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Cómo superé los ataques de pánico

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Mis ataques de pánico aparecieron sin más y eran completamente aterradores.

SON LAS 6 DE UNA
TARDE de septiembre de 2001; manejo mi auto por una ruta de Toronto, en Canadá.
Tengo 36 años y voy a cenar a casa de mis padres. Mi marido lleva tres semanas
en las Bermudas ­­—donde acaba de conseguir un contrato de trabajo de dos años—
buscando casa para que pueda mudarme con él y continuar mi empleo como editora
a distancia. Así que solo yo y mi pequeño caniche negro, que va acurrucado en
el asiento del pasajero, hacemos este recorrido de media hora, como tantas
otras veces.

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La novedad en la
radio son los recientes atentados terroristas del 11 de septiembre. Al parecer
no puedo alejarme de las noticias e imágenes impactantes; llevo un tiempo sin
dormir bien. Al acercarme a un puente, el corazón me comienza a latir
rápidamente y mis piernas flaquean. Vas a salir volando, me advierte una voz en
mi cabeza. Tengo los brazos entumecidos. Estás a punto de perder el control y
morir. Estoy aterrada. Mis manos se aferran al volante; solo quiero cruzar el
puente. Lo hago, luego me detengo en un estacionamiento y empiezo a llorar.
¿Qué me pasa?
 

Este resultaría
ser el primero de muchos ataques de pánico. Durante los siguientes 12 años
padeceré trastorno de pánico, un tipo de ansiedad con episodios continuos y que
siempre surgen de la nada. Al principio no sabía qué me pasaba, pero he
aprendido mucho desde entonces.

A diferencia del
miedo, reacción a una amenaza real, el pánico es un temor intenso en ausencia
de un peligro auténtico. Según un estudio publicado en Prescriber, una revista
del Reino Unido para profesionales de la salud, alrededor del 7 por ciento de
los europeos desarrollan “síndrome de pánico”, mientras que un 2 por ciento
sufre “trastorno de pánico”, un problema mucho más definido. Es más común entre
los 45 y 59 años, aunque, por lo general, el primer evento ocurre entre los 20
y los 30.

Las mujeres son
dos veces más propensas a sufrir este cuadro. Según Martin Antony, profesor de
psicología en la Universidad Ryerson en Toronto y escritor, es poco probable
que la razón sea biológica. Añade que tal vez los hombres no quieren admitir
ante los investigadores que experimentan dicha sensación.

Las víctimas
suelen indicar factores de estrés recientes, como casarse o divorciarse,
mudarse, conseguir o perder un trabajo, problemas financieros o de salud.
Eilenna Denisoff, psicóloga clínica y directora de CBT Associates en Toronto,
explica: “son diferentes a los problemas cotidianos, como recibir una multa”.
En momentos de estrés, dormir mal puede hacernos más sensibles a los eventos
relacionados con la ansiedad como la taquicardia. Los ataques de pánico ocurren
cuando el cerebro identifica este latido acelerado como señal de peligro
inminente.

 “Los humanos están diseñados
para sobrevivir”, explica Denisoff. “La reacción de lucha o huida nos permite
correr más rápido y saltar más alto si nos persiguen. Fisiológicamente, la
reacción del cerebro a la taquicardia, una ‘señal de peligro’, es retirar la
sangre de las extremidades para proteger el núcleo del cuerpo”. (Esto explica
la sensación de que las extremidades flaquean). La persona, en realidad, no
está expuesta a ninguna amenaza, pero el cerebro malinterpreta los indicios y
tiene la necesidad de huir.

Mi factor de
estrés era la mudanza que tendría que hacer próximamente. Además, llevaba
tiempo sin dormir bien, así que escuchar más noticias sobre los atentados del
11 de septiembre pudo haber sido el detonante que elevó mi ritmo cardíaco.

El primer episodio suele llevar a un trastorno de
pánico. Debido a que los síntomas hacen sentir que se va a perder el control y
morir, la próxima vez que suceden provocan otro ataque de pánico, afirma
Denisoff. “El cerebro comienza a buscar situaciones en las que debería
asustarse o sentirse atrapado”. En pocas palabras, comienza a temer al miedo.

