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La atacó un puma… y sus amigas la salvaron

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Ataque de puma

Todo puede cambiar cuando menos lo esperamos: de una apacible bicicleteada al hospital, sin escalas, y todo por culpa de un puma.

Por Derek Burnett

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Bajo una tenue luz invernal, cinco mujeres pedalean cuesta arriba en sus bicicletas por un camino de grava en el estado de Washington, Estados Unidos, en medio de un bosque de árboles sin hojas, pálidos, desnudos. No son ciclistas informales de fin de semana, se trata de deportistas experimentadas que pasan más días sobre el asiento de la bici que lejos de él.

¿Un día tranquilo?

La atacó un puma... y sus amigas la salvaron

La mayoría pertenece a un equipo llamado Recycled Cycles Racing, con sede en las afueras de Seattle, y entre sus logros se incluyen carreras de resistencia de varios días de duración en caminos forestales y senderos empinados por todo Washington.

Hoy, sábado 17 de febrero de 2024, amaneció ventoso, pero ahora el viento se ha calmado y se ha convertido en un buen día para bicicletear, con temperaturas que rondan los 5 °C. Las mujeres han emprendido un recorrido relativamente sencillo para ellas: un circuito de 56 kilómetros por un camino de grava y un sendero de bosque a través de las elevaciones de las montañas Cascade, a unos 30 minutos de Seattle en dirección este.

Han apodado a esta ruta “El recorrido de la alfombra mágica” porque parte del trayecto comprende ondulaciones que atraviesan resplandecientes extensiones de enredaderas kudzu y musgos color esmeralda, un área de ensueño durante todo el año. El circuito se encuentra contenido dentro de las 36.500 hectáreas de la granja Snoqualmie Tree Farm, conocida entre los ciclistas como Campbell Global, empresa propietaria del lugar.

En este momento, están ascendiendo por una suave pendiente en un camino de grava lo suficientemente ancho para andar a la par. En la primera línea están Erica Wolf (51), abogada, y Tisch Schmidt-Williams (58), vendedora. En el medio del grupo, Keri Bergere (60), quien trabaja para una empresa de servicios de salud, avanza sola. En la retaguardia, unos 200 metros detrás de Bergere, están Aune Tietz (59), agente inmobiliaria, y Annie Bilotta (64), paisajista ya jubilada.

A la derecha del camino, el terreno escasamente cubierto de árboles desciende hasta un río que se encuentra bastante más abajo. A la izquierda se extiende una zanja angosta y luego un terraplén empinado que se eleva hacia un bosque tupido. Bilotta y Tietz, que pueden ver con claridad a las mujeres que van delante de ellas, advierten a dos animales leonados que emergen del área de bosques de la derecha justo después de que pasa Bergere.

Por un instante, las mentes de Bilotta y Tietz quedan paralizadas mientras intentan identificar a las criaturas que avanzan detrás de su amiga. ¿Son coyotes? ¿Linces? ¡No, son pumas! Luego sucede lo inimaginable. El primer felino cruza a toda velocidad el camino, apunta hacia el terraplén empinado de la izquierda y desaparece. El segundo parece listo para seguirlo, pero en el último instante hace una pausa y vacila, distraído por el movimiento de la bicicleta de Bergere.

En un microsegundo, las intenciones del animal cambian. Se abalanza sobre la espalda de Bergere, con dientes y garras la tira de la bicicleta al piso y la arrastra como a una muñeca de trapo a la zanja. Un alarido escalofriante brota de Tietz al tiempo que Bilotta grita “¡No-oo-o!”. Desde adelante, Schmidt-Williams y Wolf se dan vuelta justo en el instante en que su amiga es arrojada fuera del camino.

La tragedia inesperada

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El terror invade a las mujeres. Su instinto de supervivencia las urge a alejarse todo lo posible de este depredador alfa. Sin embargo, hacen a un lado el pánico y envueltas en adrenalina, corren a ayudar a Bergere.

 

En los últimos cien años, solo 24 de estos grandes felinos han hecho contacto con humanos en el estado de Washington. Y la mayoría de estos encuentros realmente no pueden llamarse ataques: un puma salta sobre un cazador camuflado, advierte rápidamente su error y escapa a toda velocidad aterrado. O un perro temerario enfrenta a un puma y su dueño, dominado por la adrenalina, se lanza a patear al felino hasta que este sale corriendo.

De pura casualidad, el ataque de puma más reciente ocurrió aquí mismo en Campbell Global en 2018. Dos ciclistas recorrían el lugar cuando un felino tiró a uno de ellos de su bicicleta. El segundo hombre escapó a pie, pero el puma abandonó a su presa inicial, fue tras él y lo mató.

