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Motivos para celebrar por un mundo mejor

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Tenemos una visión sombría de la vida moderna. Pero son muchos los avances que están imponiéndose en el mundo.

El Foro Económico Mundial de este año
suscitó, como nunca antes, una feroz crítica contra la élite, lo que se ha
convertido en la postura política de moda tanto de izquierdas como de derechas.
Por un lado, el presidente Trump y los presentadores de Fox News despotrican
contra la insensible clase hegemónica que, según ellos, ha llevado todo a la ruina.
Por el otro, la izquierda condena a los multimillonarios que, citando a un
escritor, “han devastado el mundo moderno”.

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Detrás de argumentos tan similares radica
una desalentadora visión de nuestros días: un orden global disfuncional que
produce estancamiento de ingresos, aumento de la inseguridad y deterioro
ambiental. Pero ¿este es, en efecto, el panorama real? ¿Estamos haciendo las
cosas tan mal como para desempolvar las guillotinas?

Con respecto al indicador más simple e
importante —el ingreso— nos encontramos, en realidad, ante un avance notable.
Desde 1990, más de mil millones de personas ha superado la pobreza extrema. El
porcentaje de la población global que vive en condiciones tan precarias ha
pasado del 36 al 10 por ciento, la cifra más baja de la que se tiene memoria.
Esto es, tal como señaló Jim Yong Kim, expresidente del Banco Mundial, “uno de
los logros más importantes de nuestros tiempos”. La desigualdad en la Tierra se
ha reducido de manera drástica.

Y esto ha sucedido en buena medida porque
muchos países, desde China hasta la India y Etiopía, han adoptado políticas más
amigables con el comercio; Occidente ha contribuido facilitándoles la entrada a
los mercados, brindándoles ayuda humanitaria y condonaciones de deudas. Es
decir, medidas impulsadas por la mismísima élite.

Si se analiza cualquier indicador global,
las cifras resultan impactantes. La tasa de mortalidad infantil ha cedido 58
por ciento desde 1990. La desnutrición ha caído 41 por ciento y la mortalidad
materna (es decir, la cantidad de mujeres que mueren antes o después del parto)
se ha contraído 43 por ciento durante el mismo período.

Sé cómo reaccionarán algunos a esta
información: las cifras pertenecen al mundo en general, no a los países ricos;
quizá las circunstancias de los chinos mejoraron, pero no las de los habitantes
de las naciones desarrolladas. Esa sensación de “injusticia” es, seguramente,
lo que impulsa “America First” [Estados Unidos Primero], la campaña de Trump, y
gran parte de la ira de la derecha contra el sistema internacional. (Lo que
resulta aún más desconcertante es que la izquierda, que siempre ha luchado por
los más pobres, se haya vuelto tan crítica de un proceso que ha mejorado la
vida de al menos mil millones de personas de los grupos más empobrecidos del
orbe.)

Al criticar el escenario actual es fácil
recordar con nostalgia al antiguo régimen, al mundo moderno antes de que las
clases dominantes actuales lo “arruinaran”. Pero ¿cuándo tuvo lugar aquella era
dorada? ¿En los 50, cuando lo más que las mujeres podían aspirar era a trabajar
como costureras y secretarias? ¿En los 80, cuando dos tercios del planeta se
estancaban bajo el socialismo de estado, la represión y el aislamiento? ¿Qué
élite —monarcas, comisarios comunistas o mandarines— manejó mejor el mundo que
la mezcolanza de políticos y empresarios que tenemos hoy en día?

Aun en Occidente resulta sencillo dar por
sentado el sorprendente progreso alcanzado. Vivimos más, el aire y el agua
están más limpios, el delito ha disminuido y el acceso a la información y a las
comunicaciones es casi gratis. En el ámbito económico se han generado
ganancias, aunque no se han distribuido de manera equitativa.

Pese a lo anterior, ha habido enormes
adelantos en términos de acceso y oportunidad para grandes sectores de la
población que antes eran objeto de segregación y opresión. La brecha salarial
entre hombres y mujeres se ha reducido. El número de ejecutivas de las empresas
que integran la lista Fortune 500 ha pasado de 1 a 24 en las dos últimas
décadas.

La participación femenina en los cuerpos
legislativos de los países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo
Económico prácticamente se ha duplicado en ese lapso. Ninguna nación permitía
el matrimonio entre personas del mismo sexo en 2000; en la actualidad, son más
de 20 estados los que lo aprueban. Aún queda mucho por hacer en todas estas
áreas. Sin embargo, en cada una de ellas se han registrado progresos
contundentes.

Comprendo que enormes segmentos de la
clase trabajadora de Occidente se encuentran bajo una inmensa presión y que
suelen sentirse ignorados y olvidados por dicho progreso. Debemos encontrar la
manera de brindarles mayor apoyo económico y dignidad moral. No obstante,
investigaciones minuciosas muestran que parte de su descontento proviene de observar
una sociedad en la que otros grupos mejoran su situación, cambiando así la
naturaleza del entorno en el que ellos habían disfrutado de un confortable
bienestar.

Tras miles de años de ser tratadas como
subordinadas estructurales del sistema, las mujeres hoy están adquiriendo una
igualdad genuina. Considerados alguna vez delincuentes o pervertidos, ya son
muchos los países donde los homosexuales pueden vivir y amar con plena
libertad. Que estos cambios puedan generar malestar en algunos cuantos no es motivo
suficiente para frenar su avance ni para olvidar que significan un avance
profundo y duradero para la humanidad que todos deberíamos celebrar.
 

Fareed
Zakaria es un premiado columnista especializado en relaciones internacionales.
Nació en la India; estudió en la Universidad Yale y es doctor por la
Universidad Harvard.
tomado DE THE WASHINGTON POST
(31-i-2019).
© 2019 por
THE WASHINGTON POST, WASHINGTONPOST.COM.

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