INTENTÉ MANEJAR POR LA AUTOPISTA UNA SEMANA
DESPUÉS
y, de nuevo, el
pánico me llevó a la primera salida. Después, usé solo rutas más pequeñas y
lentas. Semanas más tarde, me mudé a las Bermudas, donde no teníamos auto y no
había rutas. Fue un gran alivio. No le había contado a mi marido sobre los dos
episodios aterradores que experimenté; sabía que a él le encantaba mi
independencia y mi fortaleza; me avergonzaba ser tan débil. Pensé que había
sido algo puntual y no le di importancia.

Para desplazarnos
utilizábamos una motoneta, yo viajaba en la parte posterior; cuando iba sola,
tomaba el ómnibus. Así lo hice durante los primeros dos meses; sin embargo, un
día, cuando iba en el ómnibus a la ciudad para hacer compras navideñas, de
pronto el corazón comenzó a acelerarse. Y, en efecto, luego vino el sudor, la
flaqueza en las piernas y la sensación de que de alguna manera perdería el
control o me “volvería loca”.

No había llegado
a mi destino, pero hice sonar el timbre y, entre lágrimas, caminé a casa, donde
me sentí más segura. Unos días después intenté subir de nuevo el transporte y
sucedió lo mismo. Lo que me había obligado a evitar las autopistas impedía mi
libre circulación.

Había llegado la
hora de admitirlo. Esa noche le conté a mi marido lo que me pasaba. Fue muy
comprensivo; no debí haberlo ocultado, me sentí bien al confesarlo. Estaba tan
desconcertado como yo. Buscamos en Internet “miedo a las autopistas” y “miedo
al transporte público”; encontramos mucha información. Así descubrimos que
muchas personas padecen episodios llamados ataques de pánico.

Qué alivio saber
que no era la única. Pero me abatió enterarme de que lo ocurrido en el ómnibus
revelaba agorafobia, que suele ir de la mano con el trastorno de pánico. Se
teme no poder escapar si se experimenta algún síntoma de pánico. En casos
extremos, el mundo se encoge tanto que abandonar el hogar resulta
escalofriante.
ERA MOMENTO DE AFRONTARLO; NO DEJARÍA QUE ALGO EN
MI MENTE CONTROLARA MI VIDA.
Había leído que hablarlo con seres queridos ayudaba, así que, unos días
después, cuando estaba de visita en Toronto, cenando con mi mejor amiga y su
marido, y les hablé sobre los incidentes. Lindsay miró a Todd con los ojos muy
abiertos, luego a mí y dijo: “¡Todd sufrió lo mismo hace unos años!”.

Contó con
timidez: “Cuando tenía 28 años también los sufrí”. Tuve varios episodios en
pocos meses.

Acababa de
hacerse cargo del negocio familiar y estaba muy estresado. Una noche estaba en
un restaurante con Lindsay y el corazón empezó a latirle rápido; pensó que era
un infarto y sintió la necesidad de huir. Se fueron a mitad de la comida y la
taquicardia cedió, pero a la mañana siguiente Todd fue al médico. “Creo que
anoche tuve palpitaciones”.

El médico lo
revisó y dijo: “Parece que tuvo un ataque de pánico”. Remitió a Todd a un
psiquiatra, quien le recetó lorazepam (un ansiolítico que se toma a los
primeros síntomas de pánico). Todd tomó el medicamento y evitó los
restaurantes; no obstante, luego tuvo un nuevo ataque cuando estaba en una sala
del aeropuerto. La agorafobia había comenzado.

Lo resolvió solo,
con técnicas de relajación como la respiración profunda, y pudo reducir la
dosis de lorazepam. Con el tiempo, la frecuencia de los sucesos disminuyó y
luego desaparecieron, por lo que dejó de tomar el medicamento. Todd me dijo:
“El ansiolítico fue clave, aunque leer sobre los incidentes y saber que son
comunes realmente me ayudó”. Me dio su ejemplar de un libro sobre el tema
escrito por Isaac M. Marks.

De vuelta a
Bermudas, me atreví a subir al ómnibus, con el libro en el bolso como antídoto
en caso de que la sensación atacara. A los pocos minutos, el corazón empezó a
acelerarse; saqué el ejemplar y lo abrí en las páginas señaladas donde
explicaba que el pánico no me mataría, que no “perdería el control” y que no me
“volvería loca”. Eso me calmó.

Los siguientes
dos años en las Bermudas mantuve el sentimiento a raya de esa manera; no
consideré la terapia o la medicación. Sin embargo, era inevitable: algún día
volvería a la tierra de las autopistas, y haría falta más que un libro para
ponerme al volante.