Estas mujeres conocen la historia. De hecho, el día que se conocieron Keri Bergere le contó el relato a Tisch Schmidt-Williams, quien se había mudado recientemente al área. “Ten cuidado”, dijo Bergere. “Hay muchos pumas por aquí”.

El ataque de 2018 puso en relieve dos lecciones importantes. La primera: no correr. Huir despierta el instinto depredador del puma, y ningún humano podría escapar de un felino salvaje. Estas mujeres recuerdan bien esa lección y ahora se acercan a Bergere y al aterrador puma rápido, pero con cautela, con cuidado de no correr.

La segunda lección consiste en llevar siempre un aerosol defensivo para osos al visitar áreas de bosque. Desafortunadamente, ninguna de estas mujeres, a pesar de lo bien preparadas que están, lleva este producto encima hoy.

Cuando el animal la ataca, Bergere ve un fugaz destello, en primerísimo plano, del rostro del puma. Un instante después, está tumbada en la zanja luchando por su vida mientras la criatura hunde sus despiadados colmillos alrededor de su mandíbula. Bergere lucha y golpea al puma para intentar liberarse, pero el animal la sujeta con una fuerza implacable.

Se lanzará sobre mi garganta, piensa ella, e instintivamente cruza el brazo izquierdo sobre su cuello para protegerse. Con la otra mano, busca la cavidad del ojo del animal para cegarlo, atontarlo, o incluso sacarle el ojo, pero parece como si estuviera tocando un cuero de vaca resistente, sin ningún tipo de efecto. Luego lleva sus dedos hacia las fosas nasales de la criatura. Pero el animal presiona su mandíbula con más firmeza que nunca, completamente inmutable.

Aune Tietz ha conseguido acercarse y ahora levanta en el aire su bicicleta y la lleva hacia el felino, dando fuertes alaridos a medida que avanza. Ella sabe que, en un encuentro con un depredador, debes aparentar ser lo más grande posible y hacer ruidos fuertes.

El animal la ignora por completo. Bergere está en el piso posada sobre su lado izquierdo, con la cabeza apuntando cuesta abajo en dirección hacia donde venían. El animal está despatarrado sobre su costado derecho con sus fauces sujetando el rostro de Bergere en una escena espeluznantemente íntima de un depredador con su presa.

Uno de sus largos colmillos está hundido en el rostro de la mujer, justo debajo de la sien derecha, y otro cerca de su mentón. Sus patas delanteras sujetan el cuello y hombros de Bergere; sus patas traseras presionan rodillas y muslos de la mujer.

Por un instante, Tietz se encuentra con la mirada del felino y queda perpleja ante la asombrosa belleza de sus brillantes ojos color ámbar y la cruda potencia que se esconde detrás de su mirada despiadada. Ella sabe que el puma no soltará a su presa. Tiene lo que quiere, piensa Tietz. Está a punto de hacer lo que sea que haga con sus presas. Debo detenerlo.

Su atención se fija en las patas traseras del puma, las garras son tan largas como sus pequeños dedos. Debe quitarlas de encima de su amiga antes de que el animal la rebane. Tietz se mueve detrás del puma, toma su pata trasera izquierda con una mano y su cola con la otra, y de un tirón aleja al animal de la parte inferior del cuerpo de Bergere. Pero su boca aún sigue aferrada a la mujer.

Annie Bilotta está apenas un paso o dos detrás de Tietz. Puede ver a su amiga pelear por su vida, la escucha gruñir “Quítate de encima, quítate de encima”, y se dirige a la garganta del animal, pensando en asfixiarlo para dejarlo inconsciente. Pero sus músculos son tan sólidos que parece como si estuviera apretando con sus manos el tronco de un árbol. Lo suelta y comienza a pisotear el estómago del puma, aún sin respuesta alguna del animal.

Las amigas contra el puma

“Sujeta sus patas delanteras, Annie”, dice Tietz. Bilotta se concentra entonces en una de sus patas. “No lo conseguirás”, balbucea con los dientes apretados. Schmidt-Williams y Wolf, que ahora han llegado a la escena, quedan pasmadas al ver el espectáculo que se desarrolla ante sus ojos.

Tietz comienza a gritar instrucciones. “Llama al 911”, le dice a Wolf. “Busca algunos palos o piedras”, le indica a Schmidt-Williams. “Y mantente alerta. Vimos dos pumas”. Aterrada de que el segundo ejemplar pudiera atacar en cualquier momento, Wolf busca su celular y llama a emergencias. Milagrosamente, hay señal (apenas un poco más adelante en elsendero no hubieran tenido esta suerte).

Comienza a describir la situación al operador del 911, quien les pide sus coordenadas de GPS. Wolf vacila. “Estamos en Campbell Global, pero no sabemos con exactitud dónde”. “Necesito sus coordenadas”. “¡Erica!”, grita Tietz. “¡Necesitamos a todas aquí!”. Wolf apoya su teléfono en el piso y se une a la batalla contra el puma.

