperanza de que nunca apartemos la mirada. Pero lo que la reina del drama quiere en realidad es saber que uno iría con ella a comer si no hace drama. Resista la tentación de interrumpirla; mejor ponga límites que ambos puedan respetar. “Deje muy claro de antemano lo que está dispuesto a hacer y lo que no”, dice Carrington. Tal vez signifique que podrá hablarle de su ex durante 20 minutos pero no más. O puede que implique reprogramar la comida hasta “un día en que te sientas mejor”. Tal vez se enoje en el momento pero, en secreto, a la reina del drama le encanta el trato normal que muestra que uno se queda porque le gusta estar con ella, sin tanto drama.

El amigo-enemigo

Aunque todas las personalidades anteriores son difíciles, tal vez ninguna lo sea más que la de quien se comporta tanto como amigo que como enemigo, fenómeno sutil y complicado. “Yo llamo a esto amistad oscilante”, dice Gerber. “Debido a los altibajos, nunca se sabe lo que uno va a encontrar”. Un día es divertido estar con nuestro amigo; al siguiente nos trata mal y no tenemos idea de por qué. “El amigo-enemigo es pasivo-agresivo, debido a que se percibe como falto de valor”, dice Gerber. “Se burlará de cualquier cosa que uno haga o tenga que lo haga sentir que lo estamos infravalorando”. Para sentirse mejor consigo mismo, el amigo-enemigo tratará desesperadamente de aniquilarnos poco a poco. Cuando tratemos con un amigo-enemigo, protéjámonos; reconozcamos los juicios negativos y no los tomemos como algo personal. “Es como si estas personas dispararrn flechas”, explica Wisner, “así que podemos esquivar la flecha; dejarla que nos dé y hiera; o atraparla y detenerla”. Las opciones A y B son fáciles en el momento, pero la C es la elección valiente si se quiere cambiar las cosas. Wisner sugiere decir: “Eso no me parece sincero. ¿Qué quisiste decir? Esto podría neutralizar una puja en particular, pero si de verdad quiere arreglar la amistad (y tal vez no lo quiera), tendrá que profundizar más. “Esta persona es competitiva en la superficie, pero en el fondo es insegura y muy desconfiada”, dice Gerber. Para convertir a un amigo-enemigo en verdadero amigo, tiene que hablar de ello. “Cuéntele lo que busca en una amistad y lo que está dispuesto a ofrecer”, dice. “Pero si no puede o no quiere discutirlo, bueno, pues allí está la respuesta”.

El indiscreto

Las reseñas no pedidas sobre la vida sexual de alguien, el escabroso divorcio de su mejor amigo o lo que acaba de ver en el baño (qué asco) son pistas de que nos hemos topado con un indiscreto. ¿Por qué alguien en su sano juicio describiría el síndrome del intestino irritable durante la comida? Por dos rasgos humanos específicos. El primero es un límite personal implícito que está muy, muy lejos del de uno. “La incomodidad que se siente se debe a una diferencia de estándares sobre cuáles son los temas de conversación correctos”, dice Wisner. “Lo que para él es información indispensable, para uno puede ser una impertinencia”. Pero el indiscreto solo trata de acercarse al revelarte más sobre sí mismo (y espera que uno también lo haga). “Solemos etiquetar a estas personas como entrometidas, invasivas o groseras”, señala Gerber, “cuando lo único que quieren es agradar y ser aceptadas por otro ”. Para satisfacer al indiscreto y, al mismo tiempo, acabar con los comentarios imprudentes, puede contarle algo distinto (personal, pero menos invasivo) que satisfaga su necesidad de conectarse. Cuando de verdad rebase el límite, dígale algo que indique que se está pasando de la raya. “¡Eso es privado!” lo dice todo y no tendrá que volver a mencionarlo nunca más. Los cumplidos también funcionan de maravilla con el indiscreto, agrega Gerber, porque reorientan la conversación hacia él, mientras restablecen sutilmente los límites. Por ejemplo, a la amiga entrometida que me preguntó sobre el estado de mi útero en el baby shower podría haberle dado esta sabia respuesta: “¡Qué fácil es para ti tener hijos! ¿Cómo le haces?” (Luego, asiente y sonríe). Esa vez perdí mi oportunidad. Pero la próxima estaré lista para enfrentarme al indiscreto, o a cualquier personalidad desafiante de las que hay en el mundo.

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