 

DESPUÉS DE VOLVER A CASA EVITÉ LOS ATAQUES DE
PÁNICO
delegando en mi
marido la tarea de manejar en ruta durante nueve años. Solo les contaba a mis
allegados sobre mi “debilidad”. Sabía que la terapia era la única forma de
superar todo para siempre. Pero eso significaría afrontar el miedo, y estaba
demasiado asustada como para pensar en volver a tomar el volante en la
autopista.

Al poco tiempo
compramos una cabaña. Necesitaba arreglos; mi marido trabajaría en ellas
durante semanas, mientras yo trabajaba en la ciudad. Estaba a tres horas por
ruta y ningún transporte público llegaba hasta allí, así que, si quería ir los
fines de semana, tendríamos que conseguir otro automóvil. Había llegado el
momento de buscar un psicólogo.
 

El trastorno de
pánico puede tratarse, a largo plazo, con antidepresivos y con beta
bloqueadores para el alivio inmediato de los síntomas, pero los expertos
reconocen que la terapia cognitiva conductual, o TCC, es el mejor tratamiento.
Resuelve la ansiedad modificando los comportamientos y percepciones subyacentes
que hacen creer que los indicios son peligrosos. “Cambiar la reacción a los
síntomas es fundamental —explica Martin Antony—. Cuando está dispuesto a
permitir que sus ataques de pánico sucedan sin tratar de controlarlos, suelen
detenerse”.

La terapia de
exposición es fundamental. El objetivo es experimentar las mismas sensaciones
que durante un ataque de pánico y descubrir que no hay por qué temerles.

En la primera
sesión aprendí la técnica de la respiración profunda: una inhalación larga y
lenta por la nariz, una exhalación lenta y prolongada por la boca. “Esta será
tu herramienta para calmarte cuando sientas pánico”, me explicó la psicóloga.

Una semana
después, empezó la “terapia imaginativa”, que es una de las modalidades de la
terapia de exposición. Me preguntó por cuáles de las autopistas cercanas a mi
casa no me atrevería a circular. Luego me pidió que cerrara los ojos e
imaginara que manejaba por la que me intimidaba menos, que describiera cada
paso y calificara mi nivel de ansiedad con un número del 1 al 10.

“Uno”, dije,
retrocediendo mentalmente hasta la entrada a casa, luego “dos”, al entrar a la
siguiente calle.

Salté a ocho al
llegar a la rampa de acceso. El corazón me latía con fuerza; comencé a sudar.

—Haz la respiración
—me indicó.

Me preguntó si
llevaba algo en mi bolso para cuando me sentía mal. Sí, chicle de menta para el
estómago.

—Imagina que
masticas uno —dijo.

Llegó el momento
de la verdad: en mi imaginación, aceleré y me incorporé al tráfico de la ruta.
Entonces llegué hasta el 10.

Mis piernas
flaquearon y tuve la terrible sensación de que perdería el control. “No pasa
nada, sigue respirando profundamente”, aconsejó mi terapeuta. “Estás a menos de
1 kilómetro de la primera salida”. En mi mente, momentos después, vi la rampa y
me tranquilicé conforme la alcanzaba y desaceleraba.

Mi alivio se
convirtió en miedo cuando la psicóloga habló. “Tu tarea de esta semana es
hacerlo en la realidad. Respira, lleva un chicle. No será muy diferente a
hacerlo en tu mente”.

Así que un
martes, después de cenar, respiré hondo y tomé las llaves. Como en la terapia,
el corazón me latía con fuerza al entrar en la autopista. Pero, con mis nuevas
herramientas, llegué a la salida sin que los síntomas físicos aumentaran.
Estaba feliz.

Hicimos terapia
imaginativa durante cuatro sesiones más; cada vez tomábamos una ruta más
difícil o añadíamos distancia.

Mi tarea
coincidía con lo que imaginábamos y cada semana podía hacerlo de verdad, aunque
siempre volvía a casa lo hacía por las calles pequeñas y menos transitadas.

Pero por fin, al
hacer la tarea que incluía la ruta más aterradora hasta el momento, salí de la
autopista sin ningún miedo y me dije: “Vamos a intentarlo”. Di la vuelta y
volví a casa por la carretera. Fue una sensación de victoria. No he vuelto a
tener un ataque de pánico.

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