Tisch Schmidt-Williams ha conseguido un robusto palo de un metro de largo y una roca del tamaño de una sandía. Ahora levanta la piedra sobre su cabeza y golpea con toda su fuerza la cavidad torácica del puma, convencida de que está dándole un golpe mortal. Pero los letales dientes del felino continúan firmes en el rostro de Bergere.

Schmidt- Williams, quien alguna vez fue corredora competitiva, conoce las hazañas que es posible lograr con persistencia, pero el agotamiento se apodera de ella luego de levantar y golpear la roca docenas de veces contra el animal sin ningún resultado.

“Erica”, dice Bilotta a Wolf. “En mi mochila hay un cortapluma”. Wolf encuentra el dispositivo, que incluye una hoja serrada de cinco centímetros. Se acerca al animal y comienza a apuñalarlo a la altura de las costillas y parte inferior del abdomen. Mientras tanto, Schmidt-Williams cambia la roca por el palo y comienza a golpear sucesivamente sobre la misma zona.

Durante 15 minutos, las mujeres luchan, forcejean, golpean y acuchillan al puma, y el animal continúa sujetando a Bergere con la misma fuerza inicial, tal vez incluso más fuerte. Bergere, ensangrentada y hecha trizas, sigue clavando sus dedos en el rostro del animal al mismo tiempo que intenta proteger su garganta. Bilotta empuja su mano dentro de la boca cubierta de sangre del puma para intentar abrir su mandíbula, pero se rinde. Tietz toma la roca y la levanta lo más alto posible.

“Lo golpearé en la cabeza”, le dice a Bergere. “Lo lamento si te golpeo”. “Solo mátalo”, balbucea Bergere. Tietz estrella la roca contra la cabeza del felino. La fiera ignora el impacto.

Gradualmente, el grupo advierte que, si el puma libera a Bergere, podría atacar al resto. “Debemos usar esa bicicleta”, dice Schmidt-Williams, señalando la bicicleta de Wolf que estaba más cerca de ellas. “Si la criatura se levanta, podemos aplastarlo con la bicicleta”.

Bergere también se pregunta qué hará si el animal la suelta. No puede escapar en cuatro patas, por lo que reúne fuerzas y gira hacia la izquierda hasta quedar más apoyada sobre su abdomen, con la esperanza de poder controlar mejor sus rodillas y codos. Pero ya demasiado tarde advierte que fue un error.

Ahora su boca y nariz están apretadas contra el piso y le cuesta respirar. Es tanta la sangre que se desliza por su garganta que teme ahogarse. Por primera vez se pregunta si morirá. Una imagen cruza por su mente, sus dos hijas organizando su funeral. Y luego, repentinamente, la criatura relaja la mandíbula.

“¡Ahora, Keri, ahora!”, grita Bilotta. Bergere rueda y se aleja del depredador mientras sus amigas arrojan la bicicleta de Wolf encima del animal. “¡Súbanse! ¡Súbanse!”, se gritan unas a otras. Las cuatro amigas encuentran un espacio para subirse al marco y a las ruedas de la bicicleta e inmovilizar al puma. La fiera lucha por levantarse, pero el peso combinado de las mujeres (unos 200 kilos) lo mantiene quieto.

Bergere, aún atragantada en sangre, pero maravillada de estar viva, lucha por incorporarse en medio del camino. ¿Podría ayudar a sus amigas? “Quieta, Keri”, le dice Tietz. “No intentes pararte”. Se recuesta entonces sobre el piso de grava, ensangrentada, agotada y confundida, pero respira y está consciente.

“¿HOLA? ¿SEÑORA? ¿SEÑORA?” Es la voz del operador del 911 que se escucha por el teléfono de Wolf desde el piso al lado de ellas. Tietz lo acerca a su oreja, pero no hay sonido. Corta y vuelve a marcar. “Somos las mujeres que reportaron el ataque de puma”, le dice al operador. “Necesito ayuda para un ciclista herido. Y necesito a alguien con un arma porque estamos manteniendo inmovilizado al puma”.

El operador aún necesita las coordenadas del grupo, entonces Bilotta se bajade la bicicleta para buscar un dispositivo GPS que tenía guardado. El animal comienza a sacudirse y a luchar por ponerse de pie. “¡Regresa aquí! ¡Regresa aquí!”, gritan las otras mujeres. Con el dispositivo en mano, vuelve a unirse a las demás sobre la bicicleta y lee las coordenadas a Tietz y al operador.

Wolf tiene un vendaje anticoagulante en su kit de primeros auxilios en la bicicleta sobre la que están paradas. La mujer se inclina, busca el kit y lo arroja a Bergere, pero el tiro queda corto. Bilotta está desesperada por alcanzárselo a su amiga, pero no se atreve a volver a soltar la bicicleta.

