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Mi mes de locura

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Susannah Cahalan estuvo a punto de ser internada en una institución mental por el resto de su vida, enterate de su historia.

Una fría mañana de marzo, mientras caminaba hacia mi trabajo, en el
periódico New York Post, me ocurrió algo extraño: el cielo estaba tan azul, que
me lastimaba la vista, al igual que los rojos, los amarillos y los morados de
los carteles. Era como si el mundo se hubiera vuelto más brillante, más
intenso, más doloroso. Cuando llegué a la sala de redacción, le pregunté a una
compañera:

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—¿Has sentido alguna vez que no eres tú misma?
—Claro —contestó, riendo—. ¡Casi nunca siento que soy yo!

Me reí también, pero por dentro estaba preocupada. Hasta hacía poco tiempo
había sido una mujer saludable de 24 años, con un novio nuevo y feliz de
empezar una carrera. Últimamente, había comenzado a sentir entumecimiento y
hormigueo en el lado izquierdo del cuerpo y me sentía mentalmente “apagada”.
Entonces, un viernes, enloquecí.

Acababa de empezar a transcribir una entrevista y, sin ningún motivo, me puse a
llorar histéricamente. Mis colegas me preguntaron qué me pasaba. Pronto mi
emoción cambió, y me puse a saltar en el pasillo. Esa noche me invadió el
pánico. ¿Estaba enloqueciendo? Acudí a un neurólogo, quien me envió a hacerme
dos estudios de resonancia magnética. No parecía tener nada.

—Quizá sea mononucleosis —dijo el médico—. O un virus.

Volví a casa, y me acurruqué con mi novio a ver televisión. Él me contó después que de pronto rechiné los dientes, gemí y me mordí la lengua hasta que me desmayé. Ese fue mi primer ataque convulsivo, y lo último que recordaría durante un mes. Por las conversaciones que tuve con mis familiares y amigos, pude reconstruir ese período, el más oscuro de mi vida. Por mi novio sé que desperté en el Hospital Saint Luke luego de sufrir el ataque. Aunque mi tomografía no mostró nada, mi comportamiento era cada vez más extraño.

—Me estoy muriendo
por el melanoma —le dije a mi novio, aunque me habían tratado con éxito de ese
cáncer cinco años antes.

A gritos amenacé con demandar a los médicos, ya que estaba convencida de que
querían terminar conmigo. Pero incluso después del ataque y los delirios
paranoicos, el neurólogo no parecía preocupado.

—Quizá sea la abstinencia alcohólica —nos dijo a mi madre y a mí.

Nos quedamos
atónitas. El médico estaba seguro de que yo era alcohólica, ¡y rara vez bebía!
Mi familia guardó mi ropa y me llevó a la casa de mi madre, donde fui de mal en
peor. Dejé de dormir, y me negaba a comer. No podía controlar mis pensamientos
incoherentes. Me convencí de que era bipolar y que tenía una crisis nerviosa.
Después sufrí otro ataque convulsivo en la sala, y dejé manchada la alfombra con
saliva y sangre. Abrumada, mi mamá me dejó una noche en casa de mi padre. Mis
delirios empeoraron. Empecé a golpear la puerta de mi cuarto, gritando
“¡Sáquenme de aquí!” Imaginé que mi padre había asesinado a su esposa.

Al día siguiente mi
madre, mi padrastro y mi novio me llevaron de vuelta al neurólogo para que me
hiciera un electroencefalograma. En el camino, abrí la puerta del auto y traté
de saltar fuera. Mi novio me agarró con fuerza para que no volviera a intentar
huir, y yo grité hasta que llegamos al consultorio. Angustiados por mi
creciente paranoia, y a pesar de las vacilaciones del neurólogo, mi mamá y su
esposo me llevaron al Centro Médico Langone de la Universidad de Nueva York.
Mientras esperaba una cama, sufrí mi tercer ataque convulsivo, y me trasladaron
al piso de epilepsia. Allí, me pegaron cables a la cabeza, y empezaron a
vigilarme con dos videocámaras ubicadas en el techo.

En dos ocasiones me arranqué los electrodos de la cabeza, me quité la sonda
intravenosa y corrí por los pasillos, gritando. Las enfermeras me atajaron, me
inmovilizaron y me inyectaron un sedante. Es difícil para mí recordar las cosas
que creía en mi locura. Cuando encendía la televisión, me imaginaba que estaba
en las noticias y que había camiones de la prensa fuera de mi habitación.
Pensé  que mi compañera de cuarto grababa mis conversaciones y que hablaba
de mí en portugués con su familia.

Transcurrieron dos
semanas. Día tras día, nuevos médicos venían a  examinarme: internistas,
inmunólogos, especialistas en enfermedades infecciosas, psiquiatras y
psicofarmacólogos. Me hacían estudios de resonancia magnética, ecografías,
radiografías, tomografías e infinidad de análisis de sangre. Todas las pruebas
salieron negativas. Nadie podía darles a mis padres un diagnóstico. Mi padre
venía por la mañana a darme el desayuno; mamá me visitaba en las tardes, y mi
novio se quedaba conmigo todas las noches hasta que me dormía. No faltaron ni
un solo día. Papá rezaba. “Le he pedido a Dios que me lleve de aquí o que haga
conmigo lo que le plazca, pero que ayude a Susannah”, escribió en un diario que
llevó durante ese tiempo.

Mis delirios
paranoicos empezaron a ceder en la medida que aumentaba la dosis de los
ansiolíticos que me prescribieron, pero mi condición general empeoraba. Ya no podía
leer. Mi lengua se enroscaba, lo cual me dificultaba hablar, y también me
costaba trabajo caminar. Mis amigos cercanos estaban alarmados por mi pasividad
y mis incoherencias.

Los psiquiatras
comenzaron a hablar de un hombre milagroso, el doctor Souhel Najjar. Me dijeron
que él podría averiguar qué me estaba ocurriendo. Mi madre pidió reunirse con
este especialista y, luego de que dos punciones lumbares arrojaron altos
conteos de glóbulos blancos —señal de inflamación cerebral—, el caso fue
asignado oficialmente al doctor Najjar, neurólogo, neuropatólogo y epileptólogo
del Centro Médico de la Universidad de Nueva York. Mi familia se sintió animada
por la confianza de Najjar. El doctor me tomó de las manos y dijo:

—Voy a averiguar qué es lo que tienes y a arreglarlo.

Entonces me dio papel y lápiz, y me pidió que dibujara un reloj. Tomé el lápiz,
tracé un círculo y, sintiéndome un poco desconcertada, dibujé el cuadrante del
reloj. Al observar el dibujo, mis padres se quedaron estupefactos: todos los
números estaban escritos en el lado derecho de la carátula del reloj, y ninguno
en el izquierdo. El médico ahora tenía cinco pistas: los ataques convulsivos,
la catatonia, la presión arterial alta, el elevado conteo de glóbulos blancos
en las punciones lumbares y el reloj extraño. Era la prueba preliminar de que
tenía yo inflamado el lado derecho del cerebro (que controla el lado izquierdo
del cuerpo). Najjar dedujo que padecía algún tipo de encefalitis autoinmune:
inflamación del cerebro causada por un ataque de anticuerpos.

Para confirmar su
diagnóstico, envió muestras de mi sangre y líquido cefalorraquídeo a Josep
Dalmau, un neurólogo de la Universidad de Pensilvania, pero los resultados
tardarían dos semanas en llegar. Entre tanto, el doctor Najjar ordenó que me
hicieran una biopsia de cerebro. Al día siguiente, me llevaron al quirófano
para la operación. Mientras me cortaban el cerebro, recuerdo que abrí los ojos
y dije algo así como “Estoy despierta”. El anestesiólogo me miró y, asustado,
soltó una palabrota. Mi mamá cree que tan sólo fue una alucinación más que
tuve. A mí me pareció muy real, pero no puedo confiar en mi mente.

Los análisis de
sangre y líquido cefalorraquídeo revelaron la presencia de unos raros
anticuerpos lamados antirreceptor N-metil-D-aspartato, o encefalitis por
anticuerpos contra el receptor NMDA. Pronto supe que los receptores del lóbulo
frontal de mi cerebro (responsable de las funciones cognitivas superiores) y de
los lóbulos temporales (considerados el centro emocional del cerebro) se
hallaban bajo el asalto del sistema inmunitario; es decir, que mi cuerpo estaba
atacando a mi cerebro. El doctor Dalmau descubrió estos anticuerpos en 2007 y
les puso nombre. Hasta entonces, se diagnosticaba mal a las personas que
padecían este tipo de locura, y que a menudo terminaban recluidas en hospitales
psiquiátricos, o muertas. Aunque los expertos no están seguros de las causas de
la encefalitis por anticuerpos contra el receptor NMDA, creen que es ocasionada
por una predisposición genética combinada con un detonador ambiental. Según los
estudios de Dalmau, aparece a los 20 años, en promedio, y 75 por ciento de los
afectados son mujeres. Todos presentan formas de conducta psicótica, y algunos
de ellos, catatonia. Unos ocho de cada 10 sufren ataques convulsivos.

El doctor Najjar
calculó que, cuando me detectaron la enfermedad, casi un 90 por ciento de los
casos no se diagnosticaban; bien podría haber terminado encerrada en una
institución mental por el resto de mi vida. De hecho, fui la primera persona
diagnosticada con esta enfermedad en la historia del Centro Médico Langone.
Najjar se apresuró a darme un tratamiento. Primero, inmuno globulina por vía
intravenosa, la cual reduce la cantidad de anticuerpos “malos” que atacan el
cerebro; después, dosis grandes de esteroides, que también reducen la
inflamación. Finalmente, me conectó a una máquina de plasmaféresis, a fin de
eliminar los anticuerpos dañinos por vía intravenosa a través del cuello. El
tratamiento inicial duró cerca de una semana, y luego me sentí lo suficientemente
bien para ser dada de alta del hospital. Seis meses después, aún tomaba
esteroides, pero ya había regresado al trabajo. Al cabo de un año, los médicos
me dijeron que estaba totalmente recuperada.

En la actualidad, al
hojear el diario de mi padre, siento como si estuviera leyendo acerca de una
mujer desconocida. “Lo único que supe es que seguía viva y que su espíritu
estaba intacto”, escribió mi padre al final, palabras que me conmueven hasta
las lágrimas. “Hubo más internaciones para tratamientos, más consultas médicas
y un montón de medicamentos, pero mi niña iba de camino a casa”.

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