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Nuestra Malasia de acá a la vuelta no más

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La naturalidad que impone su cercanía oculta la desmesura y singularidad de un lugar único en Sudamérica.

Es ya de
noche y “alejado del grupo, acodado en la baranda, Correa miraba las arboledas
de la ribera opuesta, borrosas en la noche. Es verdad que para él, a pleno sol
no hubieran sido menos confusas, ya que era un recién llegado a la región, que
no se parecía a nada de lo que había visto anteriormente, pero sí a un paisaje
muchas veces imaginado y soñado: el archipiélago malayo”.

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Pero no son las marismas, tan
lejanas como imaginarias de la enorme Malasia, en las que el protagonista del
cuento de Adolfo Bioy Casares (De la
forma del mundo
) espera “la lancha que debía llevarlo a la isla de su amigo
Mercader, donde se había retirado a preparar las materias que debía de primer
año de Derecho”. No, es el Tigre, dentro del Delta del Paraná, donde el río del
mismo nombre se multiplica en cientos de riachos y riachuelos que, en otros
países, serían respetados como ríos de envergadura elogiable. Tal magnitud y
generosidad es el correlato de la extensión del Río Paraná: 3.740 km, lo que
suma lo que en el vecino Brasil se llama río Paranaiba. 

Pero el
Delta tiene dos padres (o dos madres, como se prefiera): el Paraná y el río
Uruguay, lo que lo convierte en uno de los mayores del mundo, el cuarto o el
sexto según las mediciones. Como todos los deltas, es una fábrica de islas y
bancos hechos de limo, arena, arcilla y materias orgánicas de todo tipo. Lo
anterior incluye los míticos “camalotes”, islotes flotantes hechos de plantas
flotantes- que, al modo de pequeñas arcas de Noé, pueden traer desde pequeños
insectos coloridos del Matto Grosso do Sul hasta monos aulladores e, incluso,
algún felino, en años de grandes aumentos del cauce.

Su
contextura barrosa, que a muchos desagrada injustamente, proviene de los
sedimentos que obtiene de dos de sus afluentes: los ríos Bermejo y Pilcomayo.
Todo es grande y diverso en el Delta que integra la llamada gran cuenca del Plata,
segunda en el podio de América del Sur, después de la Amazónica, y delante de
la del río Orinoco en Venezuela.

 

De
nacimiento a muerte, el Delta recibe agua y más agua desde todas las
direcciones. En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, convierte en sus
afluentes a los ríos Ramallo, El Tala, Arrecifes y el Luján. Su ancho es
variable, coqueto, veleidoso. Desde los más de 60 kilómetros entre los ríos
Luján y Gutiérrez a los 18 kilómetros frente a Baradero.

Ahora, lo que
la gente conoce como Delta-Delta, nace luego de la bifurcación que lo convierte
en el Paraná de las Palmas al oeste y el Paraná Guazú hacia el este. Es entre ellos
que se abre, como el corazón del fruto de una granada el cardumen de islas que
lo conforman. La maravilla es que, si bien la zona es apenas un 0,65 % de la
superficie del territorio argentino, allí encontramos casi el 19% de los
anfibios, más del 30% de las aves y cerca del 60% de sus peces de agua dulce. Y
seres absolutamente singulares como la franciscana o delfín del Plata, que es
el único delfín de agua dulce que puede vivir y alejarse a miles de kilómetros
por la costa en agua salada.

Muy difícil
de observar y estudiar, justamente, por las aguas barrosas, cumple con esa rara
combinación de cotidianeidad y misterio que caracteriza al Delta mismo. Mezcla
que Bioy Casares uso de manera entrañable para retratarlo. En el mismo relato
mencionado al comienzo, su protagonista (Correa) describe así el prodigio
mágico clave en la narración, cuando alguien le pregunta de dónde partía en sus
aventuras: “Del Tigre, es claro. Del propio delta. ¿Creés que te miento?
Anoche, con un doctor de nombre Marcelo, salimos del Tigre, navegamos un ratito
nomás y llegamos a una isla cubierta de álamos y de maleza, como tantas otras.
Ahí, bien escondida, se halla la boca del túnel. Nos metimos adentro y no
tardamos cinco minutos (pero, bajo tierra, aquello fue la eternidad) en
aparecer entre jardines y parques, en un barrio parque, en una ciudad jardín”.

Así, si Borges pudo encontrar (o
sufrir) la multiplicidad de un Aleph en la calle Garay de Constitución, los
alter egos de Bioy pudieron disfrutar de un prodigio no por más mundano menos
excepcional: una conexión casi instantánea, mejor que volar en jet privado,
entre el Delta y Punta del Este.

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