Instantes después se le ocurre que puede usar la pesada roca con la que golpearon al puma para reemplazar parte de su propio peso. Está apoyada en el piso cerca de la bici. Entonces la levanta y la posa sobre la bicicleta, se corre a un costado y ve que funciona para contener al puma.

Bilotta recoge el vendaje, lo aplica sobre el rostro de Bergere y luego la cubre con una manta de emergencia que tenía en su mochila y con el resto de los abrigos de las demás ciclistas. Luego se recuesta en el piso y se acurruca contra su amiga para darle calor corporal. Bilotta mira hacia el sendero por el que llegaría la ayuda… Pero ¿cuándo?

Lo que sí ve son dos ciclistas pedaleando cuesta arriba por la montaña. A medida que se acerca, la mujer advierte que son personas conocidas: un compañero de equipo llamado Daniel Perry y su compañera Alisse Cassell. Perry y Cassell demoran un momento en comprender la escena surrealista que se despliega ante sus ojos: Annie Bilotta se encuentra en el camino inclinada sobre alguien con la cabeza herida y cubierta de sangre a tal punto que resulta irreconocible, y tres compañeras más del equipo de Perry están subidas a una bicicleta posada encima de un puma.

Pero su perplejidad no dura mucho. “¡Vengan aquí y ayúdennos a contenerlo!”, grita Tietz. Cassell es socorrista certificada para ambientes naturales. Mientras Perry suma su peso al de las mujeres para sostener al animal que no para de gruñir, ella le toma el pulso a Bergere (normal) y controla que no haya sangrado en otras áreas de su cuerpo (no hay).

El fin de la pesadilla

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Bergere, quien no ha perdido la consciencia, se comunica mediante señas, el estado de su boca herida ya no le permite hablar. Media hora después de que la criatura soltara a Bergere y 45 minutos de ocurrido el ataque, llega a la escena un oficial en una camioneta del Departamento de Pesca y Vida Silvestre (WDFW, por sus siglas en inglés) del estado de Washington. Baja del vehículo y se acerca a Bilotta y Bergere recostadas en el camino.

“Ella está bien”, dice Bilotta. “Primero mate al puma”. El oficial le pide a Perry que se baje de la bicicleta, pero les indica a las mujeres que no se muevan de allí. Coloca el caño de su arma contra el pecho espesamente peludo del puma y dispara una vez. El animal se retuerce durante unos minutos, luego se queda inmóvil. La pesadilla ha terminado.

Oficiales del WDFW realizaron la autopsia del puma e informaron que se trataba de un macho de ocho meses de edad, un cachorro técnicamente. A esa edad, y durante al menos otros diez meses, los pumas aún dependen de su madre. Recién están comenzando a tomar la iniciativa y cazar pavos y pequeños conejos.

El segundo puma visto ese día parecía similar en tamaño al primero, por lo que es posible que se tratara de hermanos huérfanos. Richard Beausoleil, experto en pumas del WDFW, comenta que todo lo que el puma hizo ese día habla de la juventud e inexperiencia del animal.

“Los adultos saben de lo que son capaces”, agrega. “Saben que no necesitan ir detrás de todo lo que ven. Quizá esta criatura nunca antes había visto a un humano”. Las cinco mujeres lamentaron profundamente la muerte del puma. “Lo entiendo, tenía que morir”, dice Annie Bilotta. “Simplemente tomó una mala decisión aquel día”.

Keri Bergere pasó cinco días en el hospital; los cirujanos trabajaron durante nueve horas para reparar su cabeza y su quijada. Había sufrido fracturas severas en la mandíbula y le habían implantado un refuerzo de metal que se extendía desde la oreja derecha hasta el mentón, y otro sobre la parte superior de su boca.

Tenía desgarros en ambas orejas y fueron necesarias horas de sutura para repararlas. También sufrió heridas punzantes y rasguños en manos, hombros y cuello, algunos de los cuales también demandaron suturas.

Cuando los oficiales del WDFW le llevaron flores al hospital, se veían silenciosos, por lo que Bergere decidió levantar el ánimo general. “¿Flores?”, dijo. “Yo quería un diente o una garra”. Unos días después, los oficiales regresaron con una sorpresa. No se trataba de un diente ni de una garra, sino algo aún mejor: era uno de sus aros que había sido encontrado en el abdomen del puma.

Bergere compró entonces pares idénticos para sus cuatro amigas como gesto de agradecimiento por haber puesto en riesgo sus propias vidas para salvarla aquel día. Cuando la visitaron en el hospital, Bergere sintió una repentina avalancha de gratitud. Esto no es una tragedia”, dijo a sus amigas mientras las lágrimas brotaban de sus ojos. “Esto es algo increíble, un momento único para estar vivas y juntas